La crónica de la semana

Crisis de Eusko Alkartasuna: Claves de un partido roto y una crisis abierta

27.02.2022 | 00:50
Pello Urizar felicita a Eba Blanco tras ser reelegida secretaria general de EA. Foto: L.Rico (Efe)

El congreso de EA vuelve a evidenciar la fractura que vive el partido, cada vez más irreconciliable. La expulsión de los líderes del sector crítico y las denuncias de irregularidades ahondan una crisis que EH Bildu no debería ignorar

el 13º congreso de Eusko Alkartasuna ha terminado con Eba Blanco como secretaria general y una dirección copada por el sector oficial, que ha sido avalada por el 54% de los compromisarios elegidos para la ocasión. En la cita no participó el sector crítico, que organizó un conclave paralelo que ha dado paso a un "grupo motor" que reivindica la "democratización" del partido. Sus principales líderes, Maiorga Ramírez, rival de Blanco en las últimas primarias, y las coordinadoras en Navarra, Gipuzkoa, Álava y Pamplona, acaban de ser expulsados del partido en una purga propia de sistemas totalitarios.

Eusko Alkartasuna es hoy un partido roto y difícilmente reconciable. Con dos almas que discrepan de su papel en EH Bildu y que han acabado enfrentadas en una lucha por el control de la organización entre denuncias de acoso, falsificación documental y de uso fraudulento del censo de afiliados. Los tribunales han dictado sentencias de un lado y de otro, y queda por resolver en el Supremo las primarias de 2019, en las que los oficialistas anularon por un defecto de forma la candidatura de Ramirez, que había presentado cuatro veces más avales que su rival.

Sombras a las que se suma este último congreso, plagado de anomalías y artimañas que expanden la sospecha de fraude sobre todo el proceso. De entrada, la elección de los compromisarios, seleccionados bajo criterios impuestos por la dirección en un proceso nada transparente, y que han votado de forma telemática sin más control que una clave y un correo electrónico creados ad hoc.

El reglamento del congreso se ha ido cambiando sobre la marcha y se ha aprovechado el proceso para elaborar unos estatutos a medida de la dirección. Se han eliminado las primarias y se ha modificado los sistemas de elección de los órganos internos. Las direcciones territoriales, controladas por los críticos, se eligen ahora directamente por la dirección nacional. En Navarra ya se ha nombrado una nueva coordinadora.

El fondo del debate La división interna parte del congreso de 2017, en el que Pello Urizar se impuso con el apoyo del 52% de los compromisarios. Los que hoy son sector crítico lograron sin embargo incorporar a la ponencia política el compromiso de reforzar el perfil propio de EA en la coalición con Sortu.

El problema es que la autonomía interna que reclama los garaikoetxeistas va en dirección contraria al proceso de integración que ha realizado EH Bildu todos estos años. En los que ha pasado a ser un coalición al uso a una federación de partidos con estructura y militancia propia. Con una única dirección orgánica y una única voz política liderada por la izquierda abertzale, que es quien aporta la mayor parte de los cuadros y, sobre todo, de los votos. Que el secretario general sea Arnaldo Otegi sirve para entender cómo es el equilibrio interno.

Son tiempos muy diferentes a los que en 2011 llevaron al nacimiento de la coalición. EA venía de una mala experiencia electoral tras su ruptura con el PNV y la izquierda abertzale necesitaba un compañero de viaje que le ayudara a volver a las instituciones. Sin EA no hubiera existido Bildu y sin el éxito electoral de Bildu posiblemente el final de ETA hubiera tardado más. El cabeza de lista de aquella primera candidatura en Navarra, legalizada a última hora por el Constitucional, fue precisamente Maiorga Ramírez.

Pero ETA ya no existe y EH Bildu es hoy una marca estable, solvente y autónoma. Con una marcada impronta social y una influencia creciente en las instituciones. El proyecto político está más cerca de lo que quiso ser EA –y de lo que hoy es ERC– que de lo que fue HB. Y las siglas que hace 11 años abrieron la puerta de las instituciones resultan prescindibles. Lo advirtió la propia Eba Blanco en la clausura del congreso: "La vía por la que apuestan los críticos sitúa a EA fuera de EH Bildu".

Es muy posible que Blanco tenga razón, y que la EA autónoma y con poder de decisión a la que aspiran los garaikoetxeistas sea ya inviable. EH Bildu es un proyecto consolidado y su estructuración interna difícilmente va a cambiar por el reequilibrio de fuerzas en una parte menor de la formación. Pero eso es algo que no puede justificar el atropello democrático que se ha producido en Eusko Alkartasuna, ni que su dirección, legítima o no, pueda moldear a su gusto los procedimientos internos para imponer su criterio.

Una actuación que el equipo de Blanco difícilmente hubiera podido llevar acabo sin el respaldo tácito de los dirigentes de Sortu, y por extensión de EH Bildu, que han priorizado la victoria de sus tesis por encima de cualquier otra consideración. La frialdad con la que los distintos portavoces han respondido estos días a la suspensión de militancia de sus compañeros de escaño ha sido elocuente.

No está claro que los tribunales vayan a dar la razón a los críticos, ni tampoco que, llegado el caso, se acabe revirtiendo la situación actual. Pero a la crisis interna en Eusko Alkartasuna le queda todavía recorrido interno y judicial, y eso puede acabar lastrando también la imagen y las expectativas de crecimiento electoral de EH Bildu, que hace bandera de la regeneración y de la democracia participativa.

Para bien y para mal, EA sigue siendo parte de EH Bildu, y cualquier déficit democrático interno lo es también de su marca electoral. El conflicto está ahí, y difícilmente se va a resolver sin un proceso que garantice la participación política en igualdad de condiciones. Dar voz a la militancia suele ser la mejor solución en estos casos. Cuanto antes mejor.

Quizá ya no sea posible la EA con voz propia dentro de EH Bildu que demanda el sector crítico, pero eso no justifica la purga política de sus líderes

EH Bildu debería facilitar una solución democrática a una crisis en la que tiene su parte de responsabilidad

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