En el amor y en el odio asustan cuatro palabras: todo, nada, nunca y siempre. Siempre llegas tarde, nunca me haces caso, todo te da igual, nada es como antes. Son términos abrasivos que no admiten salvedad. En la pugna política hay uno más peligroso: el nosotros. Esa primera persona gregaria suele obrar de modo acaparador y excluyente, y a menudo embiste acompañada de gentilicio: nosotros, los madrileños, queremos blablablá; nosotros, los navarros, ansiamos blablablá. Y en ese plan.
Ahora se lleva eso de nosotros, los catalanes, entre muchos ideólogos de por allá, que tienden a confundir sus legítimos deseos con los de su variado país. Sin duda parte de la sociedad catalana quiere la independencia. Pero tal como ocurre por estos pagos se tiende a olvidar a ese otro gentío que rechaza separarse o pasa de cualquier patria. Y siendo malo que allá unos, los interesados, vendan su discurso uniformador, resulta ridículo que aquí otros, a falta de iniciativa propia, se lo compremos. Pues suponiendo que la mitad del paisanaje catalán sea secesionista, lo cual ya es suponer, aún queda otra mitad que sólo un jíbaro ignorante reduciría a charnega, facha o, a qué complicarse, simplemente invisible.
¿Qué hacemos con ellos cuando no son nosotros? Yo me conformaría con que les hiciéramos un hueco en la crónica. Y es que hay un Monzó, claro, pero también hay un Marsé. Y canta un Dyango, sí, pero también cuenta un Loquillo. Ninguneando a tantísimos disidentes se falsea la realidad y se engorda un espejismo que conduce a la frustración. Obviamente es más sencilla una película de indios con barretina y vaqueros con tricornio en la que todo un pueblo anhela lo mismo, nunca se ha rendido, siempre ha luchado unido y nada lo ha frenado. Pero la historia es la que es. Y hay algo más engañoso que un pronombre omnívoro: un topónimo en acción. Catalunya ha hablado, dicen. Y nosotros, los vascos, somos más de fandango que de reguetón. Lo serás tú, bro.