La estrategia de Sánchez: oferta de diálogo al PP y mano dura con Vox

El estreno como vicepresidente en la sesión de control muestra a un Iglesias institucional y que rehúye la provocación

13.02.2020 | 01:12

pamplona – Sólo Venezuela elevó el tono de la primera sesión de control de la investidura, el primer examen en el Congreso que pasó el Gobierno de coalición en un ambiente mucho menos bronco del que se esperaba y mucho menos crispado que en la investidura. Porque unas horas después del duro debate sobre la eutanasia, los diputados llegaron al Congreso aparentemente más sosegados y sólo los gritos de "dimisión" hacia el ministro José Luis Ábalos por su reunión en Barajas con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, perturbaron esta jornada de estrenos.

La mañana empezaba al modo tradicional, con el líder de la oposición preguntando al presidente. Tan tradicional fue que no ha habido sorpresa alguna. Y mientras Pablo Casado recurría a un reproche narcisista para colar Venezuela –"por mucho que se mire al espejo, no es Kennedy, pero a tiempo está de no seguir los pasos de Maduro", le ha dicho a Sánchez–, el jefe del Ejecutivo le respondía con el reproche de siempre, el de que el líder del PP es el "eco de la ultraderecha". Sánchez tendió la mano al líder del PP, Pablo Casado, para llegar a acuerdos de Estado durante esta legislatura si está dispuesto a "ser valiente" y no se deja arrastrar por quienes quieren llevarle a una "deriva extremista" de ultraderecha.

Con este primer cara a cara, pero sobre todo con el que enfrentó a Sánchez con el líder de Vox, Santiago Abascal, se vio el primer aplauso unísono al presidente por parte de la coalición, ministros y diputados de Podemos incluidos. Fue Abascal el primer líder en pedir dimisiones en esta legislatura, cuando le dijo a Sánchez que deje el cargo si fue él quien ordenó a Ábalos ir a hablar con Rodríguez, o que se vaya Iglesias por ser "delegado" de Maduro o que lo haga Ábalos si actuó por su cuenta. En resumen, el primer "váyanse" a los miembros del Gobierno. Poco sufrió Sánchez, que se carcajeó de Abascal, porque tras estas dos preguntas llegaba la de Gabriel Rufián. Y si en la última sesión de control de la pasada investidura el portavoz de ERC preguntó al presidente qué proyecto político tenía para Catalunya, en esta ocasión sólo le dio "ideas" para luchar contra todos los tipos de fascismo, incluido el "chusco" de Vox.

Ni una palabra sobre Catalunya, la búsqueda de soluciones al conflicto político, la situación de los presos o la mesa de diálogo que ERC y el PSOE han pactado: Nada que ver este Rufián con el que en septiembre, a las puertas de una segunda campaña, auguraba a los socialistas clamando por un nuevo 155. Nada que ver tampoco este Sánchez, que prometía a Rufián seguir con los compromisos de memoria histórica, con el que en septiembre advertía al portavoz de Esquerra de que volvería a aplicar "cualquier artículo" de la Constitución si los independentistas vulneraban de nuevo la ley.

Supuso, sin duda, la muestra más clara de que el momento político es bien distinto. Pero no fue la única: Hubo algunos que asumían un rol muy diferente al que han tenido hasta la fecha en el hemiciclo. Y es que Pablo Iglesias respondió ayer por primera vez como vicepresidente del Gobierno y se metió de lleno en el papel, al ceñirse a la pregunta que figuraba en el orden del día y no entrar en las provocaciones que coló el secretario general del PP, Teodoro García Egea, que calificó al nuevo Ejecutivo de "Gobierno de la mentira". Pero el líder de Podemos no entró al trapo, rechazó la bronca y optó por hablar de la agenda 2030.