Diario de Noticias

Música

El arroyo en calma

09.02.2020 | 21:55

el río Ultzama, que lame los muros de La Trinidad de Arre, está tranquilo; discurre entre juncales, discretamente. El otro arroyo (Bach), aunque siempre resulta torrencial, en este caso, se remansa también, en un único instrumento: la flauta travesera. Ekhi Ocaña, vuelve a impregnar de la inmortal música del alemán, diversos escenarios, muy apropiados para que sirvan de amplificada resonancia al instrumento de viento-madera. Como ya hemos comentado otras veces, el espacio entreteje, a menudo, la interpretación; ambos, configuran el resultado final. La Trinidad de Arre, parada de peregrinos, bien cuidada, amplifica, curiosamente, la flauta a sonoridades no solo de amplio volumen, sino de colorido más abierto; en contraposición, por ejemplo, de la iglesia Sanjuanista de Cizur Menor -donde se dio anteriormente este concierto-, cuya acústica, redondea más lo que se escucha. Así pues, el intérprete tuvo que dominar esa sonoridad como dificultad añadida -o sea más trabajo de fiato, de respiración controlada-, a la ya impuesta por la partitura. Es sabido que Bach muere y pasa al olvido; quizás porque no se le llegó a conocer, del todo, en su tiempo. Su obra no fue impresa; por lo visto los impresores del momento no tenían demanda. Así, el título de "partita para flauta sola", que se interpreta en este concierto, es cosa del siglo XX. Es por todo esto que, quizás, la música de Bach, es y será, tan atemporal, tan para siempre.

Comenzó el concierto con la trascripción para flauta sola de la suite número uno para violonchelo. Arriesgada apuesta, pues, si ya es difícil completar la sensación polifónica bachiana, con el violonchelo como único instrumento; no digamos con la flauta. Pero Ekhi consigue esa complejidad sonora gracias a que los graves que sostienen todo el entramado temático, suenan con rotundidad, se quedan flotando con resonancia -para estos graves sí que resulta buena la reverberación-. Es precisamente en estos "ejercicios", pensados para sus alumnos, donde hallamos la quintaesencia del pensamiento musical de Bach.

La segunda obra del concierto fue la partita en La Menor. Aquí la flauta se manifiesta, claro, más coherente; aún nos pesa el sonido del chelo en la suite. Como bien indica el propio Ocaña, -pedagogo también-, el tono menor de la obra explora los sentimientos del alma; mueve los afectos. También se compone de cuatro danzas de diversos países -de nuevo Bach por encima del tiempo y del espacio-. La Allemande, que abre la partita, crea esa tensión sonora de alto vuelo. La courrente, exhibe el virtuosismo de la digitación del intérprete. La Sarabande es lenta; quizás uno de los mejores momentos del recital, porque el intérprete se recrea en el sonido largo, profundo, calmado, para el que la flauta de llaves que usa, es más propicio. La Bourrée anglaise, de nuevo, muestra la indudable alegría de la danza popular francesa. Ekhi Ocaña, arrimado al mundo del flamenco y del jazz, dio dos propinas mezclando esos estilos.