Hombre de paz en la guerra: Manuel de Irujo con una metralleta en el vientre

18.04.2021 | 00:55

En los primeros momentos del golpe fascista del 36, el navarro de Lizarra y diputado por Gipuzkoa de EAJ-PNV tomó el mando del Gobierno Civil de Gipuzkoa e intentó evitar 'paseos' que finalmente se produjeron

El 17 de julio de 1936, el navarro de Lizarra y diputado por Gipuzkoa de EAJ-PNV Manuel de Irujo Ollo, uno de los máximos exponentes de la nueva generación de líderes abertzales, había acudido a una reunión de la Papelera San José, situada en la pequeña localidad de Berrobi (comarca de Tolosa), de la que era consejero. Intentando despejar los rumores que poco a poco se acrecentaban, se acercó al domicilio en Andoain del miembro del Euzkadi Buru Batzar de su partido Pablo Egibar, donde confirmó la noticia de la sublevación del Ejército en África.

En pocas horas, trasladado a Donostia, comunicó a través de las ondas de Unión Radio junto al también diputado jelkide José María Lasarte la que sería la primera declaración del apoyo nacionalista vasco a la legitimidad republicana: "como demócratas tomamos partido junto a la encarnación legítima de la soberanía popular representada en la República". No era una nota consensuada con los órganos del partido, no había mediado reunión oficial alguna. Pero en aquellos primeros momentos de incertidumbre, tomaron la arriesgada decisión.

Aquella alocución radiofónica sirvió, en un primer momento, para que la guarnición militar de los cuarteles donostiarras del barrio de Loiola demorara la proclamación del Estado de Guerra, logrando un tiempo extra esencial para que las autoridades pudieran tomar el control de la convulsa situación. El acuartelamiento permaneció expectante, "no sabiendo si eran leales o estaban sublevados". Tal como señaló el diputado socialista Miguel Amilibia, "ello obedeció a la indecisión del gobernador militar, que era un tío segundo mío: el coronel León Carrasco Amilibia".

En aquel panorama turbulento de milicias casi espontáneas y "banderas rojinegras" (anarcosindicalistas), Manuel Irujo y otros diputados asumieron la autoridad del Gobierno Civil de Gipuzkoa, materializando una primera reunión a tres bandas entre el coronel Carrasco, el Gobernador Artola Goikoetxea ("un hombre abrumado por la situación") y el propio Irujo Ollo, en aras a lograr un inmediato objetivo: unir a las tropas de Loiola a la columna expedicionaria que se estaba organizando en Gipuzkoa para frenar el avance fascista en Vitoria. Aquel acuerdo no obtuvo el resultado esperado y las horas se sucedían consolidando la duda. Como expresó Irujo, "yo, que me quedé en el Gobierno Civil, pensaba aún, si al fin, los cañones de Loiola saldrían para servir a la República o para tomar posesión de Donostia para la rebeldía facciosa".

El día 20 de julio, ante "la vil y engañosa conducta del comandante militar", que no terminaba de unirse a la rebelión, el general Emilio Mola, el director de la conspiración facciosa, en un escrito dirigido "a los habitantes y guarnición de San Sebastián", vía lanzamiento de octavillas desde un avión procedente del aeródromo de Noain (Iruñea), amenazó con bombardear la ciudad.

A este clima de máxima tensión, se unió el hecho de que el teniente Vallespín, declarándose en rebeldía contra el coronel Carrasco y siguiendo las órdenes de Mola, mandó a las tropas ocupar la capital donostiarra, "tras haber visto marchar a la columna de 500 milicianos ", que iban a defender territorio alavés.

'Paseos' y 'parapetos' Se inició así un cruento enfrentamiento donde se cometieron un sinfín de atrocidades. Como si se tratase de un fatídico preludio de lo que durante el transcurso de la contienda bélica sucedería en innumerables ocasiones, aquellos momentos se tradujeron en la visualización de dos actitudes bien dispares: las autoridades republicanas, con Manuel Irujo a la cabeza, habían promulgado en los días previos, un bando oficial informando de sanciones ejemplarizantes contra los "paseos" (eufemismo que ocultaba el asesinato impune); las tropas rebeldes, refugiadas en el Hotel María Cristina, tomando prisioneros y "llegando a ponerlos como parapetos vivos, con las manos en alto, agarrados a las verjas del hotel".

Replegados a los cuarteles los sublevados por efecto de la valiente acción miliciana, llegó el turno de la palabra, el turno de la negociación. Los diputados vascos, "con los rebeldes a las puertas de Renteria", acordaron con los militares un cese de hostilidades y la celebración de un encuentro el 27 de julio. A aquella cita, a la que los diputados acudieron con gran temor, "pusimos como condición que los cuarteles enarbolaran banderas blancas", siguió otra, al día siguiente, en la que sin presencia del teniente Vallespín (que había huido por el monte hacia Iruñea), los representantes republicanos consiguieron la rendición total de las tropas. Para la consecución de dicho logro, las autoridades contaron con un as en la manga que relata Irujo: "los soldados eran, los más, vascos. Una parte de éstos, pertenecientes a la clase media donostiarra y, casi, en su totalidad, afectos al Partido Nacionalista Vasco".

