Ángel (nombre ficticio) | Abusado en el colegio San Luis de Navas de Tolosa de los Hermanos Maristas

"Han pasado 55 años, pero no olvido lo que ese hombre hacía"

22.02.2020 | 23:48
Ángel muestra su libro de escolaridad.

pamplona – El tiempo puede ensombrecer la memoria de algunos, pero no la de Ángel (nombre ficticio), de 65 años, que recuerda casi al detalle los siete años que estudió con los hermanos Maristas de Pamplona, entre 1961 y 1968. Ángel, que al ingresar en el colegio tenía seis años, mantiene vivo el recuerdo de las oraciones, los castigos y las palizas, pero lo que tiene más presente es el nombre y el rostro del hermano José Costana, que entonces, con no más de 21 años, fue el causante de las pesadillas de este exalumno que ahora denuncia haber sufrido abusos sexuales por parte de ese religioso.

¿Dónde comenzó sus estudios?

–Empecé en el Colegio Nuestra Señora del Huerto de Pamplona y ya desde entonces mi relación con el clero empezó a ser tortuosa. Una de las maneras que tenían las monjas de torturarnos era la de sentarnos en una silla desencolada cuando ellas consideraban que alguien se había portado mal. No te podías mover porque a la mínima aquella silla se desarmaba, siempre bajo la amenaza de que los padres tendrían que pagarla. Recuerdo otra ocasión, cuando tenía menos de seis años, en la que llegué a casa cojeando porque me había metido gravilla en los zapatos para sacrificarme ante el Señor, porque eso era lo que nos inculcaban. En 1961 pasé al Colegio San Luis de los Hermanos Maristas –entonces situado en la calle Navas de Tolosa de la capital navarra–, donde estudié dos años de Primaria y de primero hasta tercero de Bachillerato, curso que repetí. Después derribaron el edificio y pasé un año en el colegio de la calle Sangüesa, donde cursé cuarto de Bachillerato. Después, en mi casa se empeñaron en que hiciera el bachiller superior. Lo intenté varias veces pero al final empecé a trabajar con 16 años.

¿Ha mantenido contacto con sus compañeros de la época?

–Contacté el año pasado con dos compañeros y, así como el hermano José Costana me metía mano, lo hacía con otros muchos, también con ellos. Con uno de ellos se cebaba especialmente, porque lo hacía sin ningún reparo delante de todo el mundo, pero parece que ellos lo habían olvidado con el tiempo, pero yo no.

¿El resto del profesorado conocía la actitud abusiva de Costana?

–No sé si lo sabían, pero, Costana era el único que abusó de mí. Después de él ni nos tocaban ni nos pegaban. Sí que había profesores que nos hacían la vida imposible, pero, al menos, no abusaban de nosotros.

¿Qué recuerdos guarda del hermano Costana? ¿cuál era su cometido en el colegio?

–Él me impartía todas la materias al menos durante cuatro años, excepto gimnasia y Formación del Espíritu Nacional. Era el amo y señor del aula, hacía con nosotros lo que quería en el plano físico y en el sexual.

¿Cuál era su comportamiento?

–Era un tipo tirano, abusón y nos daba hostias hasta hartar. Yo, por ejemplo, no era de los que más recibía y había otros a los que no tocó nunca. Recuerdo que nos castigaba constantemente a que copiásemos textos y, al día siguiente, a quienes no lo habíamos hecho nos ponía en fila, recuerdo incluso que a un compañero le hacía quitarse las gafas, y uno detrás de otro nos daba dos hostias a cada uno. Eso pasaba cuando éramos muchos, pero cuando era solo uno se ensañaba con esa persona, lo molía, y estoy hablando de palizas a niños muy pequeños.

Habla de malos tratos, pero también de abusos sexuales. ¿Qué era lo que ocurría en ese plano?

–Nos llamaba a su mesa, a mí y a otros tantos, pero de forma individual. Él se quedaba sentado y nosotros de pie. Entonces, nos pasaba su mano izquierda por el cuello, de alguna manera inmovilizándonos, y con la derecha nos metía la mano por debajo del pantalón para tocarnos (usaban pantalones muy cortos).

