Director y guionista de cine

Manuel Martín: "El mal se ejerce cuando por una cuestión, que creemos legítima, se deja de ver al otro como ser humano"

27.02.2022 | 21:14
Manuel Martín Cuenca, director de cine.

El cineasta almeriense Manuel Martín es uno de los realizadores más personales y perturbadores del panorama nacional. 'La hija', su última obra, ahonda en su análisis del ser humano

¿Es fundamental para usted elegir el sitio de las películas?

-Es muy importante para mí en la inspiración, incluso desde la escritura, y escribir esa historia en un lugar. Es como hacerlo físico. Los lugares hablan, tiene alma, energía. No es lo mismo rodar una película en el Pirineo que en Extremadura. A la hora de empezar a escribir es importante saber la semilla, qué queremos contar y elegir un lugar y visitarlo o varios para elegir uno, para imaginar que esas cosas están sucediendo ahí. Para que sea algo concreto, que no sea algo abstracto. Para vivirlo yo y pensar por dónde podría ir, escapar...

Los protagonistas de sus películas son personajes muy solitarios, acorralados, ¿qué le atrae de ese perfil?

-Uno no hace el cine que quiere hacer, sino el que le sale y que le dejan. Y entre lo que le deja la industria y lo que le sale surgen unas películas que tienen que ver, de alguna manera, de temas que a mi me interesan, el ser humano, que es de lo que hay que hablar. Temas que el arte en general no es lo que la gente quiere ver o desea escuchar, sino que tiene que ver con lo que agita y lo que mueve y estos personajes están al límite de nuestra imaginación, de la de mis coguionistas y mía. Los personajes que están al límite siempre definen la identidad de una sociedad. El western nos enseñó eso, que la historia de Estados Unidos no está en el centro de poder, no en Washington o en el este sino en la frontera. En ese sentido, mi objetivo como cineasta es hacer películas que estén en la frontera geográfica, emocional y narrativa. Estoy en la industria pero muy al limite de la industria.

¿Cómo trabaja con actores y actrices para meterlos en el papel? Irene Vingüez tenía 13 años cuando la seleccionó...

-Me interesan siempre las personas, no los personajes ni las actrices o los actores. Trato de conocerlos, acompañarlos empujarles, provocarles, que tiendan puentes entre el viaje del personaje y lo que son ellos y crear el dispositivo para protegerles del exceso de la técnica y lo que puede separarlos del viaje espiritual de invocación. Hablamos mucho, nos fuimos al pueblo, fui conociendo sus emociones personales, empujándole y proponiéndole cuáles de esas emociones reales tienen que ver con lo que le pasa al personaje. No hace falta ser un asesino para interpretarlo. Tiene ver qué le puedo dar que sirva de puente a la experiencia de ser un asesino. Todos hemos vivido muchas cosas y una chica joven como ella, o incluso un niño, tienen una complejidad emocional enorme. Para ayudarla tengo que aprender de su mundo para tratar de conectar su mundo con el mundo que he imaginado en la película.

Sus películas tienen muy poco diálogo, ¿busca la expresión con gestos, con actitudes?

-Me gustaría que incluso hubiera menos. Mi ideal es una película en la que no se hable prácticamente nada y lo que se diga no tenga que ver con la trama. La situación y la expresión física, yo creo que el cine es muy físico, es lo que exprime a lo que llaman algunos el lenguaje cinematográfico. Si los actores y las actrices tienen la capacidad de entregarse hay un momento en que su cuerpo habla y dice todo lo que tiene que decir, sus miradas, su silencios, su carne. Pero también el espacio, la atmósfera, la luz... El hecho cinematográfico tiene poco que ver con la trama, con el contenido (que tiene más que ver con la Literatura). Es un retrato del tiempo y del espacio, una fotografía con duración y tiene capacidad de evocación y sugerencia. Yo trato, dentro de los márgenes que me dejan, de hacer películas donde busco ese hecho cinematográfico que es más definitivo que los todos los diálogo y la trama que me interesa bastante menos. En realidad de lo que más me siento orgulloso son de las secuencias en silencio, en las que los actores y actrices dicen todo sin hablar.

