Tal vez estemos ejerciendo erróneamente de aguafiestas, pero esa costumbre de Xavi Hernández y de los seleccionadores nacionales de lanzar a niños al ruedo del fútbol profesional nos da bastante mal rollo. Y no porque pongamos en duda la calidad futbolística de esos jugadores, sino por todo lo demás: el esfuerzo físico continuado durante unas temporadas interminables y la presión mental sobre chavales que no están preparados para soportarla.

Dos riesgos que, por mucho que se trabaje para paliarlos, están ahí. Un niño o un adolescente tienen que disfrutar jugando, pero el fútbol profesional es otra cosa mucho más seria, por todo lo que se juegan los equipos o las selecciones. Y lo más triste es que si en ese proceso se rompen física o mentalmente nadie admite su responsabilidad, como si fuera algo que dependía de la suerte y no de decisiones muy alocadas con la carrera deportiva de chavalines.