El 6 de noviembre de 1976 se puso a la venta el primer sencillo de una banda de música que marcaría una época en la música británica. Ese día los Sex Pistols publicaron Anarchy in the UK, su primer single, y la canción que consagraría el punk como género musical. Letras agresivas, antisistema, directamente lanzadas como dardos contra el establishment y la sociedad tradicional británica. Justo en su quincuagésimo aniversario el punk parece retornar, esta vez no a la escena musical, sino al panorama político electoral.
Las recientes elecciones en el Reino Unido, más que un terremoto político, han significado un verdadero apocalipsis electoral. El vuelco total de la política tradicional. Ascenso de los independentismos galés, escocés y norirlandés y del voto antisistema de Reform Uk. Al mismo tiempo la extrema derecha toma las calles de las principales ciudades del país, fin de semana tras otro, augurando la implosión de un sistema político, el británico, que no encuentra forma de salir a flote, teniendo al laborismo como nueva víctima. ¿Ha caído el Reino Unido en la anarquía? ¿Está en peligro su futuro como nación?
Todo el mundo esperaba un batacazo para el gobierno laborista de Keir Starmer. La prensa utilizaba el término “baño de sangre” como predicción de la hecatombe que esperaba al premier, que hace dos años llego al número 9 de Downing Street con el mayor apoyo electoral desde la victoria en 1997 de Tony Blair. Una victoria lograda sin apenas despeinarse, después del caos político y económico, con una sucesión de primeros ministros conservadores efímeros incluido, en la que habían sumido los tories el país desde la victoria del brexit. Change begins, Comienza el cambio, fue el lema de un Starmer, que venía a devolver el Reino Unido a las clases medias y trabajadoras, además de poner orden en el caos en el que se había sumido el país en la era posbrexit. El cambio realmente ha llegado, pero es no es el que Starmer auguraba en campaña.
Para muchos analistas, es innegable que la política en el Reino Unido está sufriendo una profunda transformación, poniendo en riesgo un sistema que lleva décadas dotando de estabilidad política a una de las democracias más asentadas del mundo. Los dos grandes partidos, el laborista y el conservador, se han alternado en el poder, con un tercero como apoyo, el de los liberal-demócratas, testigo de los turnos políticos de sus dos hermanos mayores. Pero este sistema parece estar desapareciendo elección tras elección. La primera víctima fue el Partido Conservador. Ellos desataron la tormenta del brexit, pero fueron incapaces de controlar las consecuencias de las fuerzas que liberaron. Tras 14 años de dominio, el brexit hundió más de una década de éxitos electorales de los tories. La consecuencia, sus desastrosos resultados, que entregaron en bandeja una mayoría aplastante a sus grandes enemigos, los laboristas.
Muchos son los problemas que legaron los tories a los laboristas aquel 4 de julio de 2024, cuando Keir Starmer celebraba su victoria. En primer lugar, una deuda pública que asciende casi al 96% del PIB, un porcentaje altísimo, desconocido desde los años 60. Al mismo tiempo, una economía que crece muy despacio, siendo la segunda economía que menos crece de los países que conforman el G7, la avanzadilla de las naciones ricas de Occidente. Quizás sea en esto donde radica el principal problema de la economía británica, su incapacidad para recobrar las tasas de crecimiento anteriores a 2008. La crisis financiera dejó tocado a un país, que se había convertido en una economía firmemente basada en los activos financieros, con unas tasas de industrialización cada vez más bajas y con un índice de productividad por trabajador en caída libre. Para algunos expertos, una consecuencia de las políticas de austeridad aplicadas para sortear la crisis, reducción de inversiones en infraestructuras y en desarrollo, han llevado a la economía británica a ser más dependiente del mercado financiero y a reducir los ingresos y la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora. Pero el gran problema vino con las tres plagas que afectaron de lleno a la economía británica a partir de 2020: la pandemia del covid, la guerra de Ucrania y, sobre todo, la salida de la Unión Europea.
