Un relato veraniego


Viajar… en la piel de una maleta

Itziar Acereda y Constan Doval |

Tras largos meses olvidada en lo alto del armario, al fin puedo volver a viajar. Mis dueños dejan de lado a mi compañera de menor tamaño para ir en cabina y me rescatan de esa larga y tediosa estancia inmóvil a la que el confinamiento ha sometido a toda mi especie, me quitan el polvo y me preparan para volar a un destino vacacional en busca de sol, playa, mar, naturaleza, cultura…

¿A qué me suena todo esto? Doy unas vueltas a mi cuadrada cabeza -en mi caso no es un insulto, sino mera cuestión de formas- y ¡zas!, ¡ya lo tengo! Me evoca a alguna isla perdida en el mar, eso sí, mejor no muy lejana, ya que este año, con la covid-19 aún latente, se prefieren los destinos cercanos. Si pudiera elegir, lo tengo claro. Canarias, con sus ocho islas repletas de atractivos, reúne todo lo que se puede pedir… más la comodidad de desplazarse en avión, ya que en un abrir y cerrar de ojos aterrizas en tu particular paraíso de vacaciones. Con una línea directa a Tenerife o Gran Canaria, volar es una agradable experiencia también para las maletas.

¿Que por qué voy a ser yo la compañera de viaje en este vuelo? Porque aunque soy una maleta de grandes dimensiones, mis medidas son las perfectas para que me puedan facturar sin ningún coste y sin necesidad de hacer escalas. Cuando una ha nacido para viajar, esta vocación me conduce cada verano, con ilusión renovada, a una nueva aventura llena de expectativas y, como no, de enseres personales en forma de chancletas, vestidos, bermudas, camisetas, bañadores, bikinis... que ocupan hasta el último resquicio libre de mi amplio interior. Tampoco faltan las mascarillas, un curioso artilugio que nunca había visto pero por lo que he oído evitan la propagación del virus y un contagio indeseable. En fin, por la salud, toda precaución es buena.

A mis jefes conmigo les sobro y les basto. Y es que siguiendo los métodos de la gurú del orden y del aprovechamiento de espacios, Marie Kondo, que sabe reducir el tamaño de cada prenda a su mínima expresión mediante sencillos trucos de plegado, no hay necesidad de recurrir a mis compañeras a las que les gusta viajar en cabina. ¡Bienvenido sea el orden para mi confort y el de mis semejantes!

viajar en la piel de una maleta

Qué gusto da cuando te hacen sentirte útil, abierta para dar entrada, tantas veces atropellada, a todo lo necesario para acompañar a mi portador a su lugar de vacaciones. ¡Manos a la obra! Con esa mirada ansiosa de emociones propia de las horas previas a la partida me van llenando, hasta que, como casi siempre, a duras penas consiguen cerrarme. Escucho los tres clicks de cierre correspondiente, en el centro y los laterales, o ese evocador ruido de cierre de cremalleras que anuncia que todo está dispuesto, colocación de la clave de seguridad y ya estoy preparada para comenzar a rodar camino del aeropuerto.

Dentro reina la oscuridad total que anuncia la partida, mientras desde fuera me llega la alegría de sentirse deseada como nunca y cuidada como la ‘estrella’ del viaje que soy. ¡Ah, por cierto! Vaya desde lo más hondo de mi capacidad un hurra por Bernard D. Sadow, el inventor de las maletas con ruedas allá por 1970, sin las cuales, moverse por los aeropuertos sería una pesadilla.

Nos acercamos al aeropuerto. Mis dueños, una pareja de recién 40´s, Iker y Miren, han dicho que vamos a Foronda. ¿Foronda? Yo pensaba que este aeropuerto era solo para mercancías. Pero no, les he oído que sale desde allí un vuelo de Binter, directo a Canarias. Será un vuelo de hélices, seguro. ¡Qué no, que dice Iker, que sabe de eso, que es ingeniero, que viajamos en un Embraer E195-E2 de última generación, la aeronave más grande y moderna de la familia de reactores comerciales bimotores de medio alcance E-Jet E2!

Escucho a Iker como le dice a Miren que quizá deberían haberse acordado de alguna de mis hermanas menores. Miren contesta que "ya es tarde" pero aun así deciden sacar de mi interior el portátil y la cámara de fotos para que vaya más cómoda, ya que debajo del asiento hay espacio para llevar algún objeto personal de poco peso y volumen. ¡Qué alegría! Por fin cuando alguien piensa en la comodidad no solo tiene en cuenta la del pasaje, sino que también se acuerda de nosotras, serviciales aliadas en los viajes, dispuestas a dar en cada momento lo que se precisa.

Una vez en el aeropuerto observo como nos acercamos al mostrador. Una simpática azafata me pone la pegatina de facturación y me coloca en la cinta transportadora. Ya no hay vuelta atrás. Me desplazo por la cinta rauda y veloz, y un hormigueo recorre toda mi estructura. Comienza la aventura.

Recorro varios metros hasta que me recogen y me colocan con mis compañeras de viaje en el vehículo que nos llevará hasta el avión. Estamos todas muy nerviosas pero con ganas de alzar el vuelo. Cuando me sitúan en mi correspondiente habitáculo, toca relajarse y disfrutar al máximo.

como organizar tu maleta

Comienzan a rugir los motores… ¡Qué emoción! Vamos allá, ¡en marcha! En breve estaremos despegando de Foronda. ¡Ya estoy en el aire! Noto un pequeño traqueteo, pero son cosas del despegue, está todo controlado. Tras dos horas y cuarto de agradable vuelo, Tenerife nos recibe al anochecer de un día espléndido.

Por mi parte, saludos desde la tierra de los guanches y felices vacaciones, aseguradas para quienes se animen a venir. Canarias les espera. Yo desconecto por unos días, oyendo el rumor de las olas. ¡Bye, bye!