Finalizada la tregua, el asueto y el balanceo sobre la mecedora de la jornada de descanso, el Giro escaló por Suiza, terreno neutral a veces, según para qué, para continuar el diálogo con las alturas, el púlpito de los monólogos de Jonas Vingegaard, dueño y señor del Giro.

El danés no necesita grandes discursos para reivindicar su estatus. Tampoco tiene que elevar el tono y ni desafiar con la mirada. No es su estilo. Prefiere expresarse en la carretera. Le basta con el deseo, voraz, y sus piernas, las mejores. “Quería ganar vestido de rosa”, dijo, restándole mística y atrezzo a otra victoria arrolladora. Eso era todo. Rosa floreciente en los Alpes.

El líder tiñó de rosa Carì, un puerto duro, exigente y largo. El latifundio de Vingegaard. “me gustan estas subidas”, subrayó. El danés se regaló otra cumbre, festejada a besos de un Giro enamorado de Vingegaard, que muestra un póquer de triunfos.

Honra a la carrera el danés, que consumó la 52ª victoria de su palmarés. La décima del curso. Otro diez para el líder, que quiere la Matrícula de Honor Cum Laude en el Giro. Eso es Roma. Desde las alturas, Vingegaard despliega la alfombra rosa por la que se pasea.

Sobre ese escenario reinó Vingegaard, emperador del Giro, que recopiló otra montaña para su maleta de recuerdos de la carrera italiana. Blockhaus, Corno alle Scale, Pila y Carì le pertenecen.

Cuatro moles que certifican su cordillera gloriosa en la carrera italiana, de su propiedad salvo sucesos extraordinarios y fatales. Vingegaard subrayó su estatus, rosa fosforito en las montañas.

El señor de las cumbres. Todas las llegadas en alto llevan inscrito su nombre. Tallando moles. Siempre en la cúspide. El patrón del Giro.

El danés, alpinista excelso, alcanzó su cuarta corona en el Giro con una renta de más de un minuto sobre Felix Gall, Jai Hindley y Thymen Arensman, que se pelean en las distancias cortas por el podio, del que cae la candidatura del bravo Eulálio, sufriente.

Refractario a esa lucha, varios peldaños por encima, Vingegaard reserva espacio en su fondo de armario para colgar la maglia rosa junto a los souvenirs del Tour y la Vuelta. Desea la triple corona.

Entre tanto, persigue el registro de Pogacar, que conquistó el Giro de 2024 después de triunfar en media docena de etapas. Vingegaard dispone todavía de margen para equiparse al esloveno en su fantástica ruta por Italia, aunque Carì respiraba en Suiza. Allí talló otra actuación excelsa para reforzar su reinado.

Gall se encuentra a 4:03 del rey danés. Arensman pierde 4:27. Hindley acumula 5:00 minutos de retraso. Cada montaña entierra aún más a la oposición imaginaria.

El Giro es lo que quiera Vingegaard. Tras él, la nada, después, los escombros y más al fondo los que persiguen un fantasma.

La jornada presentaba una charla escasa, telegráfica, apresurada. Se desplegaba un trazado exprés, distancia juvenil, apenas 113 kilómetros, entre Bellinzona y Carì, dos montañas repetidas, Torre y Leontica, y la pared de casi 12 kilómetros, una pendiente media del 7,9% y empalizadas al 13%.

El planteamiento era el de un esprint incómodo por las montañas, para estamparse contra un muro, de lamentos para la mayoría, impregnados los cuerpos por el cansancio, carcomidos por las termitas de las fatiga en la última semana de la carrera, que es una celebración de la supervivencia, concentrada la mayor exigencia, la densidad de la montañas.

Intento de fuga

En la Suiza que parla italiano, en el Ticino se condesaban verdes los prados, cohabitado el cielo azul con el sol latiguero y nubes esponjosas que cohabitaban en el vecindario de las alturas.

