Estoy empezando a leer un libro irónico sobre la vida, llamado Causas naturales: Cómo nos matamos por vivir más, en el que en su introducción dice: “podemos pensar en la vida como una interrupción de una eternidad de no existencia personal y aprovecharla como una breve oportunidad para observar e interactuar con el mundo vivo y siempre sorprendente que nos rodea”. Es una buena manera de tratar de quitarle algo de hierro tanto a la vida como a la muerte. Cuando se puede, claro, porque cuando tanto la vida como la muerte se convierten en un asunto imposible la breve interrupción que es la vida sí que se convierte en una eternidad personal, de dolor, sufrimiento, desamparo y desesperanza. No puedo imaginar qué ha pasado la mujer que dejó de padecer el miércoles gracias a la ayuda de su amante esposo ni lo qué ha pasado él. Si envasaran el dolor, una sola semana de lo que han pasado ellos todos estos años inyectada en la vena de mucha gente en este país serviría para que cambiaran muchas cosas. Que haya personas en estado terminal o vegetal que quieran seguir viviendo -los creyentes suelen usar ejemplos de esto cuando suceden cosas como las de esta semana- no interfiere en absoluto en que otros muchos no ni tampoco con la propia realidad: no hay ningún Dios que sea poseedor de la vida y de la muerte de nadie y por tanto la sociedad debe articular las herramientas y leyes necesarias para que estas cosas no supongan un castigo añadido, una crueldad máxima, de hecho. Que un ser humano primoroso como ese marido, con más valentía, ternura y amor que mil ciudades, tuviese que pasar un solo minuto en una comisaría es un fracaso de esta sociedad, que no tiene por qué seguir a estas alturas anclada en supersticiones. Cada uno que crea en lo que quiera, pero que cada uno pueda elegir cómo pasar por esta vida y cuándo y cómo dejar de pasar. Es increíble andar aún así.