El asesinato con un dron de tres miembros del Ejército Saharaui por parte de Marruecos, entre ellos Lahbib Mohamed Abdelaziz, hijo del fundador del Frente Polisario en 1976 y presidente de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD) durante 24 años hasta su fallecimiento, cuando fue sucedido por Brahim Ghali, pone de nuevo la atención internacional en el conflicto y la guerra olvidada del pueblo saharaui. Otro pueblo abandonado a su suerte desde hace cinco décadas, tras la traición del Gobierno franquista, en sus últimos días, al pueblo saharaui, entonces ciudadanos españoles, y a sus obligaciones internacionales de controlar el proceso de descolonización del Sáhara Occidental. Una obligación que aún pende sobre el Estado español.

Desde entonces, decenas de miles de saharauis nacidos en los territorios liberados en el desierto han sido desde su primer día de vida personas refugiadas. Entre ellos, el propio Lahbib Mohamed Abdelaziz, asesinado en un ataque selectivo en una zona desmilitarizada con un dron, posiblemente por ser considerado el relevo del futuro. Es un saharaui caído más en la lucha por la libertad y los derechos de su pueblo, pero es, al mismo tiempo, una víctima con un simbolismo político propio y significativo. Su asesinato se produce el domingo, el mismo día que llegó a los campamentos de refugiados el enviado personal de la Secretaría General de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, en el marco de una nueva gira diplomática. Un castigo a la resistencia saharaui y un intento de cercenar el futuro de las nuevas generaciones por parte de la alianza entre Israel y Marruecos, que representa en toda su dimensión la desastrosa deriva del mundo actual, donde ni las reglas, ni las leyes ni los derechos de las personas tienen valor ante el abuso de la violencia.

El asesinato de Lahbib Mohamed Abdalaziz y otros miembros del Ejército Saharaui no es casual y coincide con la llegada del enviado de la ONU a los territorios liberados

Y un intento más de eludir el Derecho Internacional y seguir imponiendo una ocupación militar y colonización ilegales, con el expolio económico y natural de la riqueza del Sahara. A aquella primera traición franquista, le siguieron todas las demás, desde Felipe González a la escandalosa entrega de Sánchez a los intereses y exigencias de Mohamed VI. Buenas palabras para los saharauis, pero pleitesía a un régimen corrupto, autoritario y de terror. En el Sahara se libra una guerra desde que hace seis años el Ejército Popular de Liberación Saharaui volviera a las armas tras 30 años de alto el fuego ante los reiterados incumplimientos de Marruecos y la incapacidad de la ONU para hacer cumplir sus reiteradas resoluciones en favor de un referéndum para cumplir con el derecho de autodeterminación y la descolonización del Sahara Occidental. Una guerra desigual y escondida por los grandes medios. De nuevo los intereses comerciales de la geopolítica, impuestos en este caso por Marruecos y EEUU con el seguidismo sumiso de los Estados español y francés, se sobreponen a la legalidad internacional y a los derechos humanos. El pueblo saharaui lleva décadas padeciendo una insólita situación de exilio, ocupación militar y colonización ilegales pese a los acuerdos internacionales y las resoluciones de la ONU. Una vez más, la democracia ha sucumbido al incumplimiento de sus propias normas