La crónica de la semana

Una crisis con recuerdos del pasado

10.04.2022 | 01:01
Precios de los carburantes en una gasolinera. Foto: Javier Bergasa

A la doble recesión de 2008 le han seguido la pandemia y una guerra en Europa. Hay diferencias importantes entre ambas crisis, gestionadas de forma diferente. Pero asoman algunos paralelismos que convendría no pasar por alto

con las grandes crisis ocurre como con la nieve. Llega de repente, prácticamente sin avisar, y te acostumbras a vivir con ella hasta que un día, sin que quede claro exactamente cuándo, acaba desapareciendo. El próximo 19 de abril dejará de ser obligatoria la mascarilla en interiores con algunas excepciones, y el último rastro de las restricciones que han marcado la vida social en los últimos dos años quedará prácticamente olvidado con la esperanza de que sea para siempre. Si hay que decretar el fin de la pandemia, ese puede ser un buen día.

La crisis sanitaria ha desaparecido de los titulares empujada por la invasión de Ucrania. No hay espacio para dos crisis a la vez. La guerra se ha convertido en el nuevo foco mediático en medio de un malestar social creciente. Ni la pandemia ni la guerra son responsabilidad de Gobierno, pero la ciudadanía puede no ser tan comprensiva y paciente si la excepcionalidad económica se vuelve cotidiana. Una cosa es no poder salir a cenar y otra tener problemas para pagar la factura de la luz.

Hay cierto paralelismo entre la crisis de 2008 y la actual. En la primera fase de la crisis financiera las administraciones públicas también buscaron estímulos con los que sostener una actividad económica resentida con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Fueron los años del Plan E de Zapatero y el Plan Navarra 2012. Grandes inversiones sostenidas con endeudamiento que saltaron por los aires con la crisis de la deuda de agosto de 2011. Europa cortó el grifo y dio paso a un recorte del gasto público que acabó hundiendo todavía más la economía.

No estamos todavía en ese escenario. La economía ha rebotado con fuerza tras la pandemia y los últimos datos de la autoridad fiscal independiente (Airef) invitan al optimismo. Europa parece haber aprendido la lección y la respuesta ha sido rápida. Se han habilitado fondos comunes, se ha mutualizado deuda y se han flexibilizado los márgenes de estabilidad presupuestaria al menos hasta 2024. Esta vez además la deuda no ha ido para rescatar los bancos sino para financiar los ERTE. La medida ha sido costosa –la deuda pública se ha disparado hasta el 120% del PIB–, pero ha permitido conservar el empleo y mantener el poder adquisitivo de la población, propiciando después una rápida recuperación del mercado laboral y del consumo.

Existe sin embargo un riesgo real de que esta nueva crisis se acabe solapando con las heridas económicas y sociales que deja la pandemia. Los bancos centrales han empezado a revisar su política monetaria y la crisis energética en el este de Europa puede lastrar buena parte del crecimiento previsto para este año. Lo admite ya la propia Hacienda navarra. "La volatilidad y la incertidumbre que ha introducido la guerra en la situación económica y bursátil es un riesgo grave que podría condicionar el curso de nuestra estrategia de financiación", apunta.

Esta semana además el Banco de España ha reducido la previsión de crecimiento al 4,5% y augura una inflación cercana al 7% para final de año, con picos de dos dígitos hasta el verano. La recaudación tributaria sigue mostrando datos positivos, gracias precisamente al aumento de los precios. Pero las cuentas públicas han agotado buena parte de su margen de actuación, y cualquier evento inesperado puede acabar desentabilizando todo el marco presupuestario. No parece que vaya a haber una de segunda recesión como la de 2011, pero convendría no descartarla.

Prudencia o inacción

Así que por ahora se impone la prudencia en el Gobierno de Navarra. Como ya hiciera durante la pandemia, el Ejecutivo de Chivite se ha limitado a acompasar sus medidas a las que el Gobierno central ha aprobado, con cierta improvisación, en las últimas semanas. Se ha rebajado la fiscalidad a la energía eléctrica con un coste de 50 millones, y se ha asumido con fondos propios el descuento en los combustibles. 34 millones que el Estado deberá compensar más adelante.

Esta pasividad ha sido criticada por buena parte del arco parlamentario. Especialmente por Navarra Suma, que acusa de inacción a Chivite y reclama una bajada general de impuestos. Pero esta alternativa tiene sus contradicciones. Una bajada general de impuestos aumentaría el consumo y previsiblemente también la inflación, mermando el margen presupuestario para hacer frente a la crisis. De hecho, si algo hizo el Gobierno de Barcina en la crisis anterior fue subir impuestos y recortar gasto. Javier Esparza y su portavoz en Economía, María Jesús Valdemoros, eran altos cargos en aquel Ejecutivo, por cierto.

Pero la crítica llega también por parte de los socios del Gobierno, que reclaman menos seguidismo a Madrid y una respuesta propia desde Navarra. En ello trabaja el Ejecutivo foral, que esta semana se ha reunido con el sector primario y con el del transporte para estudiar en un nuevo paquete de medidas. Ajustes fiscales que mitiguen el efecto de la inflación, y que presentará "en los próximos días".

De momento no ha concretado más. Alega el Gobierno que primero quiere hablar con los colectivos afectados, y no está mal que sea así. Sobre todo si se busca que sean las medias "quirúrgicas", temporal y efectivas. Pero convendría que las pusiera en marcha antes que de que el malestar social repunte en la calle y la prudencia parezca inacción. Actuar tarde es casi tan malo como no hacerlo.

El Gobierno foral ha optado por la prudencia. Pero no debería subestimar el clima social. Actuar tarde es casi tan malo como no hacerlo

La derecha que pide rebajas fiscales no dudó en subir los impuestos cuando tuvo que gestionar la crisis anterior

 

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