Por si no se han percatado de ello se lo digo: en los grandes debates electorales nadie está hablando nada de lo nuestro, ya saben, aquello del eterno conflicto sea en su versión salvaje o civilizada. Ningún pez gordo cita a ETA, ningún jefe de corrala airea la cosa vasca o navarra, y va quedando clarinete que al menos electoralmente pueden vivir sin nosotros. Hemos pasado medio siglo protagonizando el telediario y dando alpiste a las tertulias, y ahora no somos sino goles, pasado y Karra Elejalde. A este paso no nos nombran ni en el discurso navideño. Y me temo que tal desapego no es solo mayoritario más allá del Ebro. Quizás el soberanismo ha encontrado el punto G de su equilibrio en amagar mucho y por si acaso no romper nada, en sentir mucho y en consecuencia no decidir nada. Cumple con el ritual de manifestarse una vez al año en la calle y una vez cada cuatro años en las urnas, y casi nadie se aventura más allá porque según parece reivindicar algo resulta más rentable que conseguirlo. Seamos sinceros, para conformar un pueblo conquistado, colonizado y oprimido no paramos de abarrotar el Mercadona, pasear por Benidorm y enchufar Telecinco. De los presos en verdad se acuerdan sus familiares y amigos, de las víctimas sus amigos y familiares, y del supuesto motivo de tantísimo dolor los sociólogos e historiadores. No, ya no se habla del conflicto vasco porque sea cual sea su arreglo a nadie da votos arreglarlo y se está bastante bien respirando ambigüedad. El problema, de haberlo, no es que Madrid no nos escuche. El problema, si lo hubiera, es que a la mayoría de esta sociedad no le sale a cuenta gritar. No sé si me explico.
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