El histórico bar Iruña es el lugar elegido para tomar un café con Javier y Julio Altadill, hijos de Francisco Altadill y nietos Julio Altadill Torrontera, nuestro protagonista de hoy. Ellos son los que, turnándose en el uso de la palabra, me facilitan los datos necesarios para trenzar la trayectoria vital del histórico napartarra. Julio Altadill fue el segundo hijo de Juan Bautista Altadill, ingeniero militar natural de Caspe (Zaragoza), y la joven madrileña Matilde Torrontera. Y nació en Toledo, el 14 de mayo de 1858, porque en aquel momento su padre estaba destinado allí. Fueron sus abuelos paternos Felipe Ramón Altadill, natural de Tortosa (Tarragona), y María Sancho, aragonesa nacida en Caspe.

En cuanto a los abuelos maternos, fueron el toledano Leonardo Torrontera y la madrileña Romana San Román. Sabemos que Julio tuvo una hermana llamada María, cuatro años mayor que él, y a la luz de los datos que hemos recabado sus apellidos reales, que el propio Julio alteró varias veces a lo largo de su vida, eran Altadill y Torrontera, o al menos así aparecen en la documentación en sus versiones más antiguas. Ya hemos dicho que sus orígenes eran diversos, a causa de los destinos derivados de sus antecedentes militares y, de hecho, siendo Julio aún muy joven, su padre fue enviado a Pamplona, lo cual marcaría el destino posterior de la familia Altadill.

Inició estudios en el Seminario Conciliar de San Miguel de Pamplona, pero los interrumpe cuando tiene 14 años por el comienzo de la guerra Carlista de 1872-1876. Los continúa luego en el Instituto de Pamplona, y en 1875, sin haber terminado aún la guerra, consigue con el nº 1 el ingreso en la Academia de Intendencia Militar, culminando su formación en Ávila dos años después, cuando cuenta 19 años.

A pesar de la ya mencionada movilidad familiar, consecuencia de los diferentes destinos militares, lo cierto es que Julio mostró desde el inicio una vinculación moral muy grande con su tierra adoptiva, Navarra, a la que siempre se las ingenia para volver. Según sus nietos Javier y Julio, la elaboración de su Geografía de Navarra, que le obligó a recorrer todo el territorio a lomos de un burro, fue la chispa que provocó que el militar toledano se enamorara de Navarra y descubriera su esencia vasca.

Altadill se casó con la joven Florencia Aldabe Arteaga, que pertenecía a una arraigada familia pamplonesa, propietaria del comercio Tejidos Aldabe, en la plaza Consistorial, y establecieron su domicilio en la calle Cortes de Navarra 3, 1º. Tuvieron dos hijos y siete hijas, que en los ecos de sociedad de los años 20, siempre atentos a los dimes y diretes de las familias más conocidas de Pamplona, se mencionan en alguna ocasión con nombres tan inequívocamente navarros como Mentxu o Mirentxu.

General de Intendencia

Altadill desarrolló una brillante carrera militar, a lo largo de la cual obtuvo destinos como Madrid, Burgos, Zaragoza, Melilla y, por supuesto, Pamplona, alcanzando el grado de General del Ejército de Tierra. Perteneciente al arma de Intendencia, desempeñó funciones como la contabilidad del Fuerte de San Cristóbal durante su construcción.

También intervino en la organización del envío de tropas para la Guerra de Independencia de Cuba en 1895-1898, y posteriormente fue destinado a África, durante la campaña de asedio marroquí contra la ciudad de Melilla, en 1909. Fruto de estos méritos recibió, además del generalato, la Gran Cruz del Mérito Militar blanca, la Cruz y de la Orden de San Hermenegildo y la Cruz blanca de 2ª pensionada. En 1918 solicitó el paso a la reserva por motivos de salud, cuando contaba 60 años, aprovechando la última parte de su vida para profundizar en su interesantísima labor intelectual

Historia, fotografía... y la bandera de Navarra

Como escritor e historiador de prestigio fue miembro de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, también de la Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes y de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra. Fue así mismo secretario del Segundo Congreso de Estudios Vascos de 1920. Entre sus obras figuran las Memorias de Sarasate (1909), la descomunal Provincia de Navarra, en dos volúmenes, con más de mil páginas cada uno (1916), De Re geographico-histórica (1923), Vías y vestigios romanos de Navarra (1923), y su Castillos medioevales de Navarra, que no le dio tiempo ya a terminar.

