Una cuadrilla de seis amigos de Navarra, a bordo de un clásico de los ochenta, compitiendo en un circuito imposible y bajo la aridez del desierto de Marruecos, junto a toda una congregación de amantes del motor y de la adrenalina al volante. El vehículo, toda una proeza de la ingeniería cuyas aptitudes sobre la arena sorprenderían a cualquiera que se atreva a subestimarlo. Se trata del Panda Raid, un rally de larga distancia y resistencia en el que, del 12 al 18 de abril, más de 300 Pandas recorren Marruecos, cada año, de norte a sur y de este a oeste en tan solo seis días.
Hace alrededor de un mes, un grupo de navarros –conformado por Joaquín Rekalde, Javier Espelosín, Marcial Etxeberria, Valentín Melero, Ricardo Etxandi y Francisco Billabona– partió hacia su tercera vez en el desafío de Marruecos. Pese a que las condiciones de la ruta son extremas por el calor, el polvo y la arena, Ricardo asegura que “no hace falta ser un Carlos Sainz”, sino que “con no destruir el coche y lograr que siga vivo para la próxima etapa es suficiente”. El de este mecánico de Iraizotz es, precisamente, el único Fiat Panda de diésel que ha pasado por la competición porque, en realidad, ese modelo no existe, sino que fue él quien se encargó de sustituir el motor de gasolina por uno de gasóleo.
El coche perfecto
Es el modelo que marcó una época. Un coche histórico que triunfó por su sencillez, su bajo coste y su practicidad, y que enseñó a conducir a toda una generación de jóvenes de los ochenta. Según explica Ricardo, este diseño de líneas rectas “era muy económico porque tenía los cristales planos”. Pero no por ello su fiabilidad se vio comprometida. “Es un coche muy duro y muy poco problemático. Nadie se imaginaría los golpes que reciben en estas pistas rocosas. Hay veces que tocas el techo del bote que pegas, pero luego todos llegan al final de la etapa”, cuenta el mecánico.
Además de tratarse de un automóvil duradero y fácil de reparar, su ligereza lo hace perfecto para el desierto. “No pesa nada, así que, si se hunde en la arena o se atasca en un río seco, puedes sacarlo empujando entre dos”, dice Ricardo. Y menos mal. Si fuera la potencia del coche la encargada de sacarlo de apuros, la cosa se complicaría porque “al final, vamos con un automóvil sin fuerza que tiene solo 60 caballos. Es casi, un coche de juguete”, bromea.
Entonces, la competición requiere de manos habilidosas al volante, y no tanto de velocidades de vértigo. “Lo complicado es pilotar en el pavimento de los ríos secos y atravesar las trampas en el tiempo establecido. Si te hundes y tienes que palear para salir, te quedas atrás”, advierte. Además, a lo largo del recorrido –que comienza en el Puerto de Nador hasta alcanzar la zona sur del país, donde se concentran la mayoría de etapas por el atractivo de los paisajes desérticos– los participantes no pueden utilizar GPS, sino que se guían mediante una brújula y el libro de ruta.
En las pruebas, el copiloto es el encargado de dar las indicaciones al conductor para completar el recorrido en el tiempo exacto establecido para cada etapa. En algunos equipos, cada miembro se especializa en un rol. En el de Ricardo, se van turnando, aunque él tiene claro que prefiere ser piloto.
Un calor abrasante
Los retos de conducción de esta prueba son asequibles para cualquier amante de la adrenalina. Pero para plantarse cara a cara con el calor del desierto hay que estar algo más mentalizado. “Hay días de mucho polvo y de un calor extremo que hacen que el agua caliente que bebemos nos sepa a gloria”, revela el mecánico. No obstante, el evento cuenta con personal sanitario y con toda la seguridad necesaria para garantizar el bienestar de los corredores.
De todas formas, la ayuda realmente gratificante es aquella que surge de imprevisto, en mitad de la carrera, cuando el coche está encallado o una avería mantiene a un equipo fuera de la competición. “Es una prueba muy solidaria porque todos vamos en el mismo rollo”, dice Ricardo. Así, cuando un equipo tiene un problema, “da igual que seas el jefazo de una empresa, un policía o un mecánico, como yo”. Tampoco importa si el Panda ha costado 15.000 euros o si ha sido una “ganga” que alguien con conocimiento sobre el tema ha puesto a punto para el rally. “Todo el mundo se detiene a echar una mano sin pensarlo”, cuenta Ricardo. Las cuentas se igualan después, en el campamento, y con unas cervezas sobre la mesa.