Estamos a 37º, pedaleamos hacia un horno abierto que nos golpea la cara, la boca se seca de tal manera que la lengua, los dientes y los labios parecen de cuerpos diferentes. Los botellines están vacíos y nos queda medio litro de agua hasta el siguiente pueblo a 20km.Hemos bebido más de 5 litros cada uno y la sed no se aplaca. Las casas que vemos por el camino son de adobe y techos de paja, los negocios no tienen grifo y el colegio está vacío, es festivo. Le pedimos llenar las botellas de agua para poder filtrarla en el grifo del patio. Está candado y la llave la tiene el director. “Si no lo candamos, la gente nos roba el agua”. Hay un depósito en el suelo, como no está en altura han tenido que hacer un agujero porque el grifo está en la parte inferior. En el rato que estamos ahí, varios niños han venido con botellas a rellenarlas de agua.
Días más tarde, a las 6:00 de la mañana en un pueblo cualquiera del camino, ya ha amanecido, el responsable del pozo aparece con la llave para abrir un recinto cercado. Hay varias mujeres y niños esperando con garrafas para llenarlas. Dentro del recinto hay un depósito sobre una plataforma y una placa solar que lo abastece con su bomba. Tienen horarios solares, pero sobre todo lo cierran porque de vez en cuando alguien viene y roba la bomba, la estructura, los grifos o lo que sea para sacar algo de dinero. Los centros de salud y escuelas que están cerca de los pozos tienen suerte porque contarán con agua, pero en muchos casos, las escuelas están en mitad de la nada y los alumnos pasan todo el día sin beber un sorbo.
Pedaleamos hacia Lubango, la segunda ciudad más grande de Angola. Ahí hacemos una parada obligada, es el segundo proyecto de Rumbos Olvidados, la inauguración de un pozo. Angola tiene agua, pero su red es precaria, sólo el 50% de la población tiene acceso a agua potable y en zonas rurales o en la capital, no llega al 30%. Que el agua es fundamental para la vida no es cuestionable, pero estos días hemos crecido un poco más, si cabe, en esa afirmación.
El primer día, antes de subir al Alto de Bimbi donde vive una comunidad Ñaneca, el conductor para en el ayuntamiento de Humpata. La alcaldesa quiere conocernos, pero sobre todo, quiere dejar claro que una vez construido el pozo no queremos sacar beneficio de él. Nuestra cara de sorpresa le confirma que no, pero su pregunta demuestra que otros si han sacado rédito de una “donación desinteresada”. “Hace unos años una ong reclamó ese trozo de tierra y cobró por el agua”, la ruindad no tiene límites. Un camino de tierra, pedregoso y complicado nos lleva a 2.300 metros de altitud, niños y niñas suben caminando de la escuela secundaria, mujeres caminan con baldes llenos de fruta en la cabeza, todos van abrigados.
2º Proyecto: construcción de pozo en el Alto de Bimbi, Angola
Las casas son de adobe y techos de paja o chapa de metal sujetada con piedras, hay días de mucho viento. En el alto viven esparcidos en varios barrios unas 2.700 personas. Los niños corren al lado del coche y piden pan. Aunque tienen mucha tierra, no es buena para la agricultura. Viven sobre todo de la ganadería, aunque venden los animales para sobrevivir y a penas comen carne.
El pozo se ubica en Katundene, uno de los barrios. Cuando llegamos hay un montón de tierra y arena del que sale un tubo metálico. Parece la chimenea de una casa enterrada, pero es el futuro pozo. El agua la han encontrado a 120 metros de profundidad. Al lado del tubo hay montones de arena de diferentes colores, son los estratos de las rocas que han tenido que superar hasta encontrar el acuífero. Hay que hacerlo en la época más seca, para asegurarse que tendrán agua todo el año. Subir un camión y meter maquinaria pesada para encontrar agua ha costado 7.000€. Depósito, estructura, bomba y recinto con grifos otros 7.000€. Muchas de las personas que viven ahí no ganan más de 10€ al mes. Necesitarían varias vidas para ahorrar el dinero necesario.
El soba (jefe de barrio) nos cuenta que en época de lluvias, la zona más cercana de agua es un arroyo a más de tres kilómetros y si no, el único pozo del lugar, está a más de cuatro. Cuando van a por agua, lo hacen en grupo, el camino es de tierra y piedras, lo hacen caminando y con suerte consiguen una carretilla para llevar más de una garrafa de vez. La nieta, Nana, va a por agua en ese momento y decido acompañarla. Hora y media más tarde regresamos, nos hemos ido turnando la garrafa de 25kg, ella sobre la cabeza, yo relevando los brazos. Hace calor y llego empapado en sudor. Hasta la fecha el pozo que hay construido abastece a toda lapoblación. Funcionando los grifos todo el día, da a siete litros por persona. Está claro que ducharse y tener la ropa limpia pasa a un segundo plano y reservan el agua para beber y cocinar.
