Y tiro porque me toca

Vaya semanita

21.02.2021 | 00:48

Dos policías que lo eran, por muy fuera de servicio que estuvieran, porque eso es a lo que se llegó, con gran éxito de prensa y público, para condenar de manera atroz e injusta a los muchachos de Alsasua, le dan una paliza monstruosa a un ciudadano que protestó por el trato que estaba recibiendo su hija menor de edad. El auto judicial es ejemplar por lo bien armado que está: los dos policías encarcelados representan un peligro objetivo.

La policía actúa con tal contundencia que el repulsivo Marlaska dice ser un error que se haya disparado con fuego real y por la espalda y causado al menos dos heridos. Es decir, admiten que llevan munición de fuego real, al menos para guerrilla urbana armada, que es en lo que se han entrenado casi a escondidas, en previsión de los estallidos de cólera social cada vez más previsibles en la democracia plena de Sánchez y sus amigos.

Una falangista, en estado de trance, arremete contra los judíos con consignas sacadas de Los Sabios de Sión y ensalza a las SS, en un homenaje callejero y fascista a la División Azul, algo que sería delito en el país a cuyo ejército perteneció esa división: Alemania. Aquí apenas, salvo que les disparen un tirito de mostacilla del delito de odio, que opera según y como.

La Cifuentes aparece absuelta del delito del que se le acusaba, tras haber exhibido en público un máster que no sabemos ya si tiene o no, si es falso o auténtico, y condenan a una severa pena de prisión a las cremas que la lawyer (manda narices que blasone de esto) se intentó llevar de un supermercado, ah no, que me equivoco, condenan a la funcionaria que dicen que se le ocurrió, así, sin más, falsificarle calificaciones y firmas, y nos quedamos pasmados con la sensación de que jueces, ministros, políticos profesionales y comunicadores sectarios se ríen de nosotros a mandíbula batiente y unas irrefrenables ganas de darle fuego al chaparral.

Al Pablo Hasél, como era previsible, le dan caza y le enchironan, las redes arden y de seguido lo hacen las calles, y el fuego se propaga a los contenedores y mobiliario urbano por parte de radicales, algo que indigna a quienes blasonan de haber hecho frente en el remoto pasado a la Policía Armada. La ciudadanía se indigna de los contendedores quemados, pero ha tragado con el robo a manos llenas de dinero público, la desvergüenza de un monarca que a la sombra de la jefatura ha amasado una fortuna incalculable, el desmantelamiento de la sanidad pública hasta hacer peligrar vidas€

Los enfrentamientos callejeros entre violentos, con uniforme y sin él, son noticia diaria: heridos, detenidos€ "El orden es el desorden más la fuerza", sostenía el poeta libertario Léo Ferré. El disturbio como forma de expresión y válvula de escape, algo viejo. Siempre se apaga, o casi.

Por su parte, al hilo de las batallas campales, ni más ni menos violentas de las que estallan en otras ciudades de la Europa Maastricht, la IDA andaba diciendo no sé qué pavadas con un adoquín en la mano, atizando el fuego de la derecha convocándola en la calle, acusando a Sánchez de guerracivilista en acción y no sé qué sandeces más, porque he llegado a la conclusión de que a esta gente hay que quitarles el sonido, que es lo que hacía una tía mía (favorita) con los telediarios mientras escuchaba a los Ramones y se partía de la risa. Eso es salud mental y lo demás cuento. Pero esta gente no es de reír, sino de llorar y tan previsibles que con lo rebuznado hasta ahora vamos servidos para el resto; ni van a mejorar ni a cambiar, ni ellos ni sus herederos. Es inútil burlarse, rasgarse las vestiduras, encabronarse, es más sano cambiar de conversación y de frente de combate. Esa gente que perorar con adoquín en la mano o dentro de su cabeza, no es lo importante. Lo que de verdad cuenta se juega en otra parte: en los hogares empobrecidos, en los pequeños comercios que cierran uno detrás de otro, en el silencioso y silenciado saqueo bancario, en la precariedad de la vivienda y la sanidad hecha negocio, en el desamparo y el futuro incierto de varios millones de personas. Solo una acción violenta podría modificar este estado de cosas y eso no podemos permitírnoslo porque no tenemos la fuerza, somos pacíficos y creemos en la democracia y sus urnas, y en el reloj de cuco.