Danza

Orígenes

06.04.2022 | 00:28

Orígenes

Dirección artística: Carmen Larraz. Coreografía e interpretación: Polina Tiabut, Alvaro Copado, Stephano Mattiello, Martín Los Arcos y Carmen Larraz. Música: Hilario Rodeiro. Escena: David Bernués. Producción: Dinamo Danza / La Factoría. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 25 de marzo de 2022. Público: Casi lleno el patio de butacas (12 y 8 euros).

La producción de Dinamo Danza sobre los orígenes de la Humanidad, –por supuesto muy apegada a la Naturaleza–, comienza con la idea un tanto darviniana de la aparición del hombre; o sea, con movimientos reptantes, protozoos que se desperezan en una masa sonora magmática, (una no música que lo envuelve todo), y que, de vez en cuando, al estallido de una fuerte percusión, se van levantando. Prevalece la danza de suelo, la inestabilidad de los cuerpos, el gesto del asombro; en fin, toda esa vida en contacto directo con un ambiente boscoso, efervescente, pero un tanto oculto; incluso la iluminación es anochecida. A mi juicio, este preámbulo de trasiego de palos que formarán nidos u hogueras, se dilata en exceso. Tarda, en este sentido, en despegar el espectáculo. Y se nos antoja un poco como "el parto de los montes", mucho ruido para lo que está ocurriendo; que, ciertamente puede estar justificado, pero que con solo plantearlo se entiende, sin incidir en los movimientos a cámara lenta, que se quieren trascendentes, pero resultan repetitivos. Los cinco bailarines –que, hay que decir de entrada, son estupendos–, campan por el escenario muy individualmente, en una danza que, para el espectador, parece improvisada: brazos sueltos, lentos giros circulares y, como va dicho, mucho, mucho suelo.

Todo cambia cuando irrumpe el primer solo masculino, con un deslumbrante múltiple giro, incluido, donde unos movimientos espasmódicos muy cuadrados y de indudable fuerza, liberan ese potente cuerpo. Claro que, ese solo si se multiplicara en simetría con el resto del elenco, hubiera adquirido todavía más espectacularidad. Es cuando el espectador percibe que es el bailarín el que domina el movimiento, y no al revés. A partir de ahí, la compañía se mete en una coreografía bien bailada, suelta, pero bien empastada visualmente.Y, una vez que el individuo se ha percatado de su carácter colectivo, van a surgir las figuras rituales, las orgías amorosas, y el paso del amor al odio, que incluye la violencia. Hay, en todo ello, una danza narrativa, con grupos estatuarios, y una Carmen Larraz que se eleva –la elevan– como una pluma. Hay baile aéreo, círculos que acorralan y liberan, acción, en fin, que, aún con significado un tanto críptico –por lo menos para mí–, dan juego al espectáculo. El vestuario, con falda, da vuelo a la danza; es acertado, y acentúa el movimiento, independientemente del sexo. La banda sonora es un sordo bajo continuo, a la que se une la percusión, más bien étnica o primitiva. Y la iluminación me pareció discutible, ya que, junto a efectos bien traídos, como el cono del escenario formado por el láser, el deslumbramiento del público y la penumbra opacan un tanto a los bailarines. Quizás esas poderosas linternas significaban búsqueda.

En resumen: como suele suceder muy a menudo en la danza contemporánea, los bailarines están por encima de la coreografía. O lo que es lo mismo, no se les saca todo el potencial que se ve que tienen. Curiosamente, en la danza contemporánea local, es donde más se da la creación propia. En música clásica o en teatro, es al contrario, se tira mucho más de repertorio. Seguramente es porque los derechos de autor, en danza contemporánea, son más caros. Y desde luego, se abusa del suelo. El reto de la siguiente coreografía será, no tirarse tanto al suelo. El público premió con cerrada ovación el trabajo de todos.

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