El siguiente día conocemos el centro de salud y la escuela. Son las 12:00 de la tarde y aún siguen llegando alumnos. Algunos tienen hasta ocho kilómetros, casi dos horas por caminos embarrados en época de lluvias o bajo un sol abrasador en época seca para ir a clase. Después otras dos para regresar. Es normal que muchos de ellos prefieran estar en el pasto con sus padres. Un grupo de unos veinte niños y niñas de diferentes edades viene caminando desde el horizonte. Donde está ubicada la escuela es una especie de olla y mires a donde mires no se ve nada, ni una sola casa en varios kilómetros. Una mujer camina con su hijo, el niño lleva una azada más grande que él apoyada en el hombro. Me dejan hacerles una foto, sus ojos miran a la cámara, pero su mirada se pierde en el camino al objetivo hasta apagarse. Siguen ruta, el niño no va a la escuela.
El apunte:
Destacado. En septiembre llegábamos a Johanesburgo y hasta mediados de enero, en Camerún, no dejaremos el continente. Pedalearmos por paisajes, culturas, étnias, gastronomía muy diversos, pero habrá una cosa en común entre todos ellos y los más de 4.000km que hemos recorrido, es que en todos hablan lenguas que provienen del Bantú. Se estima que los orígenes están precisamente de donde despedimos África, entre Nigeria y Camerún. Fue hace 3.000 años y en torno al 1.500 a.c. comenzaron las migraciones y con ello la dispersión de estas lenguas. Hay que matizar que no es una categorización étnica, sino lingüistica. Uno de cada tres africanos habla una de las 556 variantes de las lenguas bantúes. Nigeria es el país africano con más tiene: 500 y como dato curioso, Papúa nueva Guinea, el país asiático con tan solo 7 millones de habitantes, habla 839 lenguas, tres veces más que toda Europa junta.
Personaje. La mención especial es para RyszardKapuscinski, hemos pasado casi todo el mes en Angola y al igual que muchos países africanos, el país llevaba años tratando de independizarse. En 1961 comienza un conflicto para romper el lazo que termina en 1975. La codicia por el poder enfrentó desde ese mismo año a los aliados contra Portugal en una sangrienta guerra civil que acabó en 2002. Muchos de los sucesos que ocurren en el mundo no existen porque nadie nos los cuenta y el periodista polaco, que vivió en primera persona el holocausto nazi, enfocó su carrera a dar voz a las causas más humildes, olvidadas entre ellas la lucha por la independencia angoleña contada magistralmente en el documental de Raúl de la Fuente “Un día más con vida”. Este es nuestro pequeño homenaje a los periodistas que arriesgan sus vidas para dar voz a las realidades olvidadas.
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Ese día está nublado, estamos en altitud y hace frío, los niños van abrigados. La ropa está ajada, sucia, su calzado lleno de agujeros. Sonríen, son niños, pero han perdido el brillo infantil, pero siguen siendo niños, corren cuando me ven y antes de entrar a clase juegan a la pelota. Si cierras los ojos, el sonido puede parecer cualquier patio de recreo, pero al abrirlos ves unas casas derruidas donde en tiempos vivían profesores y una escuela que la mitad de las aulas no tiene ni mesas ni sillas. Hay una especie de taburetes y los alumnos escriben sobre sus rodillas la lección que les da la profesora. Hace frío y ninguno se ha quitado la ropa, mantienen los gorros de lana sobre la cabeza.
La mujer de la limpieza sale con dos cubos hacia un arroyo cercano donde varias vacas beben y mujeres lavan la ropa. Ahora se abastecen de él, en época seca tiene que ir al pozo que está a tres kilómetros. Al regresar con los cubos vierte el agua en el contenedor que hay en el despacho del director, está negra, no se llega a ver el fondo. Los niños rellenan sus botellas de él para beber durante el día. Cuando cruzamos la explanada hasta el centro de salud, entendemos porque las paredes están llenas de carteles de enfermedades de la piel y digestivas. En el centro de salud sólo trabaja un enfermero, no hay luz, tampoco agua. En la sala de espera varias mujeres con mantas cubriendo su cuerpo hacen tiempo hasta que el sanitario les de paso para ponerles la vacuna. Jaime, el enfermero, todos los días tiene que hacer 25km por caminos, al igual que los docentes .Si llueve mucho, no pueden ir al trabajo y ni los alumnos ni los pacientes tendrán la atención que se merecen.
