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Abuelita, dime tú

Se lleva bastante por la derecha, y bastante por la izquierda, llamar “abuela Carmena” a la alcaldesa madrileña. Unos lo hacen con superioridad de clase, otros con cariño paternalista, pero todos pecan de un machismo pletórico. Felipe González le saca dos años, también tiene nietos y nadie le llama “abuelo Felipe”. Ni con amor de geriátrico ni con odio generacional. Y sin salir de Madrid resulta muy diferente sentirse gobernados por un viejo profesor y serlo por una sensible abuelita. Da la impresión de que Enrique Tierno Galván era un erudito metido a político, mientras que Manuela Carmena es solo una anciana obligada a abandonar la calceta para cuidar con más voluntad que arte a sus pollitos, los pobres capitalinos. Ni siquiera ha alcanzado la gloria nominativa de Luis Aragonés, quien siendo El abuelo también fue El sabio de Hortaleza.

Ciertos enemigos la miran con clemencia, y parecen disculparle los errores como se le perdona a una señora mayor esa mancha de tomate en la pechera. Y en cuanto a sus amigos, andan tan empeñados en alabar su honradez de jubilada que ni valoran su capacidad para el servicio público. Hay machismo del clásico, sí, en acentuar su edad y no su currículum, en olvidar que es juez y subrayar que es yaya. Y hay neomachismo online entre algunos de sus admiradores, quienes al describirla como una abuela hacendosa destacan más su natural bondad que su adquirida destreza. Esto es muy raro en un país donde, precisamente, miles de abuelos y abuelas han demostrado durante la crisis, y durante las décadas previas, saber más de gestión y economía que el mejor charlatán de Harvard. De sentido común, ni hablamos.