En este año 2026, VI del Imperio de Donald Trump, estamos sus vasallos involuntarios atónitos ante lo inusitado y esperpéntico de sus decisiones. Podríamos decir que todo es insólito. Un día nos desayunamos con el secuestro del presidente, Nicolás Maduro, de Venezuela y un par de días después se nos informa de su intención de anexionarse la gran isla helada de Groenlandia. Nos llegan también rumores verosímiles de sus intenciones de ampliar, quizás, sus dominios con países independientes y soberanos como Colombia, Panamá o incluso México.
El pretexto formal puede ser combatir el narcotráfico o el terrorismo, o contener la inmigración del sur, pero a renglón seguido se le oye mencionar que ambiciona el petróleo o las tierras raras de Venezuela, las riquezas geoestratégicas y mineras de Groenlandia, el control del Canal de Panamá o las espléndidas playas de Cancún, a cuya vera edificar hoteles fabulosos, de su marca, claro, para multiplicar su riqueza.
“América para los Americanos”, siguiendo la estela de sus antecesores, James Monroe y Theodore Roosevelt es su emblema y bandera de combate y su contraseña “Hacer América Grande de Nuevo”, o MAGA, en acrónimo.
Para ello, se siente inmejorablemente equipado, ya que, además de detentar la presidencia imperial, cuenta con la obediencia de las dos cámaras legislativas. Por si no fuera suficiente, la suerte le ha deparado, por oportunos fallecimientos, el favor casi asegurado del mítico Tribunal Supremo, trufado de jueces nombrado por él. ¡Adiós pues inoportunos contrapesos y salvaguardas!
El panorama parece despejado para cambiar el mundo al modo de Trump, haciendo caso omiso de los tratados internacionales, la Carta de las Naciones Unidas o la Organización Internacional del Comercio. Podría pensarse que incluso la Constitución, la primera del mundo, junto con sus enmiendas, estaría en riesgo de ataques más o menos declarados en aspectos claves como la imposibilidad de un tercer periodo presidencial.
Ciñéndonos a los dos casos últimos, clamorosos por su ilegalidad, cuales son el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la compra de Groenlandia, me gustaría hacer un pequeño comentario, pues a pesar de aparecer como hechos consumados ante los que el mundo acobardado, en general, ha reaccionado con timidez y resignación, pueden surgir obstáculos serios en el ámbito judicial, que vamos a citar a continuación.
El hecho de que el rapto de N. Maduro haya sido sometido para su procesamiento y eventual sentencia ante la jurisdicción de un tribunal federal del distrito sur de Nueva york, plantea numerosos interrogantes.
Para empezar, el juez Hellerstein tendrá que examinar si tiene jurisdicción o competencia para entender de un caso en que el acusado y secuestrado era formalmente un jefe de Estado al cometer los actos delictivos imputados. Es evidente que estaría en principio Maduro gozando de inmunidad de jurisdicción, según el Derecho Internacional. La acusación, por su parte, habría de probar la existencia de fraude para intentar destruir la inmunidad lo cual no sería, quizás, sencillo y rápido de demostrar en el juicio.
Por otra parte, habrían de aclararse temas como si el tribunal goza de jurisdicción universal para tratar de asuntos cometidos fuera de sus fronteras. Tendría que probar la acusación también que los delitos concretos imputados afectaron gravemente a ciudadanos estadounidenses. En fin, todos estos problemas demorarían significantemente el proceso.
Así como los métodos del presidente Trump tienden a prescindir de las normas, como se probó cumplidamente en las secuencias de los aranceles arbitrarios, los tribunales de los Estados Unidos y singularmente los federales, gozan, en general, de independencia y son serios en sus actuaciones procesales. Lo sé por propia experiencia de haber tratado a jueces federales, algunos del distrito sur de Nueva York.
Mi impresión por lo antes reseñado es que, a menos que los cargos de narcotráfico y los otros de tenencia de armas, etcétera, sean debidamente probados, tendrán escaso recorrido. En cuanto a la inmunidad de jurisdicción por ser un jefe de Estado extranjero, objeto de secuestro además, aunque bajo grave sospecha de fraude electoral, podría también causar la declinación de competencia por parte del juez. En ambos casos Nicolás Maduro quedaría libre en poco tiempo, pero Donald Trump se quedaría con el petróleo de Venezuela, que es lo que realmente le importa.
En cuanto a la compra o captura por las armas de Groenlandia, pienso que podría ser objeto de una solución análoga a la adoptada por los Estados Unidos en los casos de Texas o Panamá, o sea propiciar la independencia del territorio en cuestión y a continuación integrarse éste en los EEUU o llegar a un acuerdo amistoso bien regado con dólares, con el país ya independiente. Dinamarca y la Unión Europea quedarían marginados si se oponen al mercadeo y eso sería todo. ¡Hechos insólitos!