Mi amigo Kike me dijo el otro día que a ver si no me había dado cuenta de que estamos en elecciones, cosa que me sorprendió porque en campaña electoral navegamos durante todo el año, con lo que comprendí que algún tipo de maldad o novedad había en el requerimiento de mi colega, puntilloso como es, siempre mirando de reojo al personal y sus intenciones. Los palcos comienzan a llenarse, y todo lo demás también, me advirtió con esa enigmática superioridad del sabelotodo mientras me desgranaba la historia increíble de hace cuatro días acerca de un político hablando junto a una estatua de madera “como si fuese el compañero de mitin”. No le creí.
Pero sí, ya estamos en elecciones, que se trata de discernir entre los buenos y los malos. Casi como en el cine clásico, muy clásico. Las películas de buenos y malos han sido la definición perfecta de todo un género cinematográfico que, de lo sencillo que era, resultaba delicioso porque exigía poca implicación intelectual en el asunto por el aplastamiento por los papeles. Los buenos de un lado y los malos del otro. Los yankis y los japoneses. Los blancos civilizados y los negros salvajes. Los cruzados santos y los sarracenos demoníacos. Los vaqueros y los indios. Pero la cosa comenzó a complicarse cuando los papeles se fueron intercambiando, se difuminaron los perfiles y la sólida interpretación de esa vida repartida en bandos, existencia en la que nunca creímos, por fin se quebró.
Está claro que la vida es cuestión de elegir, cuando se puede y dejan, pero tampoco estamos para creernos las cosas pintadas a brochazos, con un trazo grueso que lo mismo sirve para tapar, que para rodear o simplemente manchar. Mi amigo Kike, que no es pintor de brocha gorda, me dice que anda buscando literatura y bibliografía que le aporte datos para definir que es eso de la gente de bien, que le ha tocado en el corazón el asunto. Que no sabe si debe estar en el lado de los buenos o de los malos. Es que no le gusta el cine, lo clásico, pienso. Mientras comienzan a hacer el indio.