Camina la carrera por las terrazas y las azoteas, estirando el cuello para fijar la vista en los campanarios de la naturaleza, donde todavía resiste el aroma frío del invierno, en montañas nevadas, lejos todavía de la acción. Sobresalía el entusiasmo de Cicccone, otra vez en fuga.

El italiano esprintaba en cada puerto para lijar la renta de Vingegaard, rey de la montaña, emperador del Giro. Su misión: la maglia azzurra. En la escapada acompañaban a Ciccone, Einer Rubio, Harper y Narváez.

Habituales de las guerras de guerrillas. Peregrinos de la agitación. Ajeno a esos lances menores, Vingegaard advirtió a sus costaleros para establecer un paso suficiente para controlar el tiempo. Quería regalarse otra montaña.

Momento del ataque de Vingegaard. Europa Press

A modo de un metrónomo que configura la arquitectura de una melodía. La distancia entre la avanzadilla y la muchachada del líder siempre estaba a distancia de una canción punk. Trallazos compuestos por rabia, energía y velocidad. Un latido de 150 impulsos por minuto. Tempos acelerados.

El Decathlon contribuyó a las descargas de esos impulsos con la idea de lanzar a Felix Gall, a un palmo de Eulálio. Apenas les separaban una veintena de segundos.

La fuga impetuosa mantenía el instinto, pero sin el consentimiento de los jerarcas no les salvaría ni la llamada del gobernador.

Giro de Italia


Decimosexta etapa

1. Jonas Vingegaard (Visma) 2h57:40

2. Felix Gall (Decathlon) a 1:09

3. Jai Hindley (Red Bull) a 1:11

54. Igor Arrieta (UAE) a 18:06

102. Markel Beloki (Education First) a 29:26


General

1. Jonas Vingegaard (Visma) 62h10:26

2. Felix Gall (Decathlon) a 4:03

3. Thymen Arensman (Ineos) a 4:27

20. Igor Arrieta (UAE) a 32:33

21. Markel Beloki (Education First) a 41:09

No habría indulto para ellos en un puerto diseñado para someter voluntades. El brilló de Narváez se opacó. Ciccone cedió. Rubio y Harper se apagaron más tarde.

Carì, 1.644 metros de altitud, recibió la estampida del Red Bull, que liquidó a Pellizzari. Fuego amigo. Cuerpo a tierra que vienen los nuestros. El desgarro provocó cierta confusión. Incomprensible la descarga eléctrica.

Electrocutado Pellizzari. Quemado por el cortocircuito. Visma ordenó la ascensión, la dotó de criterio. Eulálio era lamento y pena. O’Connor un rostro sin marco. Desencajado.

Exhibición del líder

Los costaleros de Vingegaard fijaron el paso, marcial con la coreografía de las montañas precedentes. Campenaerts, el maillot abierto, a pecho descubierto, estableció el primer relevo. El segundo acto pertenecía a Sepp Kuss. Ligero el aleteo de Durango Kid.

Plomo en el bolsillo para el grupo, cada vez más degajado en un día donde apretaba la tenaza ardiente del calor. El testigo lo tomó Piganzoli, el lanzador de Vingegaard. Resistían Gall, Arensman, Bernal, Hindely… El italiano continuaba estrujando.

Restaba más de media montaña y Vingegaard ondeó la bandera rosa. Al asalto. Gall, la boca abierta, buscaba oxígeno para mitigar el ardor de sus pulmones.

Más atrás, cerca del olvido, Bernal guiaba a Arensman y Hindley. Se les acopló después Piganzoli, recuperado del impulso al danés, del estrés.

En la derrota se amasaron Gall, Bernal, Hindelye, Arensman. El colombiano, vencedor del Giro y del Tour, representaba el ritmo de los campeones pasados. El danés, el de un ciclista superlativo que se lanzaba con ambición, determinación y valentía hacia otra pose victoriosa.

Vingegaard deseaba dedicar más besos a su familia. Repetir la liturgia del triunfo con la maglia rosa. No tenía ese recuerdo, esa foto para el álbum de fotos del Giro que quiere compartir con los suyos. Vingegaard colecciona otra cima.