España ante los terremotos
Cada desastre deja imágenes difíciles de olvidar. Calles convertidas en ríos tras una DANA, montes arrasados por incendios cada vez más extremos, familias que pierden sus hogares en cuestión de minutos. Después llegan las preguntas, los análisis y, demasiadas veces, una conclusión repetida: quizá podríamos haber hecho más antes.
España cuenta con grandes profesionales en emergencias, cuerpos de seguridad, bomberos, protección civil, voluntariado, científicos y técnicos que demuestran una enorme capacidad cuando llega la crisis. Pero el gran reto del siglo XXI no será únicamente responder mejor a los desastres: será conseguir que produzcan menos daño.
Ese es precisamente el mensaje del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, aprobado por Naciones Unidas: debemos pasar de gestionar desastres a gestionar riesgos. Porque los desastres no son solamente consecuencia de la naturaleza. Una lluvia intensa, un incendio forestal o un terremoto son fenómenos naturales. Que terminen convirtiéndose en una catástrofe depende también de cómo hemos planificado, construido y preparado nuestra sociedad.
La reciente memoria de las inundaciones, junto a temporadas de incendios forestales cada vez más complejas, nos obliga a mirar también hacia otros riesgos que reciben menos atención hasta que ocurren. Uno de ellos es el riesgo sísmico.
España no está libre de terremotos. El sureste peninsular, Granada, Murcia, Almería, Alicante, Málaga, los Pirineos y Canarias forman parte de nuestra geografía sísmica. No vivimos bajo la amenaza constante de grandes terremotos destructivos como otras regiones del planeta, pero eso no significa ausencia de riesgo. Lorca nos lo recordó en 2011, un terremoto de magnitud moderada provocó víctimas mortales, miles de personas afectadas y daños muy importantes. Su principal enseñanza debería acompañarnos todavía: la magnitud del terremoto no determina por sí sola el desastre. La vulnerabilidad de los edificios, la preparación de la población y nuestra capacidad de anticipación son factores decisivos.
La primera prioridad de Sendai es conocer el riesgo. Necesitamos mejores diagnósticos de vulnerabilidad, mapas actualizados, escenarios de impacto y herramientas que permitan anticipar dónde estarán los mayores problemas antes de que llegue la emergencia. No basta con saber que un peligro existe. Debemos conocer qué puede ocurrir, dónde puede ocurrir y quién puede verse más afectado.
La segunda prioridad es fortalecer la gobernanza. España dispone de planes, normativa y sistemas de protección civil, pero la verdadera prueba está en su implantación: simulacros, formación, coordinación entre administraciones y preparación en el nivel más cercano a la ciudadanía. Un plan desconocido o no practicado difícilmente salvará vidas cuando cada minuto cuenta.
La tercera prioridad es invertir en prevención. Probablemente es la más difícil, porque aquello que evitamos nunca aparece en los titulares. Un edificio reforzado que no cae, una evacuación que no termina en tragedia o una comunidad preparada no generan grandes noticias. Pero esa es precisamente la mayor victoria, invertir en reducción del riesgo significa proteger colegios, hospitales, residencias, infraestructuras críticas y viviendas vulnerables. Significa entender que la prevención cuesta menos que la reconstrucción.
La cuarta prioridad de Sendai nos recuerda la importancia de estar preparados para responder y recuperarnos mejor. La experiencia internacional muestra el valor de contar previamente con cartografía operativa, equipos técnicos de evaluación de daños, información geoespacial, protocolos claros y comunidades formadas, en una emergencia no se improvisa la resiliencia.
Los próximos años exigirán una visión multirriesgo. No podemos preparar nuestras ciudades pensando solo en la última catástrofe que hemos sufrido. La próxima puede tener otra forma: agua, fuego, calor extremo o una tierra que vuelve a temblar.
España tiene conocimiento científico, capacidades técnicas y profesionales preparados. Ahora necesita reforzar una cultura colectiva de prevención. La pregunta no es si volveremos a enfrentarnos a nuevos desastres, que sucederán, la verdadera pregunta es cómo queremos que nos encuentren: reaccionando ante lo inevitable o preparados para reducir sus consecuencias. Porque cada vida protegida antes de la emergencia será siempre el mayor éxito que nunca veremos en las noticias.
El autor es director gerente de Tesicnor