“En nuestro movimiento de restauración, tal como ahora se va desarrollando, la canción y el baile populares van adquiriendo un puesto y estima muy aceptable considerados como obras artísticas (?). Desde este punto de vista corresponde ahora a nuestras sociedades renacentistas populares divulgar entre sus socios los bailes-juegos del país, por ejemplo, los que veréis esta noche. Les corresponde también -me parece- crear en nuestra patria el baile colectivo popular, el baile destinado a que todo el mundo tome parte en él, no como un espectáculo ofrecido por unos cuantos bailarines muy diestros sino el baile en el que toma parte el ciudadano sin pretensiones de exhibición, con el solo fin de distraerse. Un baile análogo, por ejemplo, a la sardana catalana (?). ¿Habremos de crear por consiguiente este baile colectivo en todas sus piezas? Creo que no; creo que existe; es el mutildantza que veréis dos o tres números esta noche. El mutildantza baztanés, llamado así porque lo bailan solos hombres o jóvenes, responde exactamente a esta idea de baile colectivo de que os hablaba hace un momento. Responde tan completamente a este desiderátum que alguna de sus variantes podría ser bailada hasta por el elemento femenino (?)”. Aita Donostia 1933, conferencia del 23 de abril.
La vida del autor de las ideas anteriores transcurre entre el surgimiento del movimiento sufragista y la lucha por la abolición de la esclavitud y los derechos civiles en Estados Unidos, transcurre entre los cristales rotos por el derecho al voto de las mujeres y el valiente y decisorio gesto de Claudette Colvin y Rosa Parks negándose a ceder su sitio en el autobús a hombres blancos por el hecho de ser eso, blancos.
81 años después de la conferencia en el que Aita Donostia se decantaba por la búsqueda de un baile popular colectivo, abierto a todo el mundo, democrático, inclusivo, en el que el género femenino también participase de la danza, de la distracción, como ocurre en naciones vecinas (véase Catalunya), algunos, en una suerte de rancia involución, nos hablan de “instaurar la normalidad”, nos hablan de “respeto”. ¿Qué normalidad es aquella que busca la exclusión del 50% de la población? ¿Cuál era la normalidad para aquellos hombres blancos que pretendían que sus iguales negros les cediesen sus asientos en el autobús? ¿Y para las mujeres abolicionistas obligadas a seguir las asambleas tras cortinas que las ocultasen? ¿Qué fue respeto durante los mal llamados “40 años de paz”?
Normal nunca puede ser aquello que pasa por denigrar los derechos de otras personas, respeto no es marginar, ni desterrar, ni escorar, ni invisibilizar por cuestión de raza, ni de religión, ni de género, no señores no, tampoco por cuestión de género. Normal sí es participación, sí es paridad, sí es equidad, sí es empoderamiento, sí es siglo XXI.