Las grabaciones de las llamadas tras el accidente de Adamuz muestran que, durante varios minutos, ninguno de los actores implicados disponía de información precisa sobre lo que había ocurrido. A las 19.45 horas, el maquinista del tren Iryo comunicó al puesto de mando de Adif una incidencia técnica: un “enganchón” y la pérdida de tensión en la catenaria. No informó de un descarrilamiento ni de una invasión de la vía contraria, porque no era consciente de ello.

En ese momento, el centro de control registró el suceso como una avería. En los minutos siguientes, otros trenes informaron también de falta de tensión en la línea. No existía aún confirmación de un accidente ni constancia de que hubiera trenes fuera de la vía. Con estos datos incompletos, a las 19.48 el puesto de mando intentó en dos ocasiones contactar con el maquinista del Alvia que circulaba en sentido contrario. No obtuvo respuesta.

Ante ese silencio, el centro de control llamó a la interventora del Alvia. La trabajadora respondió que tenía un golpe en la cabeza y anunció que intentaría llegar a la cabina para localizar al maquinista. En ese momento, el puesto de mando operaba bajo la hipótesis de que el conductor estaba con vida y podía recibir instrucciones. Pero el maquinista del Alvia había fallecido ya en la colisión.

No fue hasta casi las 19.49 cuando el maquinista del Iryo realizó una segunda llamada y describió por primera vez la situación real: descarrilamiento, invasión de la vía contraria, fuego y heridos. Solo entonces el centro de mando tuvo confirmación de que había dos trenes implicados y de que se trataba de una colisión.

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Es decir, durante casi cuatro minutos, no hubo información directa, visual ni automática que permitiera conocer en tiempo real lo que estaba ocurriendo en la vía. Las decisiones se tomaron únicamente a partir de llamadas parciales y avisos indirectos.

Resulta cuando menos llamativo que durante casi cuatro minutos, en un sistema ferroviario altamente tecnificado y en una sociedad con comunicaciones instantáneas, no hubiera información directa, visual ni automática que permitiera saber qué estaba ocurriendo exactamente en la vía. Por diferentes circunstancias el centro de mando trabajó así varios minutos con una hipótesis digamos errónea: una simple avería eléctrica. En todo caso, audios que no hablan solo de incidencias o protocolos. Hablan de la carga moral de un oficio de mucha responsabilidad.