Según su concepción del mal, es necesario cosificar al otro para ejercerlo.

-Hay una enfermedad que es la psicopatía, que la tiene un porcentaje pequeño y define el extremo de la cosificación del otro. El psicópata carece de empatía con el otro. La empatía nos lleva a la compasión y al amor, entiendes el sufrimiento y la felicidad del otro. Somos mamíferos. El ser humano esta construido, como muchas especies, sobre la relación de empatía con el otro, somos animales sociales. Todo lo que tiene que ver con el mal es la falta de la empatía, cuando cosificas al otro, cuando el otro ya no es otro ser humano que sufre y que ama sino un instrumento para tu fin. La distancia social provoca mucho la cosificación del otro. Si no le ves es muy fácil hacerle daño. Solo el psicópata no siente nada cuando le hace daño al otro. Todos los seres humanos sufrimos, nos cuesta cosificar al otro. El mal no es producto de los malos. Los nazis eran todo psicópatas. ¿Hitler era un psicópata? Puede ser, pero la cuestión es que por una razón que consideramos legítima dejamos de ver al otro como un ser humano y pasa a ser una cosa a destruir porque se interpone en nuestro objetivo. Pueden ser razones ideológicas, económicas, de supervivencia€ El miedo cosifica al otro. Tengo que sobrevivir y el otro no es un ser humano, es un inconveniente para mi supervivencia. En situaciones difíciles, en general, solo los grandes seres humanos, que son muy pocos, demuestran que son capaces de trascender el miedo, el movimiento gregario, revelarse y convertirse en héroes. En el nazismo hubo gente que se reveló pero fueron muy pocos. La mayoría fue cómplice del mal, miró para otro lado para que a ellos les fuera mejor. En mis películas trato de hablar de que el mal proviene de la gente común en situaciones extremas que miran para otro lado.

Sus películas son muy apreciadas por la crítica y poco por los premios

-Es normal. Si te refieres a los Goya me han nominado de varias cosas 9 veces y nunca lo he ganado, pero tiene lógica. Desde un punto de vista industrial premian películas que siendo buenas, son más cercanas y hacen ese puente con el publico. Son películas más cómodas. Mis películas son muy incómodas y poco complacientes y eso, de alguna manera, a la hora de los premios lo hace más difícil. Lo entiendo y en el fondo me siento agradecido de estar donde estoy. Me gustaría tener premios, pero otras películas son más candidatas. Yo con estar ahí y sobrevivir y seguir haciendo las historias que me gustan, me siento muy afortunado.

Han pasado 19 años de 'La Flaqueza del bolchevique' ¿cómo ha evolucionado en su cine?

-Es muy difícil tener conciencia de uno mismo. Uno va evolucionando siempre, no somos los mismos. Yo no soy el mismo ni siquiera que cuando hice La Hija. En mi carrera ha sido fundamental que, teniendo esta tendencia, estaba más dentro de la industria en mis dos primeras películas, La flaqueza y Malas temporadas, era un cineasta más convencional. Mi cambio provino a raíz de la La mitad de Óscar que tomé la decisión de ir por otro camino, de hacerme productor y hacer otro tipo de cine. Pensando que cada película iba a ser la última. Ha habido una década de aprendizaje y una segunda de búsqueda, en la que me siento un cineasta muy incipiente. Pero a la vez, como esto es tan complicado, en cualquier momento esto se acaba y tampoco pasa nada, me siento muy satisfecho de lo que he hecho. Es como si subes una montaña y dices 'hasta que se me parece corazón' y 'hasta aquí he llegado'. Disfruto mucho haciendo cine, en el proceso, la escritura, para mí es la vida y lo que menos me gusta es tener que defenderla. Hablar con la prensa me vacía, no lo disfruto. Todo lo demás es maravilloso, por lo que el mero hecho de poder hacerlo es maravilloso.

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