Hospital infantil de Navarra: inocencia frente a la enfermedad

14.05.2022 | 13:01
Miguel Urrutia juega con su consola desde su cama en la 4ª planta del antiguo Hospital Virgen del Camino (HUN-B).

El edificio materno-infantil del HUN es un hospital dentro de otro hospital, donde un puñado de profesionales hacen de los ingresos una estancia lo más agradable posible para niños y niñas.

Cuando la puerta del ascensor se abre en la 4ª planta del edificio Materno-Infantil del Hospital Universitario de Navarra (HUN) lo primero que uno ve es la oscuridad del universo iluminada con cientos de estrellas y planetas, y con alguna nave surcando el firmamento. El mural pintado en las paredes parece de algún videojuego espacial. Del techo cuelgan flores y hojas con colores vivos que recuerdan a los niños y niñas que ingresan en esa 4ª planta de Hospitalización Pediátrica que estamos en primavera. Rodeando la puerta de admisión de la planta, decenas de dibujos mensajes de ánimo decoran la unidad: La única lucha que se pierde es la que se abandona; Yo quiero, Yo puedo y yo soy capaz; Aupa, Ausartak (valientes).


"Aquí son los enfermos los que dan alegría al día a día del hospital". Suena paradójico, pero en el Hospital Materno-Infantil -ubicado en el antiguo Virgen del Camino- es así. Aquello "es un hospital dentro de otro hospital", explican Marga Aranda –enfermera jefa de Hospitalización Pediátrica– y Merche Herranz –médica jefa de Enfermedades Infecciosas de Pediatría–, que reciben a DIARIO DE NOTICIAS a primera hora de la mañana con motivo del Día del Niño Hospitalizado, celebrado el viernes. "En todo el hospital Materno-Infantil atendemos desde neonatos hasta adolescentes, que en algunos casos pueden llegar a los 17 o 18 años. Lo principal es el bienestar del niño y hacemos todo lo posible para hacer de un ambiente hostil, como es el de un hospital, un entorno algo más agradable para los niños", explica Marga.

PACIENTES ONCOLÓGICOS
Positividad, la mejor arma contra el cáncer


En una de las habitaciones de la planta, Iván Pascual recibe su tratamiento. Tiene 15 años y hace uno que le diagnosticaron leucemia. A su lado está su madre, Midey Alarcón, que toma aire asomada a la ventana, que da a la explanada y a los jardines del complejo hospitalario, mientras Iván ve la televisión. En esta ocasión el ingreso es solo de un día para recibir el tratamiento y después se volverán a su casa de San Adrián.

Pero tras el diagnóstico de hace un año, Iván y su madre estuvieron 35 días de ingreso en una habitación de aislamiento especial. "Lo pasé muy mal, sobre todo las dos primeras semanas, luego me acostumbré. Pero fue muy agobiante estar sin salir de la habitación durante mes y medio", recuerda el joven. "Estaba en una sala especial para pacientes oncológicos. Están completamente aislados para evitar que pueda enfermar de cualquier otra cosa", matiza Marga. Sin embargo, lejos de hundirse tras el diagnóstico y aquella experiencia, Iván sacó fuerzas para tirar hacia adelante y, ahora, la positividad que desprende a pesar del duro bache que le está tocando vivir levanta la admiración y el agradecimiento del personal de la planta y, muy especialmente, de su madre. "Para mí el diagnóstico fue un palo enorme. Estuve hundida varios días, pero después me levanté y ha sido él el que más me ha apoyado. La verdad que verlo siempre tan positivo y alegre hace todo más fácil. También la atención de profesionales es buenísima. Estoy muy contenta, nos ayudan mucho", relata Midey.

Las enfermeras también agradecen la buena disposición de Iván, algo no muy habitual en un paciente oncológico de 15 años. "Es una gozada tener a un chaval así, lleno de vitalidad. Le preguntas a ver qué tal está y siempre contesta: 'Muy bien'", reconoce Marga. De hecho, Iván frunce el ceño cuando le echan flores porque asegura que se encuentra "bien de verdad" y no comprende por qué los adultos solo se centran en lo malo y son incapaces de ver el lado positivo de las cosas: "Cuando digo que estoy bien, es porque estoy bien. Tengo la suerte de que no tengo ningún dolor y que el tratamiento no me está pasando mucha factura, aunque hay días en los que estoy muy cansado y me cuesta salir de casa. Pero me dieron un mal diagnóstico y al final todo el mundo ve lo malo. Yo intento ver el lado bueno, que es que estoy bien y que me voy a recuperar", sostiene Iván, con una serenidad impropia de su edad. Y bromea: "Una de las cosas buenas es que aquí no tengo 6 horas de clase. Viene una profesora todos los días a mi habitación para darme clase, pero no es tan exigente".

Iván estudia en el IES Ega de San Adrián y aunque lleva un año sin ir a clase echa de menos volver a hacer vida normal con sus amigos y retomar el ping-pong, deporte que no se le daba nada mal.