Starmer vino para cambiar esta dinámica. Iba a modernizar las abandonadas infraestructuras, terminar con las interminables listas de espera del servicio público de salud y mejorar los salarios y las condiciones de vida de la clase trabajadora. También prometió solucionar el grave problema del acceso a la vivienda, a través de la construcción de cientos de miles de pisos de protección. Pero, dos años después, la opinión general es que sus promesas han pasado a la historia. Y sus errores políticos no paran de sucederse. Rebajó un impuesto a las gasolineras destinado a subvencionar la calefacción de miles de ciudadanos, ha sido incapaz de mejorar la atención del sistema de salud, aceptó de manera continua entradas gratuitas para eventos y, por si esto no fuera poco, puso como embajador en Estados Unidos a un íntimo amigo de Jefrey Epstein, Peter Mandelson. Resultado: Starmer, tras solo dos años de ejercicio, se halla entre los líderes occidentales peor valorados por sus ciudadanos. Todo un récord, sobre todo para alguien que llegó a la presidencia con una mayoría absoluta aplastante.
Pero no toda la culpa es del actual líder laborista. Como anunciábamos hace unos meses en otro reportaje, Starmer se encuentra en un escenario muy complicado para lograr avances. Ha recibido una herencia económica terrible, con un endeudamiento mastodóntico, que posiblemente requiera décadas para recuperarse. Además, la situación política no ayuda a la recuperación. La polarización que vive el Reino Unido desde el brexit ha llevado a la ciudadanía a enfocar su atención en problemas como la inmigración, la guerra cultural o el renacer de una extrema derecha que toma las principales calles de las grandes ciudades británicas de forma masiva. Un escenario, en el que el populismo se ha hecho con el micrófono, y en el que se impone su discurso extremista y radical, mientras la economía del país hace agua, y nadie pone remedio al verdadero problema del país, su incapacidad para generar riqueza y crecimiento.
Farage, el gran vencedor
Mientras, el electorado se vuelca hacia las opciones más antisistema. El principal vencedor, Nigel Farage, primer impulsor del brexit y líder de la derecha radical populista. Su discurso anti-inmigración, anti-Europa, y anti-establishment, sigue calando en una sociedad británica que aún parece creer en remedios milagrosos, sin todavía haber aprendido nada de las ilusiones rotas que el brexit generó. Pocos dudan de la victoria de Reform Uk, el partido de Farage, dentro de dos años, viendo su imparable ascenso en estas elecciones locales a costa de la sangría laborista. Las dudas también son pocas respecto a las consecuencias que tendrían las soluciones populistas que plantea Farage, centradas en la deportación masiva y en los recortes a todos los niveles, especialmente en los impuestos, más en concreto, en las tasas a las grandes empresas.
Las mismas dudas que plantean los otros vencedores de las elecciones locales, los Verdes, la fuerza antisistema de la izquierda británica. Su ascenso, bajo el liderazgo carismático de Zack Polanski, ha sido fulgurante, proporcional al desencanto generado por el laborismo de Starmer. Pero las políticas del partido verde, basadas en el aumento de impuestos a los más ricos y en la apuesta por las políticas ecológicas, tampoco presagian un buen futuro para el Reino Unido. Pero, mientras el laborismo no recupere fuerza, el crecimiento populista será imparable. Solamente si Starmer renuncia al cargo o es depuesto por su partido y el laborismo logra sustituir a su actual líder por alguna figura carismática, como Angela Reyner, será posible parar la hemorragia de votos hacia los Verdes. Maniobra que parece factible, pues ya han comenzado los movimientos de muchas figuras laboristas con el fin de sustituir al líder desacreditado.
En medio de la crisis de los partidos tradicionales y ocupando su lugar en la escena se encuentra la resurgida extrema derecha. Los disturbios generados el año pasado por las marchas racistas a lo largo del territorio, que también cruzaron la frontera hacia la República de Irlanda, son también motivo de preocupación para la clase política británica. El ascenso de un nacionalismo de extrema derecha, centrado en la lucha contra los inmigrantes, puede radicalizar aún más a sectores de la derecha radical populista de Farage. En este sentido, el Reino Unido juega con fuego. Una extrema derecha que supiera capitalizar el cada vez mayor enfado contra la política institucional, puede convertirse en una verdadera amenaza para todo el sistema político del Reino Unido.
