La historia representa el drama humano del espanto, hasta el punto de que, como sugiere Céline, confiar en los seres humanos es ya dejarse matar un poco. La utopía civilizatoria es la grandeza abatida de los soñadores mientras que la distopía totalitaria es el futuro que amenaza con su inminencia. La maldad se ha expresado a lo largo de la historia de diversas formas: guerras, esclavitud, explotación humana, dictaduras o genocidios. En la actualidad la maldad se ha infiltrado en la política mediante el afán de vigilar y controlar a los seres humanos. La causa quizá más importante del mal es el descubrimiento de una pulsión primitiva y destructiva que Freud llamó tánatos, que es inherente al ser humano y responde a su condición animal originaria, aunque permanezca reprimida por exigencias de la civilización. Descubrir la brutalidad y crueldad de la que son capaces los seres humanos causa una enorme desesperanza. No es la humanidad tan buena como creemos, tan solo claudica forzosamente ante la exigencia de la civilización. Y es que el ser humano no se siente tan feliz en la civilización por mucho que se afirme lo contrario, pues existe una especie de salvaje primitivo que ansía librarse de los límites que le impone la cultura. La civilización, aunque necesaria, supone una carga pesada para la mayoría de los seres humanos, pues reprime su componente animal más primitivo, en cuyo instinto hay una buena dosis de agresividad que les impide actuar indefinidamente como seres civilizados. Por ello, las transgresiones son una tentación peligrosa pero irresistible, pues representan una vía de escape para sus deseos más profundos y primitivos, lo que resulta más fácil, como afirma Hannah Arendt, en una sociedad donde el mal se ha banalizado, pues los actos más terribles pueden ser cometidos por personas corrientes.

La democracia también atraviesa una crisis producida por la maldad humana que se sustancia en el poder económico y tecnológico, que tiene como fin la ganancia y no el bienestar ciudadano. Los medios de comunicación y las redes sociales controlados por los poderes fácticos han determinado que las democracias sean débiles. Al frente de estas hay actores y actrices muy mediáticos que cada vez se dedican más a gestionar las emociones colectivas, pues no importa la eficacia de las políticas que realizan, sino su impacto mediático y el relato sobre el que se sustentan. Lo cierto es que lejos del ruido mediático, los bancos centrales, las multinacionales, los fondos de inversión y las gigantescas empresas de comercio electrónico e inteligencia artificial son los que realmente gobiernan el planeta. Y para ello han montado este gran plató de televisión que es la sociedad, donde se representan atractivos espectáculos que distraen a la ciudadanía de la posibilidad de hacer análisis críticos fecundos que los capaciten para ejercer la democracia con criterio y responsabilidad. Si bien no existe el elector ideal, tampoco abunda el elector racional. O sea, estamos a merced de un electorado emocional y muy manipulable. Y es el poder económico, advierte Chomsky, el que financia a la mayoría de los medios de comunicación, que son los que influyen eficazmente en el voto.

El tánatos se expresa también en la cultura de la cancelación que representa una eficaz forma de control de la ciudadanía, ya que supone una amenaza para la libertad de expresión que conduce a la autocensura o al linchamiento digital si uno se comporta de forma incorrecta. Pretende asimismo abolir la verdad mediante bulos y desinformación, además de reescribir la historia con objeto de blanquear regímenes autoritarios con la finalidad de restaurarlos. Otro objetivo es censurar la cultura, incluso con carácter retrospectivo, proscribiendo inquisitorialmente autores u obras del cine o la literatura. La cultura de la cancelación es, en definitiva, un delirio, que pretende acabar con la libertad. La tecnología digital también apuesta por la vigilancia y el control de la humanidad mediante las redes sociales que funcionan como si fueran un gran panóptico en el que el consumidor es actor y víctima a la vez, pues es controlado merced a su sobreexposición en dichas redes, contribuyendo así al big data o conjunto masivo de información. El control social se ejerce mediante algoritmos que indican qué leer, qué ver, qué pensar y cómo actuar. El panóptico digital controla como jamás soñó Orwell, hasta el punto de que la conducta humana está bajo vigilancia algorítmica, lo que convierte al ser humano en siervo del tecnofeudalismo postcapitalista. En fin, si los demócratas no lo evitan, el futuro se muestra incierto e inquietante, como una exaltación de un pasado autoritario que se cierne como un déjà vu, pero en forma de una sutil coacción digital sistémica e imperativa. La civilización es frágil, como todo.

El autor es médico psiquiatra y psicoanalista