me gustan mucho las bodas. Claro que mi impresión es parcial: nunca he estado en la mía. En cierta jerga mexicana se le llama pioresnada al novio. En lunfardo significa amante y cónyuge. Acabamos de saber que en 2002 el gasto de iluminación de un bodorrio podía alcanzar los 32.425 euros; y que es bastante normal, en palabras del padre y suegro Aznar, que un invitado se hiciera cargo de la factura. La madre y suegra Botella ha añadido que la duda sobre tal generosidad ofende.
Somos unos catetos. Que si lista de bodas o pasta en mano, que si juego de café o lámpara de mesa. Que si 300 euros por pareja o luego te ingreso sin falta el dinero del regalo, que es lo que le viene soltando un amigo a otro desde hace una década. La cuadrilla es un ente irrompible. Al parecer lo correcto es obrar de otro modo, según ha explicado el marido y yerno Agag: "El regalo del sr Correa fue exclusivamente la iluminación de la fiesta posterior a nuestra boda". Ahora lo entiendo: peor es nada. Así que de mayor quiero casarme y que un colega me regale exclusivamente cinco millones y medio de pesetas aunque sea en bombillas. Es bastante normal. La duda ofende.
Hay que tocar mil veces Paquito el Chocolatero para llegar a esa cifra. Hay que colocar infinitas bolas giratorias de discoteca. Hay que despedir al acordeonista, al del organillo y al cuñado DJ. Hay que resucitar y contratar a Tino Casal. Hay que vivir fuera de la realidad, y de la ley, para no preguntarse por qué alguien del público es tan dadivoso con uno. Hay que menospreciar al paisanaje para decir, como han hecho los agraciados, que no hay nada raro en ello porque entonces nadie conocía la trama Gürtel. Es como si Clinton sostuviera que cuando su becaria se afanaba no hubo adulterio porque nadie conocía entonces el escándalo de Mónica Lewinsky. Lo aconsejaba Reinaldo Arenas: respeta todas las normas pequeñas y viola todas las grandes. Y en eso siguen estando. Ni un fallo de protocolo, o sea.