Los huevos se agrandan en la distancia. Cuenta Jorge Vestrynge en Jotdown que su amigo Fernando Sánchez-Dragó -¿les suena?- se le apareció en casa el 11 de septiembre de 2001 con una botella de champán y tres copas: "Este es el día más feliz de mi vida." Puesto que en aquellos atentados murieron 2.973 personas y otras seis mil resultaron heridas, choca que ni sus mecenas populares ni sus liberales jefes ni su admirada Rosa Díez hayan abierto la boca. Tampoco hemos oído a ninguna asociación de víctimas. A falta de gente de postín, habrá que preguntar al gremio de bomberos: 343 se abrasaron en las torres. O a los emigrantes latinos: 247 fueron asesinados en la jornada más dichosa en la historia del caballero.

El escroto, sí, se agiganta a lo lejos, pues no hay noticia de que se repitiera el brindis cuando otros cafres mataron a 191 viajeros en Madrid en 2004. Habría sido complicado presentarse en la estación de Atocha con tres copas, esta vez de cava, con dos cojones, a celebrar la masacre. Los chistes, en los funerales, nunca son sobre el difunto. Por eso causan mucho asco ciertos comentarios referidos a las explosiones de Boston. Sin ni siquiera saber quién había sido el autor ni su motivación, canallas sin fronteras ya inundaban la red de enhorabuenas, se lo merecen, en fin, ese tipo de aleluyas que ningún paisano osaría soltar tras una matanza en, por ejemplo, la San Silvestre vallecana o el encierro sanferminero. Y cuidado: majaras hay en todas partes, y perversas justificaciones para sus majaderías también.

Y es que, además de malo maloso, uno tiene que ser muy estúpido. Pues quien aplaude así la desgracia ajena aún piensa, iluso de él, que nosotros no estamos en el blanco, que no somos objetivo, que eso del terrorismo, cualquier terrorismo, es algo que le pasa al prójimo: algo habrá hecho. "El día más feliz de mi vida", dice, meando champancito sobre 2.973 cadáveres. ¿El pis prescribe? Y ahí sigue, en la tele.