siempre que veo a Miguel Ángel Revilla en la tele impartiendo lecciones de ética y moralidad recuerdo su juventud estudiantil en Bilbao. "La de pintxos que habré robado yo en las Siete Calles", contó hace tiempo en un diario local el que fuera presidente de Cantabria. Fuera hecha tras un subidón de anchoas o en un populista arranque de casticismo, aquella confesión demostraba que el robo a pequeña escala está lejos de ser mal considerado por estos pagos. No en vano los españoles son, o somos, que en esto cambiamos de bandera a conveniencia, los primeros mangatoallas de hotel del universo.
Con un poco de esfuerzo cabe imaginar a algún mandatario de un lugar civilizado largándose del bar una noche sin abonar la cuenta. Puestos a fantasear, hasta es posible pensar que alguno repetirá la machada cada fin de semana. Lo que resulta mucho más difícil es encontrar a uno solo que alardee de ello sin que la gracia le manche su trayectoria profesional ni afecte a su carrera política. En un país donde la palabra simpa parece venir de simpático sólo asustan el atraco a mano armada y el asalto al por mayor. Los delitos menores son menores porque en una u otra medida los cometemos todos un poco.
Sin duda no es lo mismo quitarle la alarma a un vestido en una tienda de ropa y hacerse un Bárcenas, pero yo me pregunto si en el fondo, aun en muy diferente escala, no existe similar indiferencia o desprecio hacia el trabajo del prójimo en ambos casos. No hablo, claro, de quien realmente delinque por necesidad, sino de esos millones de paisanos educados en la creencia de que el delito no existe hasta ser descubierto y que nada hay de malo en la picaresca. No me da lástima el contable encarcelado y espero que se habitúe a la sombra. Sin embargo tanto "¡crucifícale, crucifícale!" aquí me provoca una sensación extraña. Pues quien tira la primera piedra a veces es el mismo que se pilla dos croquetas, se pira sin pagar y ya en la calle suelta: soy el puto amo.