Se lo vengo oyendo bastante a primeros espadas locales: Europa tiene que respetar a sus naciones históricas. También hablan de Estados y Reynos medievales, o civilizaciones y pueblos milenarios, y eso asusta más. Una nación histórica es a veces un oxímoron, como primavera vasca, o una canción del verano: el himno que ayer unía a la gente hoy quizás la separe. Sin salir del mismo bar hace dos décadas bailábamos ska, hace una merengue y ahora reguetón. Y sin salir de casa hay europeos que han jurado diferentes banderas a medida que se creaban, y recreaban, naciones supuestamente históricas. Otros, como Fernando Aramburu, ante al empacho optan por el vacío: "Hay muchas naciones dentro del mundo, pero ninguna dentro de mí".

El concepto de una sola nación histórica aplicada a un territorio definido y a una comunidad concreta suele ser arbitrario. Me parece perfecto que un vitoriano, influenciado por recientes lecturas, decida rebautizarse como navarro occidental. Claro que con igual derecho, y con otras fuentes, otro puede sentirse a ratos visigodo, castellano o incluso israelí de origen sefardí. ¿Y qué pasa si un tudelano elige compatir destino con un rifeño por aquello de las taifas andalusíes? La patria de una de mis abuelas, que apenas sabía castellano, era sin duda España; la de casi todos sus nietos, que apenas sabían euskara, fue Euskal Herria; y la de sus biznietos trilíngües será aquella en la que hallen trabajo.

No, Europa no debe respetar a sus naciones históricas sino a sus modernas sociedades. Debe prestar más atención a los votos que a los mapas. Debe hacerse la sueca cuando un serbio cita con nostalgia a Kosovo, un catalán a Valencia y un griego a Constantinopla. Se agradece el afán divulgativo de los historiadores allá donde la política es un ejercicio de engaño y amnesia. Pero cuidado con ese juguete de la nación histórica: suele estar lleno de contraindicaciones. Seis millones de parados, y yo con estos pelos.