Y tiro porque me toca

Hace 50 años

08.02.2020 | 15:43

Hoy hace 50 años que falleció Enrique Ruano, militante del Felipe (FLP), en circunstancias pavorosas. Los policías de la BPS que lo habían detenido y custodiaban dijeron que se había suicidado arrojándose desde un séptimo piso. La versión del asesinato planea sobre la muerte en extrañas circunstancias desde que ocurrió esta, por mucho que los policías implicados fueran absueltos 27 años después de que se cometiera el crimen y la familia lograra reabrir el caso: uno de los policías le disparó y luego serraron la clavícula de la víctima para que no se pudiera identificar la causa de la muerte y poder falsificar la autopsia, algo así vendría a decir el magistrado discrepante que afirmó que no podía sostenerse la tesis del suicidio. Un mes después de ocurridos esos hechos, en febrero de 1969, los policías recibieron una felicitación por los servicios prestados.

La historia es escalofriante y ha sido, en parte, objeto de un trabajo de Javier Padilla que acaba de ganar el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias: A finales de enero. Hay otros trabajos minuciosos sobre esa muerte y sus circunstancias que pueden encontrase en la red.

Ni olvido ni perdón, dice una de las hermanas de Ruano, a quien hoy se homenajea en Madrid.

El diario ABC se aplicó a urdir la patraña policial de que se trataba de un suicidio y solo de eso, e incluso falsificó una prueba en ese sentido, como era una carta dirigida por Ruano a su médico psiquiatra, Carlos Castilla del Pino, quien en sus memorias se muestra firme en el relato de lo ocurrido. Alguna vez leí que Fernando Savater, que era amigo de Ruano, se juró no escribir jamás en ese periódico. Fue Fraga quien orquestó aquella campaña de encubrimiento de un crimen y de exculpación de sus autores contra la víctima de un abuso, llegando incluso a amedrentar de manera personal a los familiares de Ruano.

Aquello, a quienes entonces éramos estudiantes, nos conmocionó, claro que más a unos que a otros: manifestaciones, asambleas, panfletadas, chivatazos, reuniones clandestinas, ruido, pedradas y algún que otro cóctel molotov (así lo recuerdo). Fueron tiempos muy agitados. Enseguida vino un estado de excepción y el Tribunal de Orden Público se aplicó a imponer penas de cárcel; menudearon las deportaciones, las detenciones y los malos tratos que nunca han logrado salir del todo de la oscuridad. Fue hace mucho, es cierto, pero no lo suficiente para que haya habido olvido de aquellos y otros hechos que marcaban el comienzo del fin de una dictadura. ¿Cómo olvidar si hasta el fiscal que actuó en la reapertura del caso y pidió la absolución de los policías, tergiversó el nombre de la inolvidable Brigada Político-Social, BPS? Los olvidos por decreto no funcionan y si están sostenidos en pactos de dudosa eficacia, menos.

También hace 50 años del intento de rescate de la cárcel de Pamplona de Arantxa Arruti, en prisión preventiva en aquel momento, por parte de Izco de la Iglesia y Gregorio López Irasuegui, militantes entonces de ETA, juzgados luego en el proceso de Burgos de diciembre de 1970, y que más tarde, tras la amnistía de 1977, llevarían trayectorias políticas distintas, entre Batasuna, EIA y Euzkadiko-Ezkerra.

Lo que vino después fue una pugna cainita y a muy mala cara entre patriotas de primera y traidores, entre nacionalistas y antinacionalistas, que dura hasta ahora mismo, a pesar de que hayan callado las pistolas. Varias generaciones han visto marcadas sus vidas por un rosario de crímenes, abusos, violencias, exacciones, agravios, odios encendidos y compartidos para sostener un nosotros arropador. Si por paz entendemos que no haya violencia, habrá que convenir que la hay, otra cosa es en cambio que haya una verdadera concordia social; me temo que esa no se logra ni por decreto ni en una generación... ni echando bencina a la hoguera.

50 años... tiempo más que suficiente para contar no ya lo vivido en aquella época, porque ha quedado muy desdibujado en las trastiendas, sino cómo lo recordamos, sin servidumbres ideológicas y sin lirismos épicos y sectarios, sin hazañas bélicas y sin doctrina de enteraos ni devocionarios de lectura obligada.