Música

Un festival de altura

10.02.2020 | 03:44

El sábado tocaba a su fin y con él moría también esta tercera edición del Beltza Weekend. A juzgar por la afluencia de público en los actos que hemos presenciado y, sobre todo, por las caras de absoluta felicidad que lucían los asistentes, el balance no puede ser más positivo, confirmando que esta celebración de la música negra está ya totalmente asentada en la ciudad y es una cita ineludible en su calendario cultural. Buena noticia para los organizadores del festival y, sobre todo, buena noticia para los que podremos seguir degustando este suculento banquete, esperemos que durante muchos años más.

Como viene siendo habitual, en la jornada del sábado actuaron dos grupos. El primero de ellos, Michelle David & The Gospel Sessions, no era, en principio, uno de los cabezas de cartel, pero terminó coronado como la gran sorpresa del ciclo. Comenzaron con una introducción musical a cargo de la banda, con todos sus miembros perfectamente trajeados y encorbatados. Salió después Michelle (con imponente melena afro), que cantó de manera espectacular el rythm'n'blues Soldier. Algo más tranquila (aunque no demasiado) sonó There's a light, antes de virar hacia el blues más sudoroso con Give it to him, en la que el trío que se ocupaba de los metales se mantuvo en silencio, aplaudiendo y contemplando cómo la contundencia fabricada por el trío formado por guitarra, bajo y batería (por cierto, el bajo era el modelo violín de Paul McCartney). Al presentar la siguiente canción, la vocalista entabló un juego con la concurrencia, que terminó gritando Taking it black, título del corte que estaban a punto de interpretar. Si había demostrado sobradamente su carisma, en Nobody but the lord abrumó con su portentosa voz, exhibiendo todos sus registros y entusiasmando a la parroquia. La banda tampoco desentonaba, con los metales carburando a todo trapo. Fue ahí, a mitad de concierto, cuando la actuación alcanzó su máxima temperatura, para ya no bajar ya hasta el final (bis incluido).

Y para cerrar la noche y el festival, un veterano, Lee Fields & The Expressions. Ni más ni menos que cincuenta años de carrera concentrados en un cuerpo enjuto y cubierto por una americana de lentejuelas doradas. Le llaman el pequeño JB por su parecido con James Brown, pero en cuanto pisa las tablas, la personalidad de Fields aflora y se hace innecesario buscar similitudes con otros artistas. Ofreció un repertorio muy centrado en los temas de sus discos más recientes (como Love prisoner o Blessed with the best, de su último disco). Con un ritmo más pausado que el de la banda anterior, pero con una seguridad abrumadora, el neoyorquino fue ganándose a la parroquia. En el último tercio apretó el acelerador, culminando un crescendo que se vio refrendado tanto musicalmente como por sus interpretaciones vocales (forzando la garganta y lanzando aullidos). Fue un cierre a la altura de su leyenda, y a la altura también de un festival de exquisita calidad.