están los fatalistas, los de "al final se irán todos de rositas". Y están los que piensan que todo esto está siendo demasiado gordo como para que muchas cosas sigan como hasta ahora. Entre medio, mucha gente que cambia de un bando a otro dependiendo del pie con que se levante o de lo oscuro o luminoso del día. Conozco a más de uno que hasta ayer mismo creía en todo esto como un cristiano viejo en la Santísima Trinidad y al que hoy sólo le quedan dudas y la sensación de haber sido estafado. Estafado por los políticos a los que ha aplaudido, por los partidos a los que ha votado, por los bancos a los que ha confiado su dinero, por la Iglesia a la que ha encomendado su alma, por este Estado del que esperaba apoyo y seguridad. Y estafado también por esta monarquía en la que buscaba… no sé exactamente qué, porque no sé qué es lo que se espera hoy, en 2013, de una institución semejante. Lo de Urdangarin -nuestro hombre en palacio- está siendo definitivo. Ya no son solo los mails de un socio tratado con otra vara de medir. Los mensajes que el propio y acorralado balonmanista está poniendo a disposición de la justicia elevan cada vez más el tiro. Oye, a que viene este tiberio, si tenía apoyándome a mi coronado yerno. Ya sé que no va ser fácil que caiga esa torre. Si la Justicia no ha tenido narices para traspasar la línea roja de la infanta, menos los tendrá para amagar siquiera con su padre. La constitución lo protege, tanto si se parece a Teresa de Calcuta como si intenta remedar a Jack el Destripador. Pero esta vorágine de noticias no va a dejarlo incólume. Ni a él ni a la institución a la que representa. Sí para algo está sirviendo la crisis es para cuestionarlo todo. Y en ese paquete empieza a estar incluida la corona. No seremos tan crueles como para desear al Borbón un convento de clausura, como a Benedicto, pero algún apaño habrá que empezar a buscarle a nuestro cazador de elefantes y a su jacarandosa familia.
- Multimedia
- Servicios
- Participación