Tribunas
El retrato de una sociedad enferma
Lo ocurrido en Figueres es algo más que el brutal asesinato de una mujer a manos de su expareja. Es también el retrato descarnado de una sociedad visiblemente enferma, agotada moralmente y a todas luces incapaz de distinguir entre el horror y el espectáculo.
Crímenes como éste matan dos veces. La primera muerte es la de la propia víctima, abandonada por una unas instituciones que debían velar por ella. La segunda muerte es la nuestra como sociedad, que contempla la escena y no reacciona.
Según lo que se sabe por el momento, el agresor había sido detenido previamente, tenía antecedentes y había incumplido una orden de alejamiento. Aun así, volvió a quedar en libertad horas antes del crimen. El juez lo dejó en libertad pese a condenarle a seis meses de prisión. He ahí la primera gran grieta en todo esto, la de un sistema judicial que parece moverse en los sinsentidos de la burocracia, la pesadez de la saturación de trabajo y la cada vez más peligrosa desconexión que padecen quienes lidian con estos tema en relación a la cruda realidad humana que hay detrás de cada expediente.
No voy a ser yo quien convierta a los jueces en enemigos públicos ni dicte contra ellos una sentencia de carácter social desde la más profunda rabia emocional que este caso me suscita. La justicia necesita garantías, equilibrio y prudencia, pero también necesita asumir que detrás de determinadas decisiones existen riesgos evidentes. ¿Cuántas mujeres tienen que morir para que esto cese?
El hecho es que cuando esta mujer fue asesinada en Figueres, apenas unas horas antes su agresor había salido del juzgado con un papel en su mano que llevaba escrita su condena. No lo entiendo. Cuando una persona como ésa acumula amenazas, agresiones y reincidencias, la pregunta ya no es si el sistema funciona técnicamente, porque está claro que no, sino si el propio sistema tal y como está diseñado es capaz de proteger a quien debe proteger.
Pero además del propio asesinato, igual de devastador es lo que sucedió justo después del crimen. Mientras aquella mujer era apuñalada, muchos de los presentes reaccionaron sacando sus teléfonos móviles. Lo grabaron todo. Registraron el horror como quien documenta un incendio o un accidente para subirlo después a las redes sociales y ganar likes. Todos lo hemos visto en nuestros dispositivos. Apenas unos pocos increparon al asesino, que tuvo tiempo hasta para limpiarse la sangre en una fuente. Mientras tanto la víctima, tendida sola en el suelo, continuaba desangrándose, sin nadie que la atendiera.
Aquella mujer, sola, bañada en su propia sangre. No me puedo quitar la imagen de la cabeza. Y se ve cÓmo se suma más y más gente a rodar la escena, casi rodeándola.
Y ahí está el verdadero espejo de nuestra decadencia. Nos hemos convertido en una sociedad que observa antes de actuar. Que documenta antes de auxiliar. Que consume tragedias a la misma velocidad con la que desliza vídeos en la pantalla. El móvil se ha transformado en una barrera emocional. Parece que grabar permite que nos anestesiemos evitando el riesgo moral de la intervención.
¿Miedo? No es sólo miedo. El miedo es humano. Nadie puede exigir heroísmo a un ciudadano desarmado frente a un hombre que blande un cuchillo. Pero una cosa es el miedo y otra muy distinta la indiferencia convertida en hábito. La escena de todas esas personas grabando mientras la mujer agoniza revela que la empatía es ya un recurso más que escaso.
Vivimos hiperconectados al mundo y al mismo tiempo emocionalmente desconectados de los que nos rodean. Hemos aprendido a observar el sufrimiento desde la distancia de una pantalla y cuando lo tenemos delante de nuestros ojos lo que se nos ocurre es registrarlo. Todo se convierte en contenido, todo sirve para compartir y ascender peldaños en el reconocimiento social que otorgan las redes. Incluso con la muerte.
Resulta aterrador pensar que hay personas cuya primera reacción ante un asesinato sea comprobar si están enfocando bien con la cámara, si es el mejor plano, pero este nivel de degradación no nace de un día para otro. Se lleva alimentando lentamente desde hace años. Desde los programas que convierten el dolor ajeno en entretenimiento hasta las redes sociales que premian el impacto por encima de lo sensible que sea el contenido.
Y gracias a todo esto se ha construido el retrato del crimen de Figueres y la configuración de una escena cinematográfica. Un agresor reincidente que vuelve a la calle, una víctima desprotegida y una plaza llena de personas paralizadas entre el miedo, la costumbre y el voyeurismo digital. Lo sucedido debería obligarnos a hacernos varias preguntas incómodas. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo cuando la reacción automática ante la violencia es sacar el teléfono móvil? ¿Qué hemos normalizado para que un crimen pueda desarrollarse delante de decenas de personas mientras algunos piensan antes en grabar que en ayudar? ¿Qué mensaje recibe una víctima cuando siente que se está muriendo rodeada de espectadores?
Estoy harto de discursos vacíos y minutos de silencio. Hay un problema de fondo mucho más grave. Estamos perdiendo el sentido de comunidad, dejando de ver al otro como un ser humano para verlo como una imagen, un titular o un vídeo viral. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de reaccionar ante el sufrimiento ajeno, empieza a desmoronarse. Una sociedad que convierte la tragedia humana en espectáculo corre el riesgo de perder definitivamente su humanidad.
Y por cierto, la mujer se llamaba Erika. Lo he sabido al terminar de escribir el artículo. Lo añado por si los que grabaron quieren etiquetarla...
El autor es sociólogo