La muerte de Carlos Garaikoetxea refresca la memoria colectiva sobre un tiempo que no conoció más de la mitad de la ciudadanía de Euskalherria por razón de edad. El primer lehendakari del Gobierno Vasco de la democracia representó la transición de un período de resistencia ante la persecución sufrida por una institucionalidad propia nacida en tiempos de violencia golpista seguida por la dictadura y el exilio. Garaikoetxea presidió el primer Ejecutivo vasco nacido al amparo del Estatuto de Gernika. Fue aquél un tiempo de zozobras por las dificultades de todo tipo –económicas, sociales, financieras y la amenaza constante de los rescoldos de una dictadura con gran penetración en poderes del Estado y la sociedad. El reconocimiento al trabajo de construcción del entramado público sobre el que medró el autogobierno colectivo de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa pervive como un legado y merece estar presente en la primera línea de la conciencia colectiva. Así lo reconocieron sus dos más recientes sucesores en la función, Iñigo Urkullu e Imanol Pradales, identificándole el primero como “eslabón” clave de esa continuidad de la legitimidad institucional, y como “arquitecto” de la Euskadi que vino después, en boca del segundo.
El propio Carlos Garaikoetxea es, a su vez y por su condición de navarro, expresión que trasciende límites temporales del vínculo sociocultural de Euskalherria que trasciende la distribución administrativa pasada vigente o futura. Su personalidad política y su visión personal de la realidad sociopolítica también jugó un papel en la dolorosa escisión del nacionalismo vasco, al elevar a categoría la discrepania interna en el seno del PNV sobre el papel de la bicefalia partido-gobierno y el propio modelo institucional confederal descentralizado como expresión del foralismo histórico, frente a su interpretación de un necesario proceso de centralización competencial a expensas de los Territorios Históricos. Garaikoetxea llevó hasta el final su pensamiento propio, como acredita su rechazo a la absorción del partido que él impulsó –Eusko Alkartasuna (EA)– por parte de EH Bildu, proyecto del que acabó recelando y entendía opuesto al enfoque socialdemócrata que defendió para EA. Por encima de otras consideraciones, una figura que ha dejado impronta en la construcción nacional vasca.