¿Qué sensación recuerda que le produjera aquello?

–En realidad no era ni asco, simplemente era raro porque no entendía lo que pasaba. En realidad, nadie más nos hacía nada parecido y, con el tiempo, nos empezó a extrañar, pero ya estábamos acostumbrados.

¿Reaccionó de alguna manera ante esas situaciones?

–De ninguna manera ¡Cómo íbamos a reaccionar si allá reinaba el miedo! El ambiente era de sometimiento y no se te ocurría decir nada, y mucho menos rebelarte, nunca. Te caían hostias, aguantabas como podías y ya está. Si en casa contabas que tal hermano te había pegado la respuesta de los padres era "algo habrás hecho", y te llevabas otra mano.

¿Cuándo fue la primera vez que habló del tema con su entorno?

–Es algo que ha rondado mi mente siempre y mis amigos me han oído hablar del hermano Costana hasta aburrir. Lo he contado casi como una anécdota más de la vida. En su día no le dí mucha importancia o gravedad al asunto, lo hago ahora cuando me he dado cuenta de que aquello era un delito. Entonces nos lo tomábamos como algo natural, todo formaba parte de la ceremonia: rezar el rosario, las confesiones, comulgarnos, aprobar o suspender y hasta jugar a la pelota en el recreo. El meternos mano solo era un elemento más del día a día.

¿Siente que aquello le hubiera causado alguna secuela?

–Siempre he pensado que no me había dejado ningún trauma especial, pero como aquello pasó así no conozco otra manera de ser. Ha sido una parte de mí, como el que nace cojo y sabe que no puede correr.

¿La publicación de casos similares al suyo le ha removido de alguna manera el pasado o ha activado sus ganas de hacer su caso público?

–Éstas son cosas que se tienen que saber, porque han pasado y porque no están bien, es sencillo. Imagina que hiciera eso yo ahora, sería impensable, iría directamente a la cárcel. Aquello pasó durante cuatro cursos y, el último año que estuve en el colegio, mis compañeros y yo tuvimos la sensación conjunta de que el hermano Costana se habría sobrepasado de alguna otra manera más allá de los tocamientos con algún otro compañero. Los tocamientos que yo vi y sufrí pasaron en el aula, pero siempre he tenido la duda de si habrían pasado más cosas fuera de ella. De hecho, hace unos años me enteré de que el padre de algún compañero habría intervenido. Entonces el hermano Costana desapareció de aquel colegio, en 1965, el mismo año en el que apareció en el colegio La Salle de Santander, donde murió en 2009.

¿Cómo valora la reacción de las distintas diócesis y del Arzobispado?

–Me pareció lo normal en ellos, el mirar para otro lado, me extrañaría cualquier otra cosa.

Hace poco han hecho pública la decisión por parte del Arzobispado de crear una comisión de atención a víctimas de abusos, no en el seno de la Iglesia, sino en la sociedad en general. ¿Qué opinión le merece?

–Los abusos sexuales ya están tipificados desde hace años como lo que son: delitos por los que la gente va a la cárcel. No sé a quién le habrán querido engañar, seguramente sea una operación de marketing, pero no es para ayudar a los demás, sino para cubrirse ellos con este cuento. Lo que tiene que hacer la Iglesia católica, junto a las órdenes religiosas, es abrir una investigación y aceptar los testimonios de las víctimas.

¿Denunciará de forma policial o canónica los abusos sufridos?

–Ahora mismo, no lo sé. Lo que me apena es que el hermano Costana haya muerto ya, porque sí me hubiera gustado denunciarlo personalmente, pero no supe encontrarlo antes.

"El hermano Costana era el amo y señor del aula, hacía con nosotros lo que quería, en el plano de los malos tratos y en el sexual"

"En su día no le dí mucha importancia o gravedad al asunto, lo hago ahora cuando me he dado cuenta de que aquello era un delito"