Pero si este panorama no fuese suficientemente desolador, las elecciones a los parlamentos escocés y galés, que se celebraron a la vez que las elecciones locales, han significado otra gran derrota para la política institucional del Reino Unido. En Escocia, el partido nacionalista ha mantenido el primer lugar, consiguiendo repetir victoria llevando como promesa estrella de su candidato la necesidad de repetir el referéndum independentista. El objetivo de la independencia no parece tan lejano tras los resultados obtenidos en Escocia en el referéndum del brexit, mayoritariamente favorables al mantenimiento en la Unión Europea.
El independentismo manda en Gales
La gran sorpresa ha saltado en Gales. Por primera vez, el independentismo galés es el partido más votado en aquella nación. Un nuevo revés al laborismo, tradicional partido hegemónico en Gales. Plaid Cymru, el partido nacionalista galés, entra en escena no solo como la formación más votada, rompiendo una dinámica de décadas. El ascenso del nacionalista galés implica un nuevo foco de intranquilidad para un Reino Unido, que ve cómo sus tres naciones al margen de Inglaterra, tienen como partidos más votados a formaciones políticas que abogan por la autodeterminación y la salida de la unión.
Las elecciones al parlamento e Irlanda del Norte serán el año que viene y pocos dudan de una nueva victoria del Sinn Fein. Más si cabe, viendo los resultados de Escocia y Gales. Y no olvidemos que el Sinn Fein habla ya de un referéndum de reunificación de la isla en la República de Irlanda para 2030.
¿Ha comenzado el fin del Reino Unido como entidad política? Quién lo sabe. Siglos de conflictos y guerras no pudieron con él. Pero, desde luego, jamás se había visto este escenario en el que las fuerzas centrífugas tuvieran tanto respaldo y peso político en las urnas en la época reciente. Un escenario político que, sin duda, debe de poner aún más nervioso al gobierno de Londres.
Ante este apocalíptico panorama, parece ridícula la respuesta de Starmer: “retornar al corazón de Europa”. Las carcajadas han debido de ser atronadoras en los pasillos de Bruselas. Pero quizás las palabras de Starmer tengan más sentido de lo que pudiéramos pensar. Es hora de que los británicos reconozcan lo que realmente el brexit significó para el Reino Unido. Justo a pocos días del décimo aniversario de aquel importante referéndum, la salida de la Unión Europea desató fuerzas que han conducido a la situación actual, que el país ha sido incapaz de contener. Aquel populismo simplista, que veía en Europa y los inmigrantes las causas de los males de la economía y la sociedad británica, sigue desbocado, buscando culpables en los mismos lugares, los musulmanes, los europeos o la guerra de Ucrania. El brexit no solo ahondó en los problemas económicos británicos, al mismo tiempo desató una histeria colectiva, que produjo heridas que todavía no han cicatrizado y no parece que lo hagan en los próximos años. Una histeria que redirigió las consecuencias de malas decisiones económicas tomadas durante años, a soluciones simples basadas en el racismo, la xenofobia, el chovinismo, la guerra cultural, y el aislacionismo.
Reino Unido se ha convertido en el ejemplo más acabado de las consecuencias negativas que la nueva ola de populismo ha traído a las democracias occidentales. Una nación que ya no cree en sus instituciones tradicionales y lanzada hacia los márgenes del sistema, buscando soluciones en la simplicidad y radicalidad, al margen de la realidad. Una nación que se resiste a asumir el error que significó el brexit, fascinado por un populismo dirigido a un callejón más oscuro. “There is no future in England´s dreaming”, cantaban los Sex Pistols. Desde luego, no habrá futuro en manos de los populistas…