Que el 77% de los vecinos de Erripagaña quiera integrarse en Pamplona no debería sorprender a nadie. Más bien al contrario. Lo extraño sería que, después de años viviendo en un barrio partido entre cuatro ayuntamientos, la mayoría siguiera pensando que el actual modelo funciona. Erripagaña se ha convertido en el mejor ejemplo de cómo la realidad urbana puede ir por delante de las fronteras administrativas. Habrá quien interprete ese dato como una idealización de la capital. Puede que haya algo de eso.

Pamplona sigue siendo una meta aspiracional para muchos habitantes de la comarca, igual que lo fue en otros momentos para barrios que acabaron incorporándose a la ciudad. La historia de Pamplona está llena de ejemplos. Mendillorri pertenecía al Valle de Egüés hasta su incorporación a la capital en 1991. Echavacoiz formó parte de la antigua Cendea de Cizur antes de ser anexionado por Pamplona. Y Buztintxuri se desarrolló sobre terrenos que pertenecían a la Cendea de Ansoáin. Pero lo que realmente expresa esa mayoría es, sobre todo, hartazgi. Cansancio de depender de cuatro administraciones distintas para resolver cuestiones cotidianas. Cansancio de sentirse en tierra de nadie. Cansancio de comprobar que la coordinación institucional no siempre ha estado a la altura de un barrio que lleva años creciendo a gran velocidad. Es verdad que convertirse en barrio de Pamplona no garantiza automáticamente servicios, muchos de los cuales dependen del Gobierno. Pero si algo han aprendido sus vecinos es que la fragmentación administrativa complica la toma de decisiones y diluye las responsabilidades.

En Navarra se habla con frecuencia de la necesidad de impulsar comarcas o áreas metropolitanas más coordinadas. Incluso el expresidente Juan Cruz Alli defendía recientemente la conveniencia de avanzar hacia una gran ciudad de la comarca de Pamplona bajo una misma entidad local. Dudo de que lo veamos, por la lejanía con la ciudadanía que implica centralizar la gestión administrativa y política, pero que urbanísticamente hay que coordinarse es una realidad irrefutable. Porque lo contrario es que puede tocar orden a través de un plan sectorial del Gobierno o que proyectos de crecimiento que unas corporaciones deciden luego se cambian o desechan, planeamientos que funcionan además sin un planteamiento comarcal o regional.