No se sabe con precisión por qué en algunas ocasiones utilizamos el calificativo de cantamañanas a ciertas personas, cuando nada tienen que ver ni con el canto y, mucho menos, con la música. No sé si la democracia tendrá o no algo que ver, pero añoramos tiempos en que oíamos cantar por las mañanas a aquellas asistentas de hogar que amenizaban los patios de las casas de vecindad con aquellas inolvidables canciones, como mirando al mar, blanca y radiante va la novia, por el camino verde y un largo etcétera que entonaban los románticos de la época.
También era frecuente escuchar a operarios de la construcción que nos amenizaban con canciones como el emigrante, mi jaca, la salvaora y otras, de los repertorios de los inolvidables artistas del folclore. Hoy, por el contrario, raro resulta escuchar cantar a nadie en vivo, fuera de los platós y escenarios.
Por un lado, hoy hay tanta oferta de artistas que, al haber acomplejado a los aficionados, éstos se limitan a cantar, lo más, en la ducha y, por otro, que esas jóvenes que soñaban ir de blanco y radiantes al altar, cuando lo hacen pensativas mirando el mar, ven el camino del altar tan verde, en primer lugar, por el precio de las viviendas, y en segundo lugar, por el temor a un fracaso, ante el entorno de las numerosas separaciones que hoy se dan. En cuanto a los operarios, conscientes del precio que van a tener luego los pisos que construyen, se les han quitado las ganas de cantar.
Los precios de las viviendas no terminan de bajar y es frecuente que nos avisen con tiempo de que subirán más, siendo la gran incógnita hasta dónde y hasta cuánto y la opinión pública, expectante y alucinada como está, no puede por menos que preguntarse: ¿no serán unos cantamañanas los responsables de este desmadre?