El sonido de la caída transcurre en cuatro tiempos y en un espacio. Sus protagonistas, en su mayor parte, son mujeres; principalmente adolescentes y niñas. Su fuerza, su esencia, descansa en la mirada. Y como mujeres que miran son miradas. Desde la cámara, a la que a veces desafían, hasta por los hombres que las rodean. Un siglo, cuatro generaciones, en algún lugar de la Alemania del Este. Observan entre cortinas, a través de cerraduras, en eternos reencuadres, en planos fordianos de contraluz y puertas. Y como la cuestión descansa en la visión, las apariciones se suceden. Su reino cruza la tenue frontera entre lo real y lo fantasmático, entre lo tangible y lo que se imaginan.

Mascha Schilinski, su directora, dibuja un mundo que se desgarra, que sangra, que convive con la dama de la guadaña, porque su razón de existir es la vida. Son presencias y apariciones presididas por un régimen patriarcal, belicista, sediento de paz, clavado a la tierra. Ellas no; ellas son de agua. Desde que empieza el filme, se sabe que lo que empieza se abraza a la belleza y a lo existencial. Todo es emoción y estrategia. Schilinski pertenece al olimpo de los más grandes cineastas de la actualidad.

EL SONIDO DE LA CAIDA (In die Sonne schauen)

Dirección: Mascha Schilinski.

Guion: Louise Peter y Mascha Schilinski.

Intérpretes: Hanna Heckt, Lena Urzendowsky, Laeni Geiseler, Susanne Wuest y Lea Drinda.

País: Alemania. 2025.

Duración: 149 minutos

Le han bastado dos largometrajes, Dark Blue Girl (2017) y éste, El sonido de la caída, para perfilarse como heredera del cine solemne, eterno e inimitable. Hacía tiempo que no se apreciaba en un filme tanta sabiduría, tanta capacidad de utilizar todos los recursos, lenguajes y rupturas como los que aquí se personan. Nacida en 1984, en el Berlín occidental, Mascha Schilinski, como acontece con esta película, se ve atravesada por infinitos ecos que provienen del pasado para iluminar el presente.

En su filme que arranca en los albores de la primera guerra mundial, obsesivamente se vigila la muerte. Sus «niñas» sobrevuelan el suicidio, los rituales del luto y las maneras de perseverar la memoria. De ahí que, en estas huellas, la sombra de los muertos fotografiados el día que abandonan la vida, renazca el cine. En los intersticios de este sonido, resuena la perplejidad de Dreyer, reverberan las luces de Lang y nos angustian las sombras de Murnau.

El filme asume su complejidad buscada, rompe la cronología y deja que lo inexplicable se derrita ante la desaparición del enigma. Va y viene a través del tiempo, detrás de las retinas de sus niñas. Hasta que después de dos horas y media, todo resplandece ante la evidencia de que Schilinski nos regala una obra imperecedera tan bella como inquietante.