Con esto de la paz se está vendiendo una receta antigua: "El acuerdo entre las cuatro grandes sensibilidades del país". La deconstrucción es muy sencilla. Tras dar injustamente por hecho que Madrid se divide siempre en tigres y leones -una de las dos Españas ha de helarte el chipirón-, aquí se salpimenta el cóctel con polvos de identidad. De tal forma que nos toca ser vasquistas de derechas o de izquierdas, o españolistas de izquierdas o de derechas. Tigres malayos y rebozados, leones indios y marinos. Vale, el abanico parece amplio, pero sea por mero reduccionismo partidista o pérdida de visión debido a la edad, nos siguen jibarizando el zoológico.

Siendo indiscutible la existencia de tales colectivos, abunda una fauna mixta y mil leches que aún no ha sido disecada. Hay gatos persas que se levantan con piel de perro afgano, y águilas sin miedo a ser mariposas. Crece un paisanaje que pica de aquí y allá sin prejuicios ni complejos, que no se cuestiona día y noche su pedigrí étnico ni ideológico. Ha vivido rodeado de odios banderizos y sobredosis de trascendencia. Y ha dicho basta sin decirlo. Más de una elección personal, desde la cuadrilla y colegio hasta los bares y ropa, constituía a menudo un plebiscito político. Basta, sí, basta. Es una generación que en vez de sentirse muy patriota, o muy gaviota, o muy roja, hoy se siente Flex, o se siente segura, y sobre todo se siente cansada y muy lejos de unos y de otros.

Viejos, siempre viejos, ellos tienen el poder, cantaba Eskorbuto, y supongo que así debe ser. Sin embargo les será difícil manejar la vara de mando si caricaturizan de ese modo a los mandados. Y mal país construiremos sin tener en cuenta a los impuros, los mutantes, los que están de vuelta, ese plural vecindario para quien esta sociedad es mucho más diversa que un piso con cuatro apartamentos estancos. Por fortuna, y por hartazgo, esta especie impermeable y uniforme está en vías de extinción.