Si escuchara y hablara como no hace mucho Aurora Monreal, casi centenaria vecina de Learza, nos podría narrar miles de vivencias que atesora este bellísimo, discreto y pacífico rincón de Navarra. Aurora, en la fotografía inferior de este reportaje, se tapa la cara con su mano zocata para protegerse del peso de la vida en forma de haz de sol y con la diestra busca otra diagonal para asirse a la vida, en la fuerte pilastra sillar de su ventana.
Fiel a sus raíces hasta el final. Aurora, junto a su sobrino José Monreal Martínez de Marañón, conforma todo el contingente poblacional de un Learza que llegó a tener siete casas y cerca de 50 habitantes a comienzos del siglo XX, cuando lugareños y colonos trabajadores de la tierra dieron a este Señorío de Learza, hoy lugar del Ayuntamiento de Etayo, una notable importancia dentro del conjunto geográfico e histórico de la Valdega. Desde su casa, Aurora Monreal siluetea con su tan sabia como arrugada mirada la plaza casi circular de Learza. A la izquierda, la hermosa fábrica del palacio blasonado del Marqués de Elío; a la derecha, un largo cobertizo; y al frente, tras salvar una presumida escalinata que se eleva unos ocho metros, la particular iglesia de San Andrés de Learza. En el centro de la plaza, un jardín circular bien cuidado en cuyo centro clava una pica que alza un fino crucero. Y los recuerdos de festines, pompas y boatos, de clérigos, señores y señoritos de los Vesolla y otros vizcondes y marquesados, propietarios de todo, de 4.000 robadas de tierra de cereal y de otras 7.000 de monte, marco de suntuosas cacerías. Y también los recuerdos de los sacrificios y sudores de labradores y mujeres.
quejigal Learza también es un reclamo para los vividores de la naturaleza por el recorrido que nace entre el palacio y la iglesia y se extiende durante unos 700 metros en dirección a Etayo y que queda enmarcado por unos quejigales de gran porte y de una larga vida nutrida por los dioses vegetales que merodean por los climas submediterráneos. Fueron reconocidos como monumentos naturales en 1991 y por decreto foral el 1 de diciembre de 2009 siendo nombrados como Quejigos de Learza. Son unos quejigos señoriales, patrimonio natural de Navarra. A los quejigos (quercus faginea), que son robles carrasqueños, les pugnan el suelo, el aire y la luz una buena cuadrilla primos más húmedos, como son los robles comunes, encinas y algún enebro. Algún esqueleto de quejigo luce su pasado inclinado hacia el norte con una belleza especial, sensible a cualquier dispositivo fotográfico, dejando ver entre su escultural leña los alejados caseríos de Pidramillera al noroeste y de Oco y Murieta al norte. La línea arbórea está rodeada por campos de cultivo y, hacia el sur, pronto comienza la pendiente hacia el monte y bosque de carrascas. Monte que pertenece al conjunto ondulado que va desde la falda norte de Monjardín y que corre hacia la célebre basílica de San Gregorio Ostiense, en tierras de Sorlada. Algún quejigo de Learza sobrepasa los 20 metros de altura. En este lugar se cree que debió haber un bosque aprovechando estas laderas soleadas típicas de los valles septentrionales de la Península Ibérica (también en el norte de África). Los quejigos fueron muy comunes en la Valdega y toda la depresión estellesa.
Este quejigal de Learza mostraba esta misma semana muy buen aspecto en cuanto a una floración que se oía crecer casi tanto como la sinfonía de los mil instrumentos voladores y piadores que anidan el lugar. La senda, habilitada hace años por el Consorcio Turístico de Tierra Estella, necesita algo de limpieza; hay varios tramos intransitables y hay que rodearlos por las tierras de labor.
De Learza, mucho antes de los marquesados, se han encontrado restos de la Edad de Bronce. Y su esbelta iglesia de 1200 es una mano tendida del románico hacia el gótico. Se terminó de reformar en 1992. Alberga un equilibrado retablo romanista de hacia 1600 y atribuido a Juan de Truas. Learza, historia y sosiego natural.