Fue además todo un pionero de la fotografía en Navarra, y su fondo fotográfico, actualmente propiedad del Gobierno de Navarra, recoge 1.364 imágenes de contenido familiar, paisajístico, artístico y arqueológico. El prestigio enorme que alcanzó le llevó a ser elegido en 1912 por la Diputación Foral de Navarra para, junto con sus compañeros Arturo Campión y Hermilio de Olóriz, definir y diseñar la actual bandera de Navarra, en base a los antecedentes históricos que se conocieran. Por este trabajo, en el año 2017, el Gobierno de Navarra les otorgó a los tres su máxima distinción, la Medalla de Oro de Navarra, concedida a título póstumo.

El obelisco de Amaiur

El concepto y la visión de la historia de Navarra que Julio Altadill y sus compañeros napartarras compartían les causó más de un enfrentamiento con los sectores más españolistas de la sociedad navarra, encabezados por el reaccionario Víctor Pradera. Así ocurrió por ejemplo en mayo de 1920, con su propuesta de erección de un obelisco en memoria de los últimos defensores de la independencia de Navarra en el solar del castillo de Amaiur, asediado y destruido por los españoles en 1522.

Desde los citados sectores se criticó con dureza que en el monolito figuraran los escudos del resto de territorios vascos, y se pidió que se colocara en su lugar un escudo de España, no faltando quien se refirió a los Vélaz de Medrano, los Jaso-Azpilcueta y al resto de navarros defensores de Amaiur como “traidores”, por haber luchado en favor de la independencia de Navarra. Idea que, por lo demás, se acerca mucho a lo todavía hoy defendido por algún célebre miembro del Partido Popular en Navarra, abogado de profesión y metido a historiador en sus ratos libres. Altadill respondió arguyendo los méritos militares que en la defensa de España le habían llevado al generalato, y refutando acertadamente, y desde la propia historia, los argumentos presentistas y erróneos de los que calificó como “patrioteros de ocasión”. Como es sabido, el obelisco fue finalmente diseñado por el arquitecto nacionalista Serapio Esparza, e inaugurado sobre las cenizas del viejo castillo en el año 1922. Volado con dinamita en 1931, fue finalmente reconstruido tras la muerte del dictador Franco, en 1982.

Una descendencia prolífica

Ya hemos dicho antes que Julio Altadill y Florencia Aldabe tuvieron nueve hijos, aunque no todos llegaron a la edad adulta. Hemos encontrado, en la prensa de la época, noticias referentes al fallecimiento de algunos de ellos a muy corta edad. Así, por ejemplo, sabemos que la pequeña Inés murió en 1897 con tan solo trece meses, y hemos localizado la esquela de Julio Altadill Aldabe, fallecido a los 17 meses de edad (La Tradición Navarra, 17-1-1911). Su madre, la pamplonesa Florencia Aldabe Arteaga, falleció en marzo de 1927, según reza su esquela en La Voz de Navarra (14-3-1927) y, según leemos en el mismo periódico, su marido don Julio recibió el viático seis años más tarde, el 3 de mayo de 1935.

Murió dos días después, el día 5, según rezan las esquelas y los obituarios que se publicaron con tal motivo. A pesar de las desgracias y los avatares familiares, lo cierto es que la descendencia de Julio y Florencia arraigó profundamente en la ciudad de Pamplona, siendo hoy varias las familias de dicho apellido que habitan en la ciudad, y honrándome de contar con algún buen amigo entre sus miembros. Con Julio Altadill desaparecía un navarro nacido en Toledo, que supo entender la esencia histórica de su tierra adoptiva, y que dejó escrito que la política no puede escribir ni reescribir la Historia. Bejondeiola…!