El único condicionante impuesto por los militares para su rendición fue el de la plena garantía de su vida hasta ser juzgados por un Consejo de Guerra. Y ello fue trágicamente lo que no se pudo cumplir.

Organizado el traslado de los militares al Palacio de la Diputación Foral de Gipuzkoa, Manuel Irujo tuvo como prioridad que el acuerdo sobre el respeto a la vida de los detenidos debía cumplirse a toda costa: "Como el lugar más peligroso era el de su salida de los coches, me coloqué personalmente en él, al objeto de impedir con mi propio cuerpo todo intento de agresión a los detenidos, presos de la República".

Aunque desde el balcón de la Diputación el líder comunista Jesús Larrañaga arengó a las masas solicitando la entrega inmediata de los militares al pueblo, Irujo se negó a ello, acordándose finalmente la creación de un tribunal sujeto a las normas jurídicas vigentes, y ordenando que los presos fueran conducidos a la cárcel de Ondarreta (en el paseo de la playa del mismo nombre).

Días después de la toma de aquellas decisiones, y sin que hubiera contraorden alguna al respecto, Manuel Irujo observó cómo el coronel Carrasco, acompañado de milicianos armados, estaba siendo conducido al exterior del edificio. Irujo se encaró con el grupo de milicianos y consiguió reintegrar al militar a su celda. En aquella violenta discusión, a la que asistió silente Jesús Larrañaga, "hubo un momento en el que yo tuve apoyada una ametralladora en el vientre durante varios segundos, mientras con gesto de extrema emoción en sus facciones cruzaba su mirada con la mía mantenida, el mismo que acariciaba el gatillo con el índice de la mano derecha".

De poco sirvió su defensa a ultranza de la intangibilidad del compromiso alcanzado con los detenidos de Loiola. Horas más tarde, el coronel Carrasco volvía a salir del Palacio Foral, junto con el resto de militares detenidos, camino de la prisión de Ondarreta, "con perfecto orden" y con la participación personal de Irujo, como garantía del cumplimiento de sus derechos. A pesar de que el 27 de julio se había creado la Junta de Defensa de Gipuzkoa como garantía del respeto más escrupuloso a los derechos humanos, con su correspondiente Comisaría de Orden Público en manos del PNV, León Carrasco no llegó a su destino. Tal como narró Miguel Amilibia, "le pegaron un tiro por el camino. Si hubiera llegado, también hubiera muerto con los demás, porque se produjo el asalto a la cárcel y murieron casi todos los oficiales sublevados, incluido un primo carnal mío". Era el día 29 de julio y el coronel Carrasco caía muerto junto a las vías del ferrocarril en el barrio de Amara.

Aquella violencia incontrolada no se pudo parar pero el 4 de agosto, la Junta de Defensa aprobó una declaración solemne indicando "que la vida de los presos era sagrada". A mediados de ese mes, Irujo formuló, en nombre de todos los diputados guipuzcoanos, una petición de indulto para los militares de Loiola condenados a la pena capital. Adujo irregularidades procesales, el respeto a los acuerdos de rendición, su firme convicción de que entre los condenados había republicanos y, en aquella lucha desesperada contra el reloj, llegó a reunirse con el líder socialista Indalecio Prieto. En este último episodio, Irujo había conseguido un primer aplazamiento de la ejecución, pero sus súplicas al comandante San Juan, jefe militar de la plaza, "¡ Unas horas! Señor ¡Tan solo unas horas!", no habían tenido más efecto que el de alargar el sufrimiento y que varias de las mujeres de los fusilados fueran testigos de los hechos.

En su obra Un Vasco en el Ministerio de Justicia, Irujo recordaba con honda amargura aquellos duros meses: "Han transcurrido muchos años y todavía recuerdo los fracasos sufridos con dolor y vergüenza". Fue la suya una acción humanitarista, reconocida por el insigne historiador Manuel Tuñón de Lara: "Hay los que no vacilan, como es Irujo, el primero. No sólo no vacila, sino que Irujo es un hombre clave cara a toda Euskadi, y en Donostia salva la situación. En fin, es un hombre fundamental, y con él la serie de personas que podríamos llamar más avanzadas del nacionalismo".

El autor

Patxi Agirre Arrizabalaga

 

Villabona (Gipuzkoa). 55 años.

Licenciado en Historia y Máster en Historia Contemporánea de España en el Contexto Internacional (ambos en la UNED). Actualmente se encuentra en la fase final de la presentación de su tesis doctoral, 'El hecho religioso en la vida política de Manuel Irujo', bajo la dirección de Santiago de Pablo en la EHU/UPV.

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