los personajes de televisión no siempre tiran. Miren ahí a Eduard Punset, el político venido a divulgador de las nuevas teorías. No hay cómico que se resista a imitarle, pero si se miran los índices de audiencia de su programa Redes, se diría que nadie lo ve. Entonces: ¿qué sentido tiene imitar a un desconocido? Punset pasará a la historia como uno de las personas que más imitadores tiene más que por ser uno de los más atrevidos a la hora de acercar a la televisión las más vanguardistas teorías científicas o de entrevistar a los teóricos más relevantes del mundo. Gracias a Punset la tele se quita los domingos la boina del fútbol de Zacarías y los pantalones recosidos de pana desgastada de Alfredo Landa en que se convierten las tertulias del corazón. Punset propone ciencia y meditación donde el resto de los programadores imponen más de lo mismo. Vale. Pero debe ser muy aburrido. ¿Saben que este programa fue seguido por un 2,3 % de la audiencia? ¿Saben que el clásico programa cultural Metrópolis los siguió el 1,4 %? ¿Saben que el programa más visto de la 2 de TVE es la misa de El día del Señor? Las imitaciones a Punset suenan a doble chirigota: se va a hacer famoso a costa de ellas y puede que consiga que la audiencia se vaya acercando a sus programa. Aunque lo dudo. Hay teorías que indican que el aprendizaje y la televisión recorren caminos separados. Unos por su incapacidad manifiestas para hacerse entender entre la gente que nos acercamos a la tele y otros porque su déficit de atención está reñido con cualquier explicación científica. Entre medio hay debates como el de los lunes en ETB 2 en El conquistador del Fin de Mundo. Donde ni se habla de aventura ni del deshielos del sur de la Patagonia. Uno creía recorrer el planeta para aprender algo nuevo y se encuentra con la misma manía de llamar la atención que los de Gran Hermano.