flamenco on fire 2019

El arte inagotable de I. Galván

10.02.2020 | 01:20
El bailaor Israel Galván, ante uno de los bombos que formaba parte del espectáculo ‘Fla.co.men’.

actuación de israel galván

Espectáculo: Fla.co.men. Eloísa Cantón, violín. David Lagos y Tomás de Perrate, cante. Caracafé, guitarra. Juán Jiménez Alba y Antonio Moreno (Proyecto Lorca), percusiones y varios. Programación: Flamenco on Fire. Lugar: sala principal del Baluarte. Fecha: 25 de agosto de 2017. Público: lleno el patio de butacas.

No deja de sorprendernos, el bailaor inclasificable, que lo mismo reacciona contra los excesivos elencos en los conciertos flamencos, y entonces se presenta el sólo, con guitarra y cantaor, como lo hizo en su última actuación en Pamplona -La Edad de Oro (DN-26-5-17)-; o, como en la sesión que nos ocupa, recurre a un elenco que le sigue en su locura, y así, se sirve de todo lo que tiene a mano para hacer un instrumento sonoro, y nos lleva, con el flamenco siempre recurrente, por todos los folclores y las músicas del mundo. Eso sí, el motor de todo es ese cuerpo -y mente- privilegiado que, también es instrumento, y, lo mismo taconea prodigiosamente, desmigando milímetros de sonido, que se ayuda de bombos que, como apéndices propios, redondean una sonoridad majestuosa. Ciertamente, Galván es un espectáculo visual: ahí está su famosa pose de mano egipcia, su inagotable fuente de gestos, que uno no se explica cómo se le ocurren tantos; sus idas y venidas al baile, humorísticas, destempladas o canónicas; su invención estética a partir de delantales; su repertorio de muecas?; pero, en esta ocasión, quizás tenga más protagonismo el sonido. El sonido percutido en todos los rincones del auditorio; el sonido inventado, a partir de los pies descalzos, sobre una alfombrilla, -convenientemente amplificada hasta crear una sonoridad ahuecada y cavernosa-; sobre unas monedas, con chasquido torrentero; sobre la pared del propio proscenio; o sobre caminos de silencio. Y, con los zapatos, y a oscuras, nos muestra la reverberación de la sala que pisamos; el matiz de bailar sobre una silla, o el más puro taconeo retomado.

Espectáculo personalísimo, claro, pero nunca tan global. También en los instrumentos más convencionales se investigan sonidos: el violín muy vanguardista; los timbales, un acierto; la marimba, que aporta timbres puros; y la guitarra y el cante, con incursiones a otros estilos: un martinete con un negro espiritual de fondo, a modo de bajo continuo, una maravilla; la rondeña, la granaína, el taranto, la toná, los tangos? se entreveran con músicas modernas y ancestrales folclóricas. No es fusión lo que percibimos, sino una mirada panorámica sobre todo lo demás, con los anteojos del flamenco. Hay mucho humor en el espectáculo, y los músicos que van con el bailaor se implican totalmente en su atmósfera; y también bailan o recitan: desde el esketch de la traducción de la lección de baile, del comienzo; hasta el taurino pasodoble del guitarrista. Pero, eso sí, todos son excelentes músicos, porque además de dominar sus instrumentos, pasan, sin reparos, a tocar una especie de cornamusa o dulzaina, una flauta, también el propio cuerpo, etc. Hay detalles de chasquidos de dedos francamente virtuosos; connivencia con los espectadores, hasta palmear con la mano de uno; caos buscado para contrastar con el silencio y la oscuridad; en fin, un agradable sin vivir en el que parece que todo comienza continuamente, y que descrito aquí, y sin vivirlo, hasta parecería absurdo. Al final, Galván, vestido de faralaes, se despide con humor. El público se lo ha pasado muy bien, y vitorea a todos.

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