Música

Mozart bocabajo

10.02.2020 | 11:47

geneva camerata Director: David Greilsammer. Coreógrafo y bailarín: Juan Kruz Diaz de Garaio Esnaola. Programa: obras de Lully y Mozart. Programación: ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Gayarre. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 28 de octubre de 2019. Público: lleno el patio de butacas; menos, los palcos (36, 29 euros).

Concierto extraordinario el de la Geneva Camerata; pero, en la acepción más textual, porque se salió, totalmente, de lo ordinario. Ante la propuesta de los suizos hubo dos actitudes: cerrar los ojos y disfrutar de una buena orquesta de cámara -por otra parte nutrida, 30-; o implicarse en el espectáculo ofrecido por los jóvenes cameratas -hay que ser joven para hacer esta función), que bailaron sobre el escenario, bajaron al patio de butacas, se subieron a las sillas y hasta tocaron tirados en el suelo, según les iba indicando el coreógrafo y bailarín Juan Kruz Díaz de Garaio. Es el empeño de romper los moldes almidonados del concierto convencional. El poderío de la imagen, omnipresente, y fronteriza de teatro, danza, música, performance, que intenta atraer más público, o público distinto; con el riesgo, claro, de echar a los que estorban todas estas iniciativas. En fin, experimentos, que, como todos, salen bien, regular o mal. Casi siempre hay algo positivo. Aquí desde luego, lo hubo. También, a mi juicio, cosas innecesarias, y otras bien ideadas, pero no bien ejecutadas -espejo, luces-. En cualquier caso hay que ponderar, incondicionalmente, el esfuerzo de los músicos, que dieron todo el concierto de memoria.

La primera parte la ocupó El Burgués Gentilhombre de Lully. Sin muebles en escena, los músicos adquieren -salvadas las distancias de cantidad y espacio- esa estética de las bandas norteamericanas que marcan el paso de lo que suena; se entrecruzan, hacen dibujos geométricos, etc. Aquí todo comandado por el coreógrafo, que más que una coreografía dancística, va a hacer una performance; al fin y al cabo, los músicos no son bailarines. Al evocar la corte versallesca, uno acude, irremediablemente, a las famosas Cartas sobre la danza y el ballet (edit. E.Sanz 2004) de Jean Georges Noverre (1727-1810), al que se considera creador del ballet moderno. Lully lo tuvo todo, en la corte del Rey Sol; a Noverre se le negó todo, incluso el pisar la Academia Real de danza, de la que le nombró director María Antonieta; hasta ahí llegaron las envidias y las reticencias del resto de artistas ante este hombre innovador que proclamaba: "?romper caretas horrendas, quemar pelucas ridículas, suprimir incómodos miriñaques?, más libertad, acción y movimiento?". En esta filosofía entró Juan Díaz, al desenvolverse con brazos sueltos entre los músicos; pero, en su caso, eché en falta un poco más concreción de movimientos; y, aunque estaba bien traída esa libertad de vestuario, la verdad es que la camiseta de tirantes no aportaba glamour, precisamente. La orquesta, cuando más se lució fue, a mi juicio, en los tempi de marcha: cuadrada y rítmica, daba vistosidad al redoble del tambor y a la deslumbrante música barroca.

Dicen los bailarines que el minueto lento, inserto en el frenético rondó final del concierto para piano K. 271 de Mozart, es un homenaje al bailarín. La sinfonía 40 del compositor saldsburgués no fue compuesta para la danza, pero partiendo de que toda música es susceptible de ser bailada, Díaz de Garaio le sacó partido visual, sobre todo en la dramatización del último movimiento. Los músicos bajan a la sala y, aun con algunos desajustes, sobre todo por la falta de luz, crean una hermosísima estereofonía; el espectador se mete en la orquesta; no me hubiera importado escuchar así toda la obra. Luego, el coreógrafo juega con los músicos, y los tira al suelo: es un ejercicio virtuoso-circense, para mí, innecesario. El final es dramático y hermoso: con una estética a lo San Jerónimo de Ribera, Díaz recorre ese fugato final, de una potencia inaudita, pasando de una Pietá, al Crucificado. Impactante. Y discusiones entre el público, al finalizar: es lo mejor de estas propuestas.