ACOMPAÑAMIENTO 24 HORAS
Una escuela para seguir estudiando


Uno de los pilares de la hospitalización pediátrica es el acompañamiento. Que un familiar esté las 24 horas con un menor hospitalizado es algo que no se puso en duda ni en los peores momentos de la pandemia. De hecho, la compañía de madres y padres es una parte fundamental en la recuperación de los menores. "Los niños siempre están acompañados por sus padres o por algún familiar, nunca están solos. Para facilitar esto, nosotros les damos desayuno, comida y cena –igual que a los pacientes– y les ofrecemos duchas y todo lo que tiene que ver con la higiene para que no tengan que moverse de aquí", detalla Merche, que recuerda que cuando llegó el confinamiento "ni se nos pasó por la cabeza quitar el acompañamiento. Sí que lo limitamos a un acompañante por niño y que fuese siempre el mismo, para que no hubiese gente diferente circulando por el hospital".

Ese acompañamiento es el que le ha tocado hacer estos días a Miguel Urrutia, vecino de Barañáin, para cuidar de su hijo, también de nombre Miguel. Llevan dos días ingresados por un dolor de tripas muy fuerte que empezó a sufrir el pequeño, al parecer, por culpa de algún virus o bacteria. "Me dolía la tripa pero ahora ya estoy bien", expresa Miguel, mientras juega a la consola tumbado en la cama del hospital. Al lado, su padre espera que le den el alta pronto. "Llevamos solo dos días, pero se hace largo, aunque está siendo más duro para mí que para él", reconoce. Pero Miguel, hijo, también tiene ganas de salir y de volver al cole, porque en la escuela del hospital "no hay Educación Física, que es mi asignatura favorita".

A pesar de no poder corretear, en la escuela Miguel sigue las clases casi como si estuviera yendo al Colegio Los Sauces, el centro en el que estudia en Barañáin. En la propia planta, han habilitado una sala como escuela, donde hay mesas grandes para los pacientes que cursan Primaria o la ESO, mesas pequeñas para los de Infantil y dos ordenadores. La escuela, a pesar de estar dentro del hospital, la gestiona el CREENA (Centro de Recursos de Educación Especial de Navarra) y todos los días acuden dos profesoras para dar clase a los pequeños. "Algunos van a la escuela y a los que no pueden levantarse de la cama, las profesoras les visitan habitación por habitación. Están en coordinación con los maestros de sus centros y aquí les mandan tarea y hacen los exámenes igual que en su colegio. Está pensado sobre todo para los niños que van a estar una temporada larga ingresados", comenta Marga.

De lo que se trata es de que a los menores su estancia en el hospital les afecte lo menos posible. Todo está pensado para facilitar el día a día del niño, que se consigue con ciertas excepcionalidades que los adultos no tienen. "A muchos pacientes se les concede permiso para pasear y que tomen el aire, no se puede pretender tener a un niño de 10 o 12 años metido todo el día en la habitación. Además, contamos con un voluntariado muy potente de Cruz Roja, que vienen por las tardes para hacer actividades con los críos, a veces traen a algún mago o hacen teatros. Esto con la llegada del covid se cerró, también la escuela, y eso fue un palo muy grande para los pacientes porque es un gran apoyo emocional", relata Merche.

Lo emocional siempre es importante para tratar una enfermedad, pero más aún cuando se trata de niños. Aunque, en este caso, son los propios menores los que levantan el ánimo al resto. "Nos dan mil vueltas a los mayores. Muchas veces nosotros hacemos dramas y nos preocupamos y ellos no pierden la sonrisa o la inocencia. Son ellos los que llenan de alegría este hospital", expone Marga.

VISTA A FUTURO
Más espacio y listas especiales para Enfermería


El Hospital Materno-Infantil del HUN se divide en Obstetricia y puerperas (1ª y 2ª planta), Ginecología (3º planta), Hospitalización Pediátrica (4ª planta) y Hospital de Día y Oncología Infantil (5ª planta). En el caso de la hospitalización, la planta cuenta con 39 camas, un espacio que las jefas de Enfermería y de Medicina consideran escaso. "Hay habitaciones triples, con tres niños ingresados, que cuando no llora el tuyo, llora el de al lado. Tampoco hay un lugar para comunicar las noticias a los familiares; ni un espacio para que los menores, sobre todo los adolescentes, puedan estar un rato libre a su aire, sin que estemos nosotros o sus padres. Se nos queda un poco pequeño", señala Merche.

Marga coincide, aunque ella, como enfermera, lo que más demanda es que a la Enfermería Pediátrica se acceda por listas especiales, no por listas generales. "Es el problema que tenemos aquí, que trabajar con niños no tiene nada que ver con trabajar con adultos, desde lo emocional hasta lo material; no es lo mismo poner una vía a un hombre que a un bebé de un año. Muchas veces viene personal por primera vez, con toda su buena intención y trabajando estupendamente, que necesitan una adaptación. No toda enfermera puede llevar a un niño, por eso pedimos estar en listas de contratación especiales", defiende Marga.

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