Paulo, el director de la escuela, demanda más aulas, muebles, electricidad, agua y mejoras en el material escolar. “Con las aulas que tenemos ahora, hacemos turno de mañana y tarde para los de primaria, pero dejamos de lado a los niños que están en edad de secundaria”. Eso implica que tengan que bajar caminando hasta Humpataa más de 15km, y por ende abandono escolar. Por una razón u otra las oportunidades para recibir una educación se colapsan en caminos de barro, escuelas sin mesas, días eternos sin agua ni pan.
Al tercer día regresamos a la explanada donde estamos construyendo el pozo. Los obreros han trabajado sin descanso y el muro con bloques de cemento está casi levantado. El depósito sobre la plataforma y su placa ya están conectados. Cuando hablamos con ellos pintan la estructura y entierran la bomba. “Si no la escondemos, en pocos días la roban”. Cuando me dicen estas cosas imagino a un escorpión picándose a si mismo. En este caso es hambre para hoy, sed para mañana. El soba vive cerca, esta vez lo han construido más céntrico respecto al barrio, pero en ocasiones, los soba insisten en construirlos en su parcela para tener agua en casa y el control del pozo.
Canivete tiene 95 años, es delgado, calvo, canoso, con un bigote que le personaliza la cara y un gorro de vaquero que ensombrece su mirada. Viste un tres cuartos azul marino, un pantalón de tela y botas de plástico. Se sienta en mitad de su parcela. Vive con toda su familia, mujer, hijas, hijos, nietos y bisnietos. Una vaya de palos cierra un recinto, en él hay dos habitáculos redondos con techo de paja que hacen de cocina. No tienen ventanas, dentro en el suelo hay unas piedras donde hacen fuego y toda la pared está negra de humo. El resto de estancias son cuartos donde vive cada hijo con sus nietos.
Mientras entrevisto a Canivete, las mujeres nos observan tejiendo cestos con hierbas, moliendo maíz, lavando ropa, su labor nunca cesa. El último bisnieto está sentado cerca de mí, con la cara llena de moscas y mocos secos bajo las fosas nasales de días sin ver agua. La barrera idiomática es enorme, Nana habla algo de portugués y en el camino se caen las palabras hasta deformar la pregunta y la respuesta. El contexto lo entiendo y es lo que me importa, pero la entrevista no tiene valor como testimonio personal. Hoy nos acompaña el soba de otro barrio, ambos con sus varas de mando que no sueltan durante la entrevista. Les siento juntos, les hago una foto, les valorizo y ellos lo agradecen. Al final de día, su forma de compensarnos es regalarnos una cabra. Viajamos en bici y no tenemos donde guardarla, pero sabemos que hay que aceptar el regalo y rápidamente miro a mi conductor, se le ilumina la cara, no hace falta más, subimos la cabra que bala sin cesar en la parte trasera del todoterreno y será alimento para la familia de Marcos, está feliz.
El último día, una semana después de pisar el lugar por primera vez, el pozo luce orgulloso. El cielo está cubierto de nubes negras por las que se filtra el sol a ratos. La comunidad rodea el depósito, las mujeres dan palmas y cantan: “se acabó el sufrimiento de ir a por agua”. Ese es el mejor regalo que uno puede llevarse. Varias mujeres vestidas con sonajeros en las piernas y ropas tradicionales Ñanecas bailan al ritmo de la letra. Con la lluvia amenazando parece una danza de invocación. El soba se anima y agita la vara mientras da saltos impropios de su edad. Su nieto nos lee una carta escrita a mano para agradecernos el agua, lleva toda la mañana nervioso paseando con ella, releyendo, practicando, es un día importante. Descubrimos la placa y cortamos la cinta, las mujeres llegan con cubos y garrafas. Una de ellas pasa al habitáculo donde están los tres grifos. Este pozo dará 11.000 litros al día. Abre el grifo, el agua cae transparente sobre un cubo de pintura reconvertido en balde. Con un golpe de riñón lo sube hasta el pañuelo que tiene sobre la cabeza. La mujer con rastas decoradas con cuentas de madera se gira, mira a su comunidad, es la primera persona que llevará agua a su casa sin caminar kilómetros, la gente grita, aplaude, son felices, somos felices.
Con el eco de las palmas en la cabeza nos despertamos al día siguiente, han Sido casi 8.000km para llegar al segundo proyecto. Ponemos una chincheta en el mapa, Dschang, un pueblo al oeste de Camerún, llegaremos en enero y allí será dos pozos, placas solares para un comedor escolar y dos incubadoras, quedan mucho dinero por recaudar, cuatro países, lluvias, caminos rotos y muchos kilómetros, pero merecerán la pena.