La secretaria de Estado de Educación, FP y Universidades, Montserrat Gomendio, afirma que los estudiantes que le negaron el saludo a José Ignacio Wert son unos maleducados. Y sentencia que su gesto es injustificable, incoherente, irrespetuoso, insensato, triste, tremendo, equivocado, irracional y estéril. Le ha faltado añadir masón, rijoso y bolchevique. En un viejo manual de buenos modales se considera oficiosidad ridícula quitarle la pelusilla de la ropa a un superior, y se desaconsejan el bajo servilismo y la hipócrita humildad. Montserrat ha pecado de eso y del síndrome Onésimo, que cuando sale al campo se empeña en provocar penaltis, protestarlos, pararlos y meterlos. Es su minuto de gloria, la rumbosa noche del eterno suplente.
Por un lado cuentan que la enseñanza ha de alentar el debate y propiciar que el alumno desarrolle ideas propias. Y por otro pretenden que ese alumno no las manifieste o, ya puestos, ni siquiera esté de acuerdo con ellas. Te enseñan a amar la menestra y te obligan a ser vegetariano. ¿Cómo puede hoy uno mostrar su discrepancia en público sin ser tachado de intolerante, nazi o etarra? Está mal, claro, apedrear el ministerio y prender fuego al pupitre. Y está feo silbar el himno e insultar a la autoridad. Pero si vestir una camiseta verde y no dar la mano al político tampoco es legítimo en una democracia, alguien deberá ofrecer alternativas. ¿Las sentadas en el paraninfo atentan contra las normas de urbanidad? ¿Y las pegatinas en la solapa?
Lo que molesta es que sean los mejores de clase quienes hayan dicho basta. Ya no vale criticar al universo Nini y caricaturizar a la chavalería. Lo que de verdad preocupa es que cuando un esforzado cerebrito opta por ignorar al ministro de poco sirve llamar a Paco Maruenda y los antidisturbios. Esperaban al Cojo Manteca y apareció el Manco de Lepanto. Venía de la biblioteca sin pisar Gandía Shore. Y con muchas más razones para ser descortés que cortesano. Eso duele.