A los políticos ruidosos, siempre presentes en los titulares, que utilizan el insulto y la descalificación como único argumento, se oponen los gestores silenciosos de lo público, aquellos que velan por el bienestar de su comunidad sin buscar protagonismo. Ellos nunca aparecen en las noticias.
Son las dos Españas democráticas: la cara y la cruz de la política. Nunca veremos a un alcalde de un pequeño pueblo -que a menudo ni siquiera cobra sueldo- en un plató televisivo mostrando cómo se gestiona una alcaldía con recursos escasos y una población envejecida. Ese esfuerzo, que es real y necesario, no interesa a la audiencia.
El interés mediático se centra en los altos cargos del Estado, en ministros y opositores que convierten la política en un interminable ping-pong de acusaciones. Mientras tanto, quienes de verdad sostienen la vida pública, con trabajo silencioso y eficaz, permanecen en el anonimato.
Es como el buen maestro que educa a sus alumnos no solo en conocimientos, sino también en valores, sin esperar más recompensa que verlos crecer como personas. Haberlos, haylos buenos gestores de lo público, pero rara vez conoceremos sus métodos, porque el ruido de los políticos escandalosos ensordece todo lo demás.
Ese ruido, que ya ha marcado siglos anteriores, sigue siendo uno de los males de nuestro tiempo. Y mientras no aprendamos a valorar más la gestión responsable que el espectáculo mediático, nuestra democracia seguirá debilitándose.