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Pogacar doma a Seixas en Lieja

El francés pelea cara a cara con el campeón del Mundo, que derrite la resistencia de la joven estrella en la Côte de la Roche-aux-Fauçons y logra por cuarta vez La Decana, su decimotercer Monumento

Pogacar doma a Seixas en LiejaEfe

La Lieja-Bastoña-Lieja de los alienígenas, de fenómenos asombrosos como Tadej Pogacar, Remco Evenepoel y Paul Seixas, la última aparición atómica de un ciclismo que disparó la pandemia, cuando un cohete entró en órbita, hiperbólico, confluyó en la Redoute con un duelo para la memoria, descomunal, entre el campeón del Mundo y la estrella emergente, otro disparate de ciclista.

El francés exigió a Pogacar lo mejor de su catálogo para coronarse por cuarta vez (2021, 2024, 2025 y 2026) en La Decana. Otro Monumento más, el 13º para el esloveno inabarcable. Un suceso y un fenómeno en sí mismo que luce un sala de trofeos museística.

Es el concepto Pogacar, que corre contra la historia y contra sí mismo. Un ciclista indescifrable, inexplicable, que reconoció el rostro de su heredero en el futuro.

Lo vio muy de cerca, retándole, descarado, insultante la juventud, tremendo el desparpajo, en la Redoute, hasta que le laminó, camina o revienta, en la Cote de la Roche-aux-Faucçons.

El mejor Pogacar empleó todo su arsenal, cuatro ataques rabiosos, para poder desprenderse de Seixas, tozudo, resistente al extremo.

Hasta que desfalleció. Fue la Lieja más rápida de la historia. 44,57 km/h en los 260 km en lugar de los 41,98 km/h del año pasado. Estrambótico.

"En la Redoute estaba yendo a fondo y podía ver que él terminó en la cima a mi lado, estaba muy impresionado. Estuvo tirando muy fuerte todo el tiempo, abrimos un hueco muy grande, bueno para nosotros”, argumentó Pogacar. El francés está cada vez más cerca del esloveno. Le acaricia pero no le agarra.

"No faltaba mucho. Realmente quería darlo todo, eso es lo que hice. Tadej fue más fuerte. Ya estaba al límite en la cima de la Redoute, veía borroso. Lo relevé pensando que ya veremos", apuntó Seixas.

Pogacar, a tope

Finalmente, el halcón esloveno, el mejor ciclista de esta era, hizo presa en el francés para elevarse al Olimpo, su hogar.

No se baja el esloveno del cielo, al que apuntó cuando entró victorioso a Lieja. Dedicó la victoria a Cristian Camilo Muñoz, el ciclista colombiano recientemente fallecido.

Pogacar, de nuevo a solas. Su estilo. Seixas, vencido, pero no derrotado, también llegó sin sombra. Más tarde, alejado del foco, Evenepoel venció en el esprint del grupo. Pello Bilbao, magnífico, firmó la sexta plaza en una Lieja en el que el rey pudo con el príncipe heredero.

En el día, limpio, sin distracciones, primavera floreciente y estupenda, refulgía el arcoíris de Pogacar, el ciclista de todos los colores, poses y récords. Ordenaba el esloveno a sus coraceros, a la caballería galopar, como anuncio a los fuegos artificiales de la Redoute.

Seixas escuchó la llamada. Se posó sobre el rebufo del esloveno mágico en un duelo generacional entre un joven y apenas un postadolescente.

Evenepoel, el hombre del tiempo, el mejor contrarrelojista de esta era extraña y fecunda, de sucesos inexplicables, se anudó con una careta deshabitada a esa representación.

El viento peinaba las banderas y llevaba los aplausos y las gritos de ánimo que amortiguaban con su caricia el esfuerzo en La Decana.

Llegaba el momento de la lucha por la posición, de los codos, de la concentración de energía, de la tensión, del redoble de tambor y del toque de corneta y de esa mejunje de adrenalina, tensión, estrés y nervios. El sálvese quién pueda en un zig-zag.

Evenepoel, sin foco

Una sacudida eléctrica. La descarga del electroshock en la Redoute, una agonía, un calvario de dos kilómetros al 9%. Un muro en el que se vive más de una vida y en el que se muere muchas más, despegado el cuerpo del alma. Deshabitados tantos cuando Cosnefroy ahogó a Evenepoel, hundido ante el alfil de Pogacar.

El francés apartó a todos salvo a Paul Seixas, un gigante dispuesto a un duelo titánico con el esloveno. El arcoíris se desplegó con furia, a empellones.

A cada embestida furiosa respondía el francés, otra Epifanía. A Seixas, el último meteorito, no se le puede comprender desde la juventud o la ausencia de experiencia.

Se soldó a Pogacar, que se esforzó al máximo. No había fogueo en sus pedales, repletos de orgullo. El fuego que a todos abrasaba cuando trataban de acercarse a él no quemó a Seixas, refractario, indemne en el terreno ideal para el esloveno, que tal vez percibió por vez primera en dos años un gramo de duda.

Podio final de la Lieja, con Pogacar, campeón, Seixas, segundo y Evenepoel, tercero.

Reconoció a uno de su misma estirpe pero casi diez años más joven. Una rareza para Pogacar, siempre sobrado, jugando con el resto, como su marionetas de sus caprichos se trataran.

Subió el esloveno en 3:45. El pasado curso lo hizo en 3:58. Resistió en ese infierno el francés. La aparición de Seixas, su solidez en la Redoute, estableció otro lenguaje corporal en el esloveno, de repente retado por un imberbe.

A Seixas le costó más que a Pogacar La Redoute, pero el campeón del Mundo no le agrietó. El resto se esfumó a sus espaldas, anclados, obligados a perseguir. La vida de siempre.

El asalto final

Pogacar y Seixas, dos Gullivers en Liliput, destrozaron atisbo de sentido común con un despliegue estrafalario. La Lieja, que en los últimos años era Pogacar, la nada, y la lucha por el podio, había mutado a Pogacar, Seixas, la nada y la lucha por cerrar el cajón.

En la Côte de la Roche-aux-Faucçons, Pogacar, imperturbable, lanzó su bomba de nitrógeno. Levitó con una entrada salvaje, al esprit, como si descendiera.

Nada le afecta. No hay fatiga en su rostro. Ni un gesto que delate incomodidad. Abrió gas como si gestionara un acelerador. A su antojo.

Seixas, los dientes prietos, el cuerpo más retorcido, doliente, se sostuvo como pudo, en precario equilibrio. Apenas mostró un poro de debilidad.

Suficiente para que el esloveno, inmisericorde, hiciera palanca con todo y le aniquilara. Después de llevar al límite a Seixas, le derribó con otro ataque termonuclear sin apenas abrir la boca. Seixas, agonizaba.

Agachó la cabeza después de competir con el esloveno hasta el más allá. Claudicó, reventado por Pogacar, que en la cumbre tenía una renta próxima a los 20 segundos.

Disparado, continuó con el recital de siempre, inagotable. Seixas pagó el esfuerzo y en el llano se le espesó el asfalto tras caer con honor ante el esloveno. Dolor y gloria. Pogacar doma a Seixas en la Lieja.