Federico Soto, 41 años al frente del manicomio

28.09.2020 | 00:24
A la izda, Soto en la consulta. Arriba, las Hermanas Hospitalarias, que cuidaban a los enfermos, con algunas de las hijas del director y la placa del paseo de la Txantrea dedicado al psiquiatra. Abajo, Vicondoa posa con el libro.

Cuando Federico Soto accedió a la dirección del manicomio, en 1934, había 1.300 ingresados. La periodista Marialuz Vicondoa narra en un libro cómo era ese "micromundo" y las aportaciones de este médico a la psiquiatría de Navarra.

¿Quién fue Federico Soto? Probablemente, si hacemos esta pregunta a unas personas jóvenes pocos sepan responderla, pero se convirtió en "una institución" en la Comunidad Foral porque "fue el director del manicomio durante más de 40 años", apunta Marialuz Vicondoa Álvarez, autora del libro Una vida dedicada al enfermo. Federico Soto Yarritu. Psiquiatra, quien destaca de él que "escuchaba al enfermo, la herramienta que tenía para su tratamiento era la palabra, y utilizando una frase que me dijo Manuel Gurpegui, un psiquiatra navarro alumno suyo y que trabajó con él, significaba el paso de la psiquiatría antigua a la moderna". No obstante, como refiere la periodista, este neuropsiquiatra y psicólogo nacido en Santander en 1906 tenía una forma muy peculiar de definirse a sí mismo sin perder el buen humor que le caracterizaba: "Otros médicos pueden curar viendo algo físico: el ginecólogo ayuda a que nazcan los niños, el otorrino mira el oído, el cirujano opera, pero, claro, el psiquiatra no tiene nada de eso. Tiene que ser escuchando y con la palabra. Entonces, Federico Soto decía una frase muy graciosa: hay médicos que pinchan, hay médicos que cortan y hay otros que ni pinchan ni cortan, como yo" .

Tras su fallecimiento, en 1989, fueron muchas las personas que sugirieron a sus hijos la posibilidad de escribir un libro sobre la figura de su padre para que "no cayera en el olvido". Así, indica Vicondoa, "llegó un momento en el que la familia pensó que merecía la pena hacerlo y me lo encargó. Querían contar la historia de su padre, pero que fuera más allá de la anécdota, porque de Federico Soto se conoce y se conocían mucho lo que son sus excentricidades, sus peculiaridades, que no niego que las tuviera, las tenía, pero querían algo que dejara constancia para generaciones futuras de lo que aportó en la psiquiatría, fundamentalmente, de Navarra y también en la nacional". Para ello, durante año y medio trabajó en esta obra, editada por Eunsa y que presentó el jueves en la sede del Colegio de Médicos, que se nutre, entre otras fuentes, de las conversaciones con sus hijos, con colegas de profesión, con personas que le conocieron, así como de la hemeroteca, documentación y de sendos libros de los psiquiatras Javier Aztarain y Luis Javier Lizarraga –Nacimiento y consolidación de la asistencia psiquiátrica en Navarra 1864-1954 y La Casa del tejado colorado–.

"estás para soto"

Eliminó las camisas de fuerza e incorporó los psicofármacos

Cuando tenía 27 años, en 1934, Federico Soto sacó la oposición para dirigir el Hospital Psiquiátrico de Pamplona y estuvo al frente del mismo hasta su jubilación, en 1976. Y, como señala su biógrafa, "si una persona dirige el manicomio durante más de 40 años quiere decir que protagoniza la evolución de la psiquiatría de Navarra en esos 40 años". Tan popular fue en aquella época que una frase muy común para ilustrar que alguien estaba un poco mal era "estás para Soto". En este libro, el lector, además de adentrarse en la historia de la institución, que "es desconocida para las generaciones actuales, cómo se vivía en el manicomio, qué consideración había entonces del enfermo mental, cómo ha evolucionado; se va a encontrar también la vida de Federico Soto, que es muy interesante, porque es muy productiva; así como un reflejo de la sociedad de ese tiempo y una evolución de la psiquiatría", explica su autora. De hecho, considera que el lector "se lo va a pasar muy bien", al tiempo que conoce "la dureza de la época y de la discapacidad mental".

Cuando Soto llegó al manicomio era un "micromundo en la Txantrea" –el barrio todavía no estaba conectado con Pamplona– en el que "había 1.300 ingresados, desde personas con problemas mentales, pero también enfermos de meningitis, síndromes de down, alcohólicos, homosexuales, niños... era una heterogeneidad de pacientes que convivían separados en pabellones, como si fuera un pueblo", relata Vicondoa, quien destaca que "una de las primeras cosas que hizo fue eliminar las camisas de fuerza, intentaba quitar las verjas en la medida que podía", si bien "hay que tener en cuenta que cuando llegó no había psicofármacos", ya que se empezaron a comercializar en los años 50. "Él los incorporó a los tratamientos", además de que también contó con "la primera máquina para poder hacer electroencefalogramas, lo cual fue un gran avance" y de que "eliminó la separación que había entre los ingresados de beneficencia y los pensionistas, que eran los de pago". No obstante, expone, "había una diferencia total entre unos y otros en cuanto a atenciones, dónde vivían e, incluso, los menús". Asimismo, trabajó mucho el tema de la infancia y la educación de los niños, así como el alcohol. De hecho, "impulsó la constitución de los alcohólicos anónimos en Pamplona". Además, según sostiene, "era un referente también nacional e internacional", puesto que "conseguía organizar congresos en Navarra que atraían a muchísimos profesionales". Por ejemplo, en 1962 hizo uno de neuropsiquiatría con 250 asistentes y en 1979 reunió a 600 psicólogos en otra jornada.

un médico humanista

"Lo principal era el enfermo"

Preguntada por el papel que tuvo Soto en la psiquiatría de la Comunidad Foral, Vicondoa responde que "era un médico humanista y para él lo principal era el enfermo. Tenía muchas actividades, pero disfrutaba atendiendo al paciente, era un experto en escucharle". En una época en la que al enfermo mental se le llamaba de formas hoy impensables, como "deficiente, subnormal...", "él rechazaba utilizar la palabra loco". "Gran escuchador –prosigue la comunicadora–, la herramienta que tenía para su tratamiento era la palabra hasta que ya aparecieron los psicofármacos y, entonces, ya se consiguió que los enfermos pudieran empezar a salir del manicomio". En definitiva, sostiene esta periodista especializada en información económica y empresarial, "marcó la etapa previa a la reforma psiquiátrica de Navarra, que comenzó en el año 86 y que se basó fundamentalmente en la salida de los enfermos del manicomio en la medida de lo posible", algo que se podía hacer "porque había psicofármacos".

Otra cosa que sorprende actualmente es que en aquella época la Diputación exigía que tanto el director médico, como el administrador –que era Aurelio Yanguas–, vivieran en el manicomio en sendos chalets que les facilitaba la administración. Así, junto a la familia del director con sus nueve hijos, residían las personas que se encargaban de la granja, los trabajadores de la huerta, las Hermanas Hospitalarias, que cuidaban a los enfermos y las enfermas, de manera que "la convivencia, excepto con los pacientes que eran graves, era muy cercana entre todos, era como un pueblo". En este sentido, la escritora explica que el doctor "confiaba en el enfermo y en su recuperación y que hubiera tenido un problema, del tipo que fuera, no significaba que no le valorara o que dejara de confiar en él. Confiaba tanto que lo dejaba a veces al cuidado de los hijos".

una persona optimista

"Sí, bajaba las escaleras por el barandado como Mary Poppins"

Pero el director del manicomio también destacó por ser "una persona de un humor exquisito, irónico y súper inteligente", recuerda la autora, quien señala que "cuando dices estoy escribiendo un libro sobre Soto la primera pregunta que sale siempre es: ¿es verdad que bajaba las escaleras por el barandado como Mary Poppins? Y la respuesta es sí. Era algo que iba unido totalmente a su persona. Además, cuando la gente le preguntaba él decía sí mire, se lo voy a demostrar y estuviera donde estuviera las bajaba". Esta costumbre, que tenía desde su infancia, su biógrafa la achaca a que "siempre andaba justo de tiempo", pero considera que fundamentalmente se debe a que "le divertía mucho" y él siempre "mantuvo un espíritu como de niño, de diversión"; algo a destacar teniendo en cuenta que "la realidad que veía era triste y dura y él, en cambio, tenía una actitud siempre humorística, optimista, alegre". "Le gustaba reírse, provocar la risa...", resalta, y lo podía hacer metiéndose de un salto en un coche descapotable o diciéndole a su acompañante que bajara la cabeza para que pensasen que el vehículo iba solo; anécdotas todas de una vida que Marialuz Vicondoa recoge a lo largo de 608 páginas escritas desde la perspectiva de sus hijos.