Sentir es también un modo de entender. Quedarse en silencio unos segundos, viendo por televisión el Chupinazo, ajeno a la inmensa alegría compartida que decenas de miles de personas exteriorizan en las calles del Casco Viejo, saltando y gritando, permite asomarse a lo vivido otros años, a la emoción de los recuerdos, a la envidia y la añoranza callada de quien se marcha o no participa por obligación; a la punzada inevitable de las ausencias que se amontonan y pesan, vaya que si pesan, conforme se cumplen años.

Nada es ajeno a los peajes que impone la vida, tampoco San Fermín en toda su locura. Fiesta vikinga, religiosa y pagana, mucho antes de que Haaland dinamitara a Brasil. Vivirlo para entenderlo, titula Leire Fariñas su estupenda crónica de ambiente desde el tórrido edificio del Ayuntamiento de Pamplona. No hay otro modo: vivirlo. Contarlo, si acaso, es lanzar un cebo.

El vello erizado cuando la plaza retumba: incluso un médico de Urgencias, acostumbrado a intervenir en tensión continua, siente la emoción y los nervios de la novedad de prender la mecha, cuenta Juan Miguel Ochoa de Olza. Es San Fermín, es la fiesta que cambia, la juventud que arrolla con sus costumbres. Y